Yumbo no es como lo pintan, descubra la otra cara de la capital industrial del Valle

Yumbo, la ‘capital industrial del Valle del Cauca’ no es solo como la pinta su apellido. Crónica de lugares que, a la vista de todos, a veces no alcanzamos a ver.

- Jorge Enrique Rojas

Las apariencias también engañan en estos casos. Ahí está Yumbo, que va mucho más allá de las chimeneas de las fábricas que asentadas en su jurisdicción le dan el apellido de ‘Capital industrial del Valle’. Mire no más los sábados: ese día la señora Margarita Moreno de Velasco, y su esposo Alfredo, siempre empujan una lechona tostadita y rellena de arroz amarillo, que hace su último viaje a bordo de una vitrina de rodachines que detienen a un costado del parque Belalcázar. A su lado se estaciona María Lucy Giraldo, que en un carrito parecido ofrece rellena, asadura y papas cocidas con ají. Ambas llevan gaseosa fría. Y en esas 19 años. Ahí en el Belalcázar.

Nada mejor que todo ese tiempo para describir la calidad de lo que venden, entonces. Sin lujos distintos al bombillo eléctrico que adentro de las vitrinas conserva la comida caliente y sirve de aviso: si la lucesita está prendida, hay comida en el parque. En sus cortes más delgados, el cuero de la lechona es tan crocante y dulce como una lámina de caramelo. Viene con arepita sin sal.

Doña Margarita y su esposo preparan chanchos desde la época en que no los vendían como ahora, muertos y pelados, cuando todo resulta casi tan sencillo como armarse un sándwich de jamón y queso, cuenta ella, muy amable y paciente, delantal y pañoleta amarrada al pelo. La cajita de lechona vale ocho mil pesos pero hay posibilidad de pedir una de cinco. Ellos saben que a veces el bolsillo del cliente no alcanza y la idea es que se venda todo y que todo el mundo coma. Entre las gaseosas frías, la más helada es la Uva Postobón.

Las papas de la señora Lucy quedan tan exactamente bien cocidas como las que una mamá empacaría en la lonchera de su niño que se va a la escuela. Por quinientos pesos ella las sirve tibiecitas, con ilimitadas cucharadas de ají hecho en casa. La señora Lucy tiene 48 años y dice que ama ese parque: “Porque si usted saca una aguja, una aguja vende. Lo mejor que tiene Yumbo son todos los visitantes que llegan por las empresas. ¡Eso es lo más hermoso de Yumbo!”. Vendiendo rellena y papas, la señora Lucy puede pagar la universidad de su hijo, que estudia ingeniería industrial.

Desde hace 23 años ahí también trabaja el señor Óscar Arellano, propietario de la ‘Heladería Donald’, donde además de los cholados lo que está bueno es sentarse a analizar la vida sobre los cojines con los que suaviza el murito de enfrente. “Es gratis”, dice él. Óscar se confiesa de otra época: “La época en la que el M-19 (movimiento guerrillero) estuvo en el pueblo y se consiguió el Hospital, agua potable y pavimentación…”

En una esquina del Belalcázar, subiendo y donde se cruza la Carrera Quinta con la Calle Sexta, la panadería ‘Exquisitez del Tolima’ tiene el pan-galleta, por el que la odontóloga Karen Velasco a veces camina desde su consultorio, en el segundo piso del edificio Centro Empresarial, cuando sale por las tardes después de atender al último paciente.

La doctora Velasco, que tiene unos ojos muy bonitos, es de Cali y lleva trabajando seis meses en Yumbo; una de las cosas que más le gusta del municipio es justamente ese pan, relleno de arequipe y queso, caliente a media mañana de los sábados. Vale dos mil y por encima lo adorna una deliciosa costra dulce.

 

Foto: Áymer Andrés Álvarez / Reportero gráfico de El País

Yumbo

Los sábados en el Parque Belalcázar, doña Margarita Moreno saca a la venta lechona tostadita.

En imágenes: conozca el lado desconocido de la 'Capital industrial del Valle del Cauca'

Yumbo es mucho más que las chimeneas de las fábricas que asentadas en su jurisdicción le dan el apellido de ‘Capital industrial del Valle’.


“A Yumbo la gente también va a comer chivo, donde lo preparan en rellenas, asado o en mondongo: una sopa que con la carne y las vísceras picadas y bien cocidas, lleva arroz, papa y arracacha”.

Foto: Áymer Andrés Álvarez / Reportero gráfico de El País

Yumbo

Doña Clementina alistando la carne del chivo

Las estimaciones de Wikipedia han contado dos mil fábricas asentadas en ese pueblo pegado al norte de Cali. Esa es la explicación consecuente para los cientos y cientos de negocios que han ido creciendo al pie de esas empresas, pensados en facilitarle la vida a los millares de ‘visitantes’ que marcando tarjeta pasan sus días ahí.

Y tal vez por eso, por qué no, los moteles que en hilera fluorescente iluminan las dos entradas que conectan a Yumbo y Cali: con tanto trabajador yendo y viviendo, a alguien se le ocurrió la idea de montar un lugar para tomar una siesta. O una pausa activa. Y fue una buena idea. Y así uno tras otro los moteles empezaron a reproducirse en distintos estilos: ejecutivos, romanos, japoneses… Ahora hay los que enciman almuerzos de doce a dos. Los avisos se ven en la carretera.

Pero los moteles también se fueron extendiendo en consecuencia de la rumba, que en Yumbo siempre ha tenido una suerte de capital. Y ahí están todos los ejemplos en Menga. Aunque uno de los más tradicionales, sin embargo, queda al otro lado, subiendo por toda la Carrera Cuarta y buscando la salida hacia La Cumbre: ‘El Pedregal’, donde mañana se presentan el exvocalista de La Van Van, ‘Mayito’ Rivera, y Tirso Duarte.

“Este negocio lleva unos setenta y pico de años aquí”, cuenta el subgerente Mauricio Parra, explicando que desde hace 35, ‘El Pedregal’ es propiedad de una familia que lo administra “como un negocio familiar donde nos esmeramos por el trato familiar”. El Pedregal no solo es famoso por su discoteca, sino también por su piscina, con más de cien metros de tobogán, y el restaurante a la hora de almuerzo.

En el restaurante, dice Javier Toro, un mesero con 25 años de trabajo ahí, hoy el plato estrella es la costilla de cerdo que bien frita y partida en trozos, sale de la cocina elevada en torres sobre los platos. “Pero también hubo un tiempo en que lo más pedido fue la chuleta. ¡Y el sancocho!”. Los únicos días que no abren son el 24 y el 31 de diciembre.
A Yumbo la gente también va a comer chivo, donde lo preparan en rellenas, asado o en mondongo: una sopa que con la carne y las vísceras picadas y bien cocidas, lleva arroz, papa y arracacha. O así la hace doña Clementina Ortiz, que junto a la plaza del corregimiento de Mulaló, mantiene en pie desde hace cincuenta años el piqueteadero ‘El Chivo’.

Ella, que ya tiene 85, explica que aquel es el plato típico simplemente porque antes los animales se daban prácticamente silvestres por todos lados. “El que menos tenía, tenía quinientos, setecientos chivos. Pero eso fue hace unos veinte años… Nosotros (su familia), empezamos a prepararlo y vendérselo a los trabajadores de Cementos del Valle, de la Alcaldía, de Good Year… Lo pedían para despedidas y fiestas y así empezó todo…”
Para los interesados, en Mulaló solo se consigue chivo preparado los domingos; ese día llega mucha gente en muchos carros que quedan estacionados a un lado del parquesito y la capilla de San Antonio de Padua. El resto de días Mulaló es muy tranquilo. Los sábados, tanto como para tenderse bajo la sombra del parque sin temor de peligros. Ni siquiera de un perro bravo. Por ahí se ven mamás caminando con sus hijos y parejas de novios que se encuentran en un beso.

También amigos que tomando cerveza escuchan desde el otro lado de la calle la buena música que sale de los parlantes del restaurante ‘Rancho Llanero’, que de postre tiene afuera del local un probador de cachos en un retablo de madera. Bajo tres modelos distintos de cornamenta, el chiste funciona cada que alguien asoma la cara por uno de los orificios ovalados: “Si son suyos reclámelos”, dice abajo en letras rojas.

“Las noches del 25 de diciembre de 1822, y el 25 de diciembre de 1829, cuenta Ferney Cuero, el libertador Simón Bolívar pernoctó a Mulaló. Y allí junto a la capilla y bajo una ceiba, quedó enterrado ‘Palomo’, su mítico caballo blanco”.

“Una de las cosas más chéveres de Mulaló es su gente: atenta y muy amable. Que cuenta la historia”, dice la señora Ferney Cuero, los fines de semana trabajadora en el restaurante ‘El Bosque del Chivo’.

Las noches del 25 de diciembre de 1822, y el 25 de diciembre de 1829, cuenta ella, el libertador Simón Bolívar pernoctó allí. Y allí junto a la capilla y bajo una ceiba, quedó enterrado ‘Palomo’, su mítico caballo blanco. Sus herraduras y estribos están expuestos en el ‘Museo Simón Bolívar’, abierto igualmente los domingos, junto a la sombra de la parque. Aunque hay leyendas que hablan de un espíritu que no pudieron encerrar las vitrinas del Museo y que tarde en la noche, dicen, ha llegado a escucharse galopando por ahí.
En Mulaló, en efecto, vive gente muy chévere. Como Nancy Bermúdez, que a los 44 años y en la primera curva de entrada al corregimiento, todo el mundo conoce como ‘La Mona’. Su fama viene de la simpatía con que ha ido señalizando el frente de su casa, justamente ubicada en esa primera curva, con mensajes que hacen llamados a la sensatez, la reflexión o la gracia, dependiendo de cómo se miren: “La sonrisa es como el sol: embellece e ilumina”. “La vida es un berriondo suspiro”.

“Es mejor padecer que sentir envidia”. “Se alquilan borrachos para eventos sociales”, se lee en retablos de madera que cuelgan de un alambrado. También hay un indodoro con una invitación sobre el tanque: “Siéntese y espere”. Nancy empezó a colgar letreros y mensajes desde hace doce años, cuando llegó a vivir ahí con su esposo y los amigos de la pareja no daban con la dirección a la hora de las visitas. “Entonces comencé con los letreros que hacía en cualquier cosa que reciclara.

Y le decía a las amistades: mi casa es la queda al frente de las leyendas… En el pueblo me dicen loca, pero en estos días vino Señal Colombia con un poco de cámaras y aparatos y yo salí ahí toda chicanera: ¡pelando muela en televisión!”, festeja con una risotada.

Foto: Áymer Andrés Álvarez / Reportero gráfico de El País

Yumbo

Costilla exquisita e imperdible en 'El 'Pedregal'

En Yumbo, por la carretera vieja y después de las discotecas y los moteles, está la subida a Dapa donde por las noches el calor es un chiste. En Dapa vive mucha gente que trabajando en Cali se ha mudado para ese corregimiento elevado en las montañas, buscando alejarse del calor y el tropel de la ciudad sin tener que distanciarse más de media hora.

O cuarenta minutos. Allí arriba, entonces, viven felices muchas familias que han podido construir su sueño de levantar una casa a la medida de sus ilusiones, quizás sin necesidad de tapar las ventanas con cortinas porque el horizonte que se ve queda lleno de una panorámica de Cali. Y un mordisco del Valle.
En el ascenso a Dapa hay restaurantes con miradores espléndidos. Ventas de obleas, arroz con leche y postre de natas, que deben ser una tentación espantosa para los ciclistas que a diario entrenan en esa ruta, subiendo felizmente fatigados. En el camino, una pizzería exquisita crece entre una pinera. Y un restaurante donde por las tardes se pueden pedir churros con chocolate. Al final hay un parque con juegos extremos. Queda en medio de una reserva natural. Lo describen hermoso. Está allí no más, detrás de las chimeneas.

Superficie: 227.89km²
Ubicacion: Norte de la ciudad de Cali
Población: 95.151
Gentilicio: Yumbeño
No te puedes perder: ‘La Exquisitez del Tolima’ en la Carrera Quinta con Calle Sexta, la panadería donde venden el pan-galleta relleno de arequipe y queso.

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