Visite El Dovio y dese un paseo por el mejor clima del Valle

En El Dovio, bien al noroccidente del Valle, todo el mundo habla del clima como una de las mejores cosas de ese municipio. Junto a sus montañas. Crónica de un pueblo donde la calentura no se volvió a ver en el termómetro.

- Jorge Enrique Rojas

República independiente del clima

 

Puede que El Dovio tenga uno de los climas más amañadores de todo este Valle del Cauca. Porque como está bien pegado a la cordillera occidental, nunca hace un calor de aquellos como los que inspiran dedicarle madrazos infinitos al sol. Los días se mantienen frescos. Fresquitos. No fríos, grises y jartos. Solo frescos. Fresquitos.

Giovanny Roncancio, un empresario que hace 39 años nació allí pero que ahora debe vivir en Bogotá por cosas de trabajo, dice que por el clima, para empezar, cada vez que tiene chance viaja con su familia al pueblo. Si en un mes hay tres festivos, los tres festivos viajan, contaba él hace poco, justo de visita:

“En los días de calor, adentro de las casas es fresco. Y en las noches se puede aguantar friecito. Tenemos también muy buenas aguas: en estos meses que hubo racionamiento en mucha parte, pues aquí no. Y la comida es muy barata: yo fui transportador de carga terrestre y El Dovio puede despachar semanalmente unos cincuenta camionados de comida para Cali, Medellín, Bogotá, Armenia y Pereira. Somos una gran despensa. Yo creo que en un 70% somos agrícolas y el otro 30%, ganaderos…”

“El Dovio es muy bueno para levantar familia. Aquí hay libertad pero no libertinaje. Acá mi hijo Juan Pablo, que tiene 10 años, mantiene feliz porque se la pasa jugando fútbol y montando bicicleta; sale desde las nueve de la mañana y vuelve cada hora para reportarse sin que nadie lo vaya a buscar. Tranquilo. Aunque uno no sepa exacto para dónde agarra, uno está tranquilo: aquí es pequeño y todo el mundo se conoce. Entonces todo el mundo cuida a los hijos de todo el mundo…”

Giovanny dice que en el pueblo, primero en la época bipartidista y luego en la de la mafia, la violencia tuvo tantas exageraciones que la gente ahora ya se hastió. Y por eso dejó de socializar con los representantes de esa violencia -sobre todo de la última-, que se fueron quedando aislados y muy lejos, cree él, cayendo en cuenta de que hace tiempo que en El Dovio no se sabe ni siquiera de ladrones. Mucho menos de atracos al banco. Nunca. Giovanny, para servir de ejemplo, cuenta que a pesar de que en la casa de su mamá hay un garaje grandísimo, él siempre que va de visita deja el carro en la calle y nunca ha tenido lío alguno. Es más, la cosa anda tan tranquila que recién pasaron las fiestas patronales, las Fiestas del Campesino, y no hubo un solo herido reportado, dice. Todo fresco, fresquito. El clima es una belleza.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

El Dovio

Cuando hace calor en el Dovio, las casas siempre están frescas en el interior.

En imágenes: un paseo por el Dovio, el municipio más fresco de la región

En El Dovio, bien al noroccidente del Valle, todo el mundo habla del clima como una de las mejores cosas de ese municipio. Descúbralo aquí:


“En el momento la paz que se vive en el pueblo es muy agradable, como lo es la hospitalidad de su gente y el clima. Mi rutina por las mañanas es ir a darle una vuelta a las matas. Por la tarde me baño y me voy a jugar cartas o dominó a La Perrera, que es la única parte en el mundo donde todavía venden tinto a quinientos pesos, servido con un dedito de queso o con pan…”

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

El Dovio

A diferencia de otros pueblos, la Iglesia de El Dovio no queda en el Parque Principal.

El municipio, al noroccidente del departamento, es otro de los tantos que llevan bien encima y bien abajo de sus calles, así como bien abonado en sus tierras, el acento de la colonización caldense y antioqueña que definió buena parte de la identidad de toda la punta norte de la región. Lo que explica también su primera tragedia porque la gran mayoría de esos colonos eran conservadores que venían huyendo de la persecución y en su recorrido por el Valle se encontraron más de lo mismo en muchas curvas. La huella de la violencia bipartidista es tan honda en la historia de la localidad, que en su momento se llamó Rojas Pinilla en honor al presidente que puso fin a la primera parte del la guerra entre rojos y azules en Colombia. Después de esa guerra el pueblo se llamó Las Hojas, simplemente porque los árboles no paraban de llorar sobre el parque central. Y luego se llamó como se llama por un bautizo de los primeros indígenas que al llegar, le cambiaron de nombre apenas levantaron la mirada. En lengua indígena El Dovio traduce rodeado de montañas.

Don Orlando Peláez Serna, que de 41 días de nacido llegó al pueblo y ya cumplió 67 años, cuenta que en esas montañas hay una cascada muy alta y muy bonita que se llama El Salto. Y la piscina natural de San José, donde se juntan los ríos Garrapatas y Dovio. El pueblo también tiene entrada a la Serranía de los Paraguas, que es un bosque de niebla, santuario de aves únicas y área de importancia mundial para la conservación. Cañones con cumbres gigantes que atraviesan con sus picos las nubes. Universo puro, con animales que probablemente morirán así, en estado animal, sin saber qué es una jaula. Cerca de ahí, don Orlando vive en una finca muy bonita con su señora y montañas que se ven dándole la vuelta. Lleva la vida tranquilo. Muy amañado con el clima:

“De El Dovio salen entre trece mil y quince mil litros diarios de leche. Buena leche. Pero el lulo, el lulo es de los mejores del país. Con decirle que hace quince años una empresa procesadora de fruta de la región compraba diez toneladas en el Ecuador y venía acá y compraba una tonelada; y con esa tonelada le daba el sabor a todo el resto de la carga…”

“En el momento la paz que se vive en el pueblo es muy agradable, como lo es la hospitalidad de su gente y el clima. Mi rutina por las mañanas es ir a darle una vuelta a las matas. Por la tarde me baño y me voy a jugar cartas o dominó a La Perrera, que es la única parte en el mundo donde todavía venden tinto a quinientos pesos, servido con un dedito de queso o con pan…”

En razón de ese clima que le gusta tanto a la gente, en El Dovio es posible ver milagros: personas sonrientes mientras trabajan. En el almacén de insumos agro-veterinarios que hay a un costado del parque, Yuri Viviana Montoya atiende a la clientela y a todo el que le pide ayuda así, muy sonriente: es tecnóloga en administración de empresas agropecuarias y dice que está en lo suyo. Además tiene 25 años y junto a un grupo de chicos, un cultivo de tilapas en crecimiento. Así que las cosas van bien. Sonríe todo el tiempo. Sonrisa blancota. Muy bonita. “Aquí se siembra todo, el clima se presta para todo. El clima y la gente es lo más bonito, la gente es noble, usted pide un favor y se lo hacen, gente que es humildad pura…”

“Doña María Fabiola es célebre por los pandebonos que hace en el horno de leña que atrás de la cocina le construyó su esposo. Y por los subidos, un envuelto de maíz pelado y cocinado con ceniza limpia, empacado en los capachos del choclo y puestos a golpe de vapor para que así se mezcle lentamente bien en la masa el queso molido con la panela y la miel que usa la doña para encenderles el alma”

Vía El Dovio-Quebrada Grande, en la vereda El Crucero, el espectáculo de sonreír porque sí, porque es su manera de asumir la vida, se repite de manera más ruidosa en María Fabiola Gutiérrez de Caviedes, que no tiene relación con los 73 años que se supone le tienen contados en esta tierra, donde ella se dedica a preparar comidas. Las hace en el fogón de su casa, una vivienda con paredes blancas y flores colgando del techo como poemas hermoso que se una día se marchitarán. Pero volverán. Doña María Fabiola prepara almuerzos por encargo y platos típicas. También otros más complicados como el cochinillo español. Y con todas le va bien. No hace mucho el Alcalde celebró ahí su cumpleaños y ella misma le sirvió consomé con arepa, pollo relleno, ensalada agridulce y arroz. El Alcalde, al recordar el menú, también sonríe.

Pero sobre todo doña María Fabiola es célebre por los pandebonos que hace en el horno de leña que le construyó su esposo. Y por los subidos, unos envueltos de maíz pelado y cocinado con ceniza limpia, empacados en los capachos del choclo y puestos a golpe de vapor para que ahí se mezcle lentamente en la masa el queso molido con la panela y la miel que usa la doña para encenderles el alma. Cada subido es una artesanía. Acomodados en un canasto de mimbre ella los sale a vender todas las tardes por el pueblo junto a los pandebonos. La ven pasar fijo-fijo después de las tres y media, ya rayando las cuatro de la tarde, cuando ha bajado cualquier amago de calor y el día pinta cada vez más fresco.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Ilia María Gómez Ramírez

Ilia María Gómez Ramírez hace once años montó el negocio de chorizos con mil doscientos pesos de capital que invirtió en maíz y un kilo de carne

Fresquito. Los subidos, recomienda doña María Fabiola, saben muy ricos con café caliente. Frente al parque de los Tres Leones, ya en la salida del pueblo, en el asadero El Encuentro del Sabor, la señora Ilia María Gómez Ramírez, que hace once años montó el negocio con mil doscientos pesos de capital, hoy sonríe a cada rato. Sobre todo mientras se acuerda de los destinos hasta donde le han contado que fueron a dar los chorizos de carne de cerdo y filete de pollo que ella prepara: desde que abre hasta que cierra el local, los clientes llegan a comprárselos como si fueran botellitas de agua que nadie más vende en un desierto. Crudos valen mil quinientos. Están disponibles desde las siete de la mañana hasta las ocho de la noche, menos los martes, que es día de descanso. “En manos de los clientes, han llegado hasta España y Estados Unidos…”, cuenta con una sonrisa. Y el sabor podría llevarlos más lejos. Pruébelos al final de la tarde, doblemente ahumados antes de llegar al plato. Sonrisa de la señora Ilia.

La gente sonríe y ese es el mejor clima del pueblo. Que en serio, es una delicia. Porque hubo un tiempo, la época de la mafia, en que estuvo imposible: mucha calentura. De El Dovio fue, porque ahí creció y se hizo, uno de los extintos capos del Cartel del Norte del Valle, Iván Urdinola, envenenado en su propia celda en el 2002 cuando pagaba condena en la cárcel de máxima seguridad de Itagüi. El narcotráfico no perdona. Y en su momento también condenó al pueblo. En su momento. Porque el tiempo es sabio y siempre pasa aunque no parezca. Entonces todo vuelve a verse otra vez. Las montañas. Una cascada. La vida. Otro comienzo. De hace unos años para acá todo el mundo en el pueblo habla del clima. Que está fresco. Fresquito.

Superficie: 383km²
Ubicacion: Noroccidente del Valle del Cauca
Población: 8.508 habitantes
Gentilicio: Doviense
No te puedes perder: Los pandebonos en horno de leña de Doña María Fabiola

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