Ulloa es el municipio más tranquilo y colorido del Valle, vea porqué

¿Ha llegado alguna vez a un pueblo del que  siente que si se va, se le rompe el corazón? Esa es la historia de algunos visitantes que nunca pudieron irse del último pueblo del nororiente del Valle. Crónica de un punto final que también es un comienzo.

- Jorge Enrique Rojas

La esquina de los flechazos

Este es uno de esos pueblitos que enamoran. O por lo menos Germán Darío Serna, nacido en Pueblo Rico, Antioquia, y de antigua profesión policía, cuenta la historia como un flechazo: su esposa es cantante y juntos llegaron una vez de visita porque ella iba a cantar con Johny Rivera, que es un señor que hace una música de despecho que curiosamente anima a la gente. Y entonces con esa visita tuvieron, dice él, adentro de una casa que están remodelando en la Carrera Segunda, entre calles Tercera y Cuarta, del barrio El Progreso Uno, de Ulloa. Desde el 2012 German Darío y su esposa viven de lo más contentos allá, en el pueblo más pequeño del Valle, el último antes de que empiece el mapa del Quindío. Él está pensionado, dice con las manos sucias de repello. Y ella sigue cantando.

Germán Darío anda tan tragado del pueblo que durante estos cuatro años ha hecho dos obras artísticas que hoy son incluidas por los propios ulloenses entre sus atractivos turísticos. Ambas en técnica de barranquismo. Germán Darío tiene 44 años y de muchacho aprendió a tallar madera y trabajó en una ebanistería. Y de la misma forma, es decir sin que nadie le enseñara, aprendió a esculpir y a sacar formas de las rocas y de la tierra apretada que asoma en la base de ciertas peñas y montañas, que es en lo que consiste el barranquismo. Pero el artista terminó de policía. Y por seis años, recuerda su memoria de ojos negros, fue el jefe de la Unidad Criminalística del Gaula Regional Antioquia. O sea que durante todos esos años se la pasó sabiendo de secuestros y de algunas de las peores deformaciones del ser humano. Hay quienes dicen que en Ulloa no acaba el Valle sino que empieza una nueva vida. En ese feliz lugar, el policía jubilado es el escultor del pueblo.

La más importante de sus obras está a la entrada y es una representación miniatura de varios símbolos del municipio: la iglesia de ladrillos rojos, un Willys cargado hasta el techo, un zigzag de montañas verdes -del verde cafetal-, y un cielo azul no muy alto, más bien al alcance de los mortales. Todo está grabado y pintado sobre el buche de una loma que dibuja una leve curva en la carretera. Fue un regalo para Ulloa, dice el escultor, que se tardó cinco meses en esa obra. La otra es el rostro del Mohan, que talló y pintó de blanco sobre una gran roca que también sirve de trampolín en un charco de la quebrada La Plata, ahora y en consecuencia llamado Charco del Mohan. El escultor dice que en la mitología, aquel personaje es conocido como un vigilante de las aguas y por eso, pensando en el espíritu de conservación, lo hizo en ese sitio. Y esa obra también fue un regalo.
“Desde la primera vez que vinimos nos gustó mucho el pueblo. Es un pueblo demasiado calmado, aquí no se ve el ajetreo de la ciudad, ese de aquí para allá tan maluco… Al que no le guste el pueblo callado, este no es el pueblo para venir. Imagínese esto: en los cuatro años que llevo viviendo aquí no ha habido un solo homicidio. Si eso no es tranquilidad, dígame ¿qué es? ¡O encuéntreme, pues un pueblo más tranquilo!..”

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Ulloa

Este es uno de los hermosos murales que exaltan la belleza de Ulloa

En imágenes: Ulloa, un pueblo que enamora y que inspira quedarse

Ulloa cuenta con unos paisajes de excepcional belleza, una enorme riqueza hídrica y excelentes facilidades para la práctica del turismo. Deléitese con estas imágenes.


“La otra es el rostro del Mohan, que talló y pintó de blanco sobre una gran roca que también sirve de trampolín en un charco de la quebrada La Plata, ahora y en consecuencia llamado Charco del Mohan. El escultor dice que en la mitología, aquel personaje es conocido como un vigilante de las aguas y por eso, pensando en el espíritu de conservación, lo hizo ahí. Esa obra también fue un regalo”

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Ulloa

Atardecer en Ulloa

Wilmer Valencia, trabajador de la empresa de servicios públicos que hace 38 años nació en esa localidad, hoy con unos cinco mil quinientos habitantes, dice que el ulloense se distingue por lo acomedido, lo buen anfitrión, y que no es violento. Eso sí que no es, jura él, presentándose en la calle con la mano estirada al vernos dando vueltas como turistas, tomando fotos por todos lados y dando tumbos de pregunta en pregunta. Ulloa está al exacto nororiente del departamento. En el mapa es la punta más a la derecha que tiene la región, por encima de Alcalá y tocando con un dedo a Cartago. Para llegar desde Cali hasta ese pueblo, el último de sus pueblos por aquella orilla, hay que atravesar todo el departamento en un viaje de tres horas que pueden ser tres horas largas, bien largas.

A medida que se van yendo  tiempo y kilómetros por la Vía Panamericana, la majestuosidad cambiante del Valle del Cauca se va abriendo detrás de la silueta de las fábricas que quedan al borde de la ruta. De las casas, los kioskos, los restaurantes de carretera, detrás de los moteles y las ventas de gelatina de pata, el horizonte es mucho más que cañaduzales hasta el infinito. De aquí para allá el Valle también es la cordillera, que desde la doble calzada puede verse púrpura en sus picos. Madreviejas, lagunas, cultivos de fruta. El río Cauca. Alguna vez el gran Cauca. Gente que anda en bicicleta, siempre hay ciclistas andando por ahí. Y perros gitanos que tienen más vidas que los gatos. El sol. En los atardeceres el sol hace lo se le da la gana en el cielo: lo vuelve rojo, rosado, naranja, salmón. El cielo se pinta con los arreboles del maestro Rayo.

Desde Zarzal empieza el norte, que es el gran norte porque en esa punta quedan 18 municipios. Y cambia el paisaje al paisaje cafetero que es muy verde y muy tupido. Sombreros, ponchos. Otro acento. Gente a la que le toca muy duro para ganarse la vida. Y la vida terca, que insiste e insiste. Después de Cartago hasta Ulloa el paisaje en ascenso es ese, cafetales por lomas. Café hasta el fondo de los abismos. La distancia, tanto trecho, tanta lejanía, mantuvieron al pueblo a salvo de mucha cosa, asegura el amable Wilmer Valencia: “Acá no hay barrios de prostitución ni ollas. Acá a usted no lo van a robar. Cómo será que el inspector de Policía se dedica a otras cosas porque lleva aaaaños sin hacer el levantamiento de un cadáver…  Vea, ¿acá?, acá lo más bonito es la tranquilidad…”

John Fredy Giraldo, un tipo muy amable que trabaja en la oficina de Planeación de la Alcaldía, dice que justo por eso el pueblo podría ser un polo turístico. Y bueno, también están los ríos, y las trochas que son Disneyworld para los ciclistas y por las que hace poco pasaron como dos mil manes dando pedal, dice él, en una carrera trazada más arriba de la Quebrada de la Plata. Pasando por el Charco del Mohan. Junto a un compañero de oficina, John Fredy está acondicionando un módulo de información en la plazoleta al frente de la Alcaldía para ofrecerle a los visitantes en forma de folletos, o de charla personalizada, puras recomendaciones turísticas elegantes.

Pero mientras tanto ahí en la esquina está la tienda de El Mosco, que es buena guía. En la tienda de El Mosco toma café el padre. Hablando de El Mosco, dice John Fredy, ese pueblo es uno de esos pueblos donde todo el mundo tiene su apodo. Y la gente se conoce más fácil por el apodo. Así de pequeño es Ulloa. John Fredy por ejemplo, no sabe cómo se llama El Mosco. Y eso no es grave porque allá nadie se enoja por esa pequeñez: en el pueblo hay una familia de gordos mejor conocida como Los Popochos. Y está Dormilón, llamado así en honor a su trato suave, lento y somnoliento a la hora de interactuar con cualquier persona que se conozca. Está Care-Gurre. Un conductor al que le dicen Muñeca. Y Gallo-Fino, que trabaja en la Ventanilla Única situada a la entrada del edificio de la Alcaldía. Todos los días para subir a su oficina en Planeación, John Fredy tiene que pasar por ahí. Justo por ahí.  Pero no sabe el nombre del señor. Solo que se llama Gallo-Fino.

“Al que no le guste el pueblo callado, este no es el pueblo para venir. Imagínese esto: en los cuatro años que llevo viviendo aquí no ha habido un solo homicidio. ¡Si eso no es tranquilidad, dígame qué es! ¡O encuéntreme, pues un pueblo más tranquilo!..”

En Ulloa vive un británico de nombre Nathaniel Rowland Bharat al que el mundo entero le dice Mister-Nat. O Gringo. Todos saben de él no solo por tratarse de un pueblo diminuto donde la presencia de un extranjero es tan común como la un perro a cuadros cantando La Marsellesa y dando giros en patines por el parque, sino porque la historia del gringo  es literalmente una historia de amor. Culebrón rosa, muy rosa. Y de final feliz.  Como los que tienen las películas que en la televisión dan los domingos por la tarde.

Resulta que Mister-Nat, que dicen sus conocidos es un chef que llegó a cocinarle a la Reina Isabel y a Margaret Thatcher, tiene una casa de alojamiento en Londres donde solo hospeda a colombianos. Allí conoció a un ulloense que lo invitó a conocer el pueblo y cuando viajó a Colombia, ocurrió el primer flechazo: la tranquilidad, los paisajes, el silencio, comida fresca de todos los colores en lugar del consabido ‘fish-and-fries’ de las esquinas inglesas bajo la lluvia. No más cielo gris. No más el invierno de todos los días. En Ulloa, Mister-Nat encontró tres pisos térmicos a disposición y el pueblo situado en un escalón templado más abajo del calor y más arriba del frío. Seducción pura desde el termómetro.

Y para rematar apareció ella, pues, Jenny Paola García, una muchacha de ojos preciosos, de esos que no saben decir mentiras. Hace seis años, que fue cuando se conocieron, Jenny Paola trabajaba haciendo aseo en una casa de familia al lado de donde el gringo se alojaba. Y ahí andeniando, mientras ella barría o cumplía con el oficio del día, cuando la casualidad los hacía encontrar en el antejardín, se empezaron a hacer ojos y los ojos fueron haciendo amor.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Ulloa

En la foto, el gringo junto a su esposa Jenny Paola.

A los cuatro meses de novios se fueron a vivir juntos, cuenta sonrientemente enamorada ella, en una casa que comparten desde entonces. Al año se casaron por lo civil. Y tuvieron un niño, Daniel, que ya tiene 5 años. Jenny Paola antes ya había sido mamá de Alejandro, que tiene 9 años y Mister-Nat, dice ella, ama como si llevara su sangre. La familia completa se ve en varias fotografías que adornan las paredes. Todos sonríen. Todos se parecen.  Es hora de almuerzo y la olla pita en el fogón mientras los chicos hacen tareas. Solo falta el gringo.

“Hace tiempo compramos una finquita en la vereda Chapinero y ya no sale de allá. Tiene sembrada berenjena, café, aguacate, mandarina, naranja, habichuela… Todos los días se va para allá. El dice que esta es su vida, que a Londres no vuelve. Ya lleva tres años sin ir. La última vez que fue el frío lo paralizó a la mitad…” Mister-Nat, cuenta Jenny Paola, que tiene una voz muy calmada, ya sabe hablar español.

Ella todavía no sabe hablar inglés, pero ahí va. Cuando se enamoraron, dice a sonrisas, se enamoraron haciéndose señas. Mister-Nat tiene 78 años. Ella 29. Viven en una casa de paredes azules sobre la Calle Real de Ulloa. Hay quienes dicen que allí no acaba el Valle, sino que empieza una nueva vida.

Superficie: 45km²
Ubicacion: Norte del Valle del Cauca
Población: 5.457 habitantes
Gentilicio: Ulloense
No te puedes perder: Los atardeceres que pueden ser rojos, rosados, naranja o salmón. El cielo se pinta con los arreboles del maestro Rayo.

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