Florida, el pueblo del Valle con dos iglesias en su parque central

Así como la guerra nos llevó a conocer la geografía más alejada del país, la construcción de la paz nos permitirá conocer Colombia de nuevo. Recorrido por la Florida libre del miedo.

- Jorge Enrique Rojas

El pueblo que ha vuelto a ser un pueblo

Caigo en cuenta ahora: todas las veces que viajé a Florida fue siempre para contar malas noticias. En los últimos quince años ocurrió más o menos igual: el conflicto y sus deformaciones. Los estruendos en las montañas. El miedo. La gente que ya no volvió. Entonces durante todo ese tiempo, caigo en cuenta ahora, sentado en una banca del parque a las nueve y media de la mañana, hubo aquí mismo un pueblo que nunca vi.

Para no ir lejos, el parque es muy fresco. Y no solo en los últimos días, cuando la calentura solo proviene de los ataques del sol, sino desde hace mucho, cuando unos cuarenta árboles mal contados comenzaron a estirarse entre las bancas y los jardines de hierba. Además de la sombra que riegan hasta la calle, de sus ramas de vez en cuando también se desprende música, que suena cuando de los tallos más altos se descuelgan pajaritos que cantan mientras van haciendo nido o alimentando a sus pichones. Algunos parecen mirlas. Es sábado 6 de agosto del 2016.

Bajo esa sombra, Nolberto González Palacios cumplió 43 años trabajando. Lustrando zapatos. “Las cosas se han calmado mucho, se ha acabado tanta inseguridad”, contó ese día mientras le daba brillo a los mocasines de don Rómulo Rosero, un señor pensionado de 86 años y zapatos cafés que vive en el corregimiento de San Antonio de los Caballeros; ahí no más a veinte minutos. Cuando le alcanza el tiempo y el bolsillo, si don Rómulo pasa por Florida, ese es un gusto que no perdona. La embolada viene con conversada y con la conversada va llegando gente, uno o dos parroquianos, generalmente con la misma prisa: los zapatos empolvados o un comentario que llevan cargando desde hace cuadras. O días. Entonces se sientan a esperar turno. Y ahí charlandito los clientes de Nolberto van arreglando el país.

Como suele suceder, por la plaza desfilan las chapas históricas del pueblo, que son la memoria del repentismo de sus habitantes. Sin tener que buscarlo, a esa hora por ahí pasa ‘Bombonero’, como todo el mundo conoce a Albert Lozada, independientemente de que sea un señor de 63 años. Pero es que se lo tenía bien ganado: porque fue a punta de dulces que sus papás, doña Eulalia González y don Mesías Lozada, lo levantaron a él y su hermanos, que eran siete. Así que fueron muchos dulces: “Sacaban bombones de coco, turrones, gauchos, saca-muelas…”, recuerda Albert. Habrá también apodos crueles en Florida, claro. Pero el de ese tipo, ‘Bombonero’, seguro es uno de los más dulces de todo el Valle del Cauca.

Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

Florida

La embolada viene con conversada y con la conversada va llegando gente, uno o dos parroquianos, generalmente con la misma prisa.

En fotos: de paseo por un pueblo que florece

El miedo ya no habita en las calles ni en las esquinas de Florida. Solo hay espacio para disfrutar de la vida tranquila de un pueblo que empezó a florecer y que se vuelve más primaveral gracias a la promesa de una paz duradera.


“Años atrás seguro que dos iglesias no habrían estado de sobra en ese pueblo, condenado por la porción de la cordillera central que atraviesa su jurisdicción”.

Foto: Oswaldo Paéz | Fotógrafo de El País

Florida

Amparo Villegas lleva 35 años vendiendo jarras de jugo y ensaladas de fruta en un carrito de rodachines estacionado a un costado del parque.

A las diez larguitas la gente que cruza y pasa, camina relajada, bajándole un cambio a la velocidad de la vida. La venta de libros de segunda ya está abierta bajo la carpa de lona que hay en una de las esquinas y las muchachas que trabajan en el comercio cercano compran pandebono y gaseosa en la panadería Lusitania, atraviesan al parque, y se sientan a conversar el desayuno. Hay niños jugando. Y dos iglesias: es el único pueblo del departamento con dos iglesias recostadas sobre la misma cuadra.

Lo que dicen bajo la sombra es que hace tiempo una avioneta militar se cayó sobre la capilla de la esquina, que por entonces era la única. Y que después del accidente el lugar en ruinas quedó abandonado no se sabe muy bien por qué. Antes de hacer una reconstrucción, incluso, primero fue levantado el templo de San Antonio de Padua, a menos de quinientos pasos. El padre de ahora se llama John Henry, que fue quien hace dos años convocó a la comunidad para que se unieran a recuperar la capilla, en coincidencia o en consecuencia, la Capilla de El Ángel: muros blancos, apliques amarillos y arcos marrón en la fachada.

Años atrás seguro que dos iglesias no habrían estado de sobra en ese pueblo, condenado por la porción de la cordillera central que atraviesa su jurisdicción. Durante la guerra que se acaba, ese cordón de las montañas, muy alto y muy largo, sirvió como corredor para que los hombres de las Farc atravesaran hacia el Tolima y el sur del país. Y para que se establecieran. Y dejaran bajar sus excesos: mal contadas, las cuentas del parque cuentan entre doce y quince tomas guerrilleras. Pero aquello ya es historia, dicen. Así que los dos templos tan vecinos resultan un bonito exceso.

De prueba, si se quiere, podría servir lo que cuenta Amparo Villegas, que lleva 35 años vendiendo jarras de jugo y ensaladas de fruta en un carrito de rodachines estacionado a un costado del parque: últimamente llega tanta gente ahí para tomar el fresco, o a ver pasar la vida, que hay domingos en los que ella abre el negocio a las ocho de la mañana y a las once de la noche no ha terminado de atender. El parque, ahora se lee mejor, se llama Plaza de la Paz.

Cruzando la calle sobre esa misma cuadra está ‘Bizcochuelos Doña Leo’, donde además de la tortica, venden champús, kumis, avena, chicha y masato. En las paredes del local, la historia antigua del pueblo permanece conservada en fotografías a blanco y negro, enmarcadas y colgadas una tras otra en un tapiz de remembranzas de todo tipo. En una de ellas, que muestra el costado occidental de la plaza en 1956, el recuerdo de una bala perdida que se extravío en alguna toma guerrillera y fue a dar contra el vidrio. El nombre del autor de la foto alcanza a verse entre las astillas del cristal: Bernardo Cadavid, el papá de doña Leonor, la señora la del aviso. El negocio familiar lleva 45 años en pie y aunque las fotografías son muy buenas, lo mejor de ahí es el bizcochuelo que los sábados sale caliente a mitad de mañana. De ese bizcochuelo llevan bien empacado y como regalo hasta Bogotá. La rodaja es a mil doscientos. Y se pone mejor con kumis.

“Subiendo en la dirección que dejó de estar prohibida, hacia el corregimiento La Diana, ahora hay un voladero de parapente a 1.820 metros sobre el nivel del mar. Se llama Villa Aventura Extrema”.

Subiendo por el parque derecho dos kilómetros, el balneario Tayrona, que abrió de nuevo luego de estar cerrado por catorce años: kioskos, pista de baile, sancocho los domingos, una piscina tan larga como para hacer carreras y una cascada que pone a brotar por borbotones el agua del río Frayle, que pasa por detrás. “Este ha sido un balneario de mucha tradición que habían cerrado a finales de los 90. Fue una época muy dura, que fue la época de la guerra: no venía nadie porque del crucero para acá (una intersección de calles a la salida del pueblo), nadie subía”, cuenta Gersain Montoya, que hace cinco años compró el lugar.

Fue una decisión de familia, dice. Lo consultó con su esposa y sus hijas y todas lo apoyaron sin ponerle un pero. Una de ellas, que acaba de llegar de estudiar del exterior, cuenta el hombre, le ayuda ahí en el negocio. Gersain nació en el Tolima pero ha pasado más de la mitad de su vida en Florida: en sus cuentas ya lleva 39 años viviendo allí y él cumplió 63 abriles. En todo eso ha sido transportador de leche, vendió electrodomésticos, fue parte del Club de Leones, presidente del Corflorida -un equipo que el pueblo tuvo jugando en la Primera C-, y hasta le alcanzó para ser concejal. Quién sabe antes pero ahora, bien lejos de la política, vestido de camisa a cuadros y bluyín, se le ve de lo más contento pendiente del balneario mientras lucha contra el calor tomándose una cerveza helada.

Por estos días, algún sábado acercándose a la una de la tarde, ya pueden verse familias que a risa pura van entre la cascada y la piscina. “¡Lo más bacano son estas aguas tan maravillosas!”, juraba el sábado Lorenzo Escobar, que iba por ahí muy contento en cachucha y pantaloneta. El hombre, de 62 años, se dedica a la construcción y vive en Neira, Caldas, pero tiene una hija en Florida. Y cada que viaja a verla hay paseo. Y el paseo es para el Tayrona.

“En los últimos años Florida empezó a cambiar. Y ahora cambió en la seguridad. La gente tiene la sensación de que puede invertir, mejorar la casita y hasta salir de paseo. Hace diez años nadie salía del pueblo y ahora podemos subir la montaña cuarenta kilómetros y volver a bajar sin que pase nada…”, conversa Gersain.

Subiendo en la dirección que dejó de estar prohibida, hacia el corregimiento La Diana, ahora hay un voladero de parapente a 1.820 metros sobre el nivel del mar. Se llama Villa Aventura Extrema y su fundador, Adrián Villa, dice que además es el primer club de parapente indígena de Colombia. Adrián, que tiene 35 años y un niño que lleva su mismo nombre, pertenece al resguardo indígena Triunfo Cristal Páez, que todavía más arriba en la cordillera, congrega a cuatro mil personas que viven de la tierra.

Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País.

Florida

Por estos días, algún sábado acercándose a la una de la tarde, ya pueden verse familias que a risa pura van entre la cascada y la piscina.

En el voladero, una meseta en la cumbre de un terreno que Adrián compró endeudándose en el banco y vendiendo una propiedad que heredó de su familia, llega el viento laminar, asegura él: “Que es como el viento que viene del mar, limpio sin pegar en nada, de frente hacia nosotros. Por eso las condiciones de seguridad son óptimas, no hay cuerdas de alta tensión cerca, ni árboles que se atraviesen en el decolaje. El sitio es muy bueno, muy tranquilo, muy recomendable para los primeros vuelos”. El club de parapente, cuenta Adrián, está compuesto por 25 personas: familia, amigos, diseñadores gráficos, fotógrafos, señoras que cocinan. En el futuro, sueña, ahí en el voladero habrá alojamiento para los pilotos y un restaurante.

Mientras que uno de sus socios despliega una cometa para el vuelo de exhibición y las fotos, el hijo de Adrián juega y corre por ahí, entre el viento. Abajo y lejos, Florida se ve como un pueblo tranquilo y nada más. “Desde que empezaron los Diálogos de Paz todo está así, en calma”, cae en cuenta el muchacho. Detrás de la conversación hay un zigzag de montañas que yo jamás había visto. “Los indígenas somos guardianes del Páramo. En un futuro tenemos un proyecto ecoturístico allá”, completa Adrián.

Así como la guerra nos llevó a conocer la geografía más insospechada del país en cada lección de violencia, la construcción de la paz, caigo en cuenta ahora, mientras escucho y veo todo por primera vez, nos llevará a re-andar Colombia. Conocerla al fin. Los sábados de paseo, por ejemplo. junto a los hijos. Un día se acabarán las trincheras junto a los pueblos. Y los pueblos, aunque suene a pequeñez, volverán a ser pueblos. Feliz y simplemente eso.

Superficie: 378 km²km²
Ubicacion: Región Occidental de Colombia
Población: 58.122 habitantes
Gentilicio: Floridano
No te puedes perder: Un sábado, donde ‘Doña Leo’. A un costado del parque, su bizcochuelo ya es una leyenda. Pídalo también con avena.

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