Trujillo, el pueblo que renació después de una era trágica

En Trujillo comienza el norte del Valle. Y adentro del pueblo, una nueva vida. Feliz recorrido por un municipio que en otro tiempo, ya lejano, fue tristemente célebre en la historia de la violencia de este país.

- Jorge Enrique Rojas

El espectáculo de la perseverancia

El mirador comienza desde mucho antes de llegar. Con el correr del tiempo y los kilómetros hacia arriba, de pronto el Valle se va cambiando de ropa ante la vista de la poca pero afortunada gente que hoy pasa por los caminos destapados de la vereda La Soledad, a 35 minutos de Trujillo. La mayoría o casi toda, habitantes. Pero las excepciones van en ascenso.

Aunque los linderos del municipio marquen el comienzo del norte de la región, y en buena parte de sus tierras más altas se repitan las escenas del paisaje cafetero que se vuelve una identidad de ahí hasta El Águila, de repente los barrancos y cañones sembrados con matas y matas de café le dan paso a una ondulación de pastos muy tupidos, que alimentan a vacas manchadas de blanco y de negro. No es que estén pastando en manada detrás de los alambrados pero sus mugidos son una salpicadura sobresaliente que por momentos las hace parecer frutos en cosecha.

A lo lejos hay curvas donde el cielo resulta más descolgado que en el resto de la línea del horizonte, de modo que a lo lejos hay curvas donde el cielo puede ser verde y las montañas de otro color. De hecho hay una que se llama Cerro Azul. Para llegar al mirador hay que tomar la vía Trujillo-Cerro Azul y al encontrar la señal de tránsito que lo anuncie, girar la derecha. De ahí serán quince minutos.

En la casa más bonita de Cerro Azul -techo de madera en triángulo y fachada aguamarina con apliques fucsia- lleva cincuenta años viviendo la señora Blanca Milvia Quintero; son entre 35 y 40 familias las que habitan la cima de esa loma, calcula ella, contando que ahora que todo anda tan tranquilo por esos lares es común ver gente pasar de viaje con distintos destinos: “Bolívar, La Primavera, Naranjal, La Tulia, Roldanillo… Por aquí se sale para todo lado”, dijo ella el lunes, asomada a la ventana. Desde Trujillo, el pasaje en Willys vale cuatro mil pesos hasta ahí. Seis mil hasta La Venecia.

“Lo más lindo de Cerro Azul es la vista…”, dijo también la doña más o menos a la hora del almuerzo y antes de que su vecino Óscar Giovanny Meneses pusiera a escurrir el suero de la tanda de queso-cuajada que alistaba para vender al día siguiente. El caserío es tan pequeño que desde algunas casas se puede más o menos advertir lo que sucede en las demás: el sonido metálico de unas cantinas de leche juntándose con buen propósito o la estridencia de los titulares que en tono de alerta bogotano lee la presentadora de un noticiero en la capital del país. Mientras la señora Milvia hablaba,  había dado la hora de las noticias en la televisión, encendida en la tienda.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Trujillo

Blanca Milvia Quintero en la casa más bonita de Cerro Azul

En imágenes: el pueblo que renace de una masacre

Trujillo es tristemente conocido por una ola de violencia de asesinatos selectivos, torturas, masacres, terrorismo entre otros actos delictivos que fueron cometidos por narcotraficantes junto a miembros de las fuerzas de seguridad del Estado.


El alcalde de Trujillo, Gustavo Adolfo González, dice que arriba en La Venecia, o en Andinapolis, la belleza está en el clima y en la arquitectura de las casas. Pero lo más bonito, lo más bonito de todo, asegura el Alcalde, suele ocurrir entre las tres y cuatro de la tarde, cuando baja una niebla desde la cordillera que lo deja todo blanquito: “A uno lo baña el rocío… Es un espectáculo de 4-5 minutos que luego se va desvaneciendo…”

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Trujillo

Taberna 'Los Recuerdos' 30 años de experiencia programando música de carrilera

Óscar Giovanny vive cruzando la calle, en una casa de madera con un aviso de cartulina que oferta aguadepanela con queso y yogur fresco. El yogur que más prepara es el de piña, pero también hace de mora y de uva, que es muy rico, dice él. “A cinco mil el litro”. El queso también es muy bueno y el sabor de una muestra, todavía lejos del punto final, lo confirma en cuestión de bocados.

La mayor parte de la producción la distribuye en Tuluá. Pero un fin de semana es posible que haya suerte y el muchacho reserve un bloque adicional para vender por rodajas o porciones. Entonces ahí la subida se hará más suave después de comerse un pedazo de queso sobre una tajada de pan. O sobre una arepa, quizás, porque Trujillo fue construido por la colonización caldense y antioqueña que puso los cimientos de muchos pueblos de ahí para adelante en el mapa. De modo que esa es tierra más de arepa que de pan. El “pam” que aliñamos pronunciándolo más rico en su final, ya solo volverá a verse del centro del departamento para abajo.

Desde el mirador la vista alcanza sin esfuerzo hasta Buga, Tuluá, Andalucía, Bugalagrande. Incluso hasta Zarzal, dice don Carlos González, que vive ahí en el mirador, adentro de una finca al borde de la destapada. A pesar de una puerta metálica que lo encierra todo, cuenta él: 65 años, botas y amabilidad a prueba de sol, los fines de semana regularmente la mantienen sin seguro para que la gente pueda entrar.

Venden empanadas a 600, cerveza a dos mil y almuerzos con gallina. Tienen cancha de tejo, billar, un brinca-brinca para los niños y juego de sapo. No es que ese lugar haya sido pensado como un negocio pero desde hace tiempo empezaron a reunirse ahí con la familia, con amigos, con vecinos de la vereda, y juntarse se fue volviendo hábito y el hábito anhelo, porque la gente se iba y quedaba con ganas de volver, explica don Carlos. La finca se llama La Daniela y por las noches lo que se ve al frente, dice él, es un pesebre. La otra vez no hace mucho, lo vieron unas personas de Tuluá que estuvieron pasando allí el día: “Cogieron carretera como a las 9-10 de la noche para devolverse y todo súper…” Y la otra vez fueron unos mariachis que amanecieron allí después de una serenata: “Ya pasó el tiempo del pasado, ya la gente puede entrar y salir de acá a la hora que sea…”

Otra de las maravillas que hay en el mirador es una pareja de perros, Sasha y Mateo, a los que el destino les cruzó un pastor alemán en el ADN. Así que son una infalible combinación de la malicia indígena con el método bávaro, a la hora de ayudarle a don Carlos en el pastoreo de las vacas. Sasha, que por comer grillos y bichos anda muy flaca, también es un espectáculo comiendo bananos maduros, que puede ser una de las cosas que mas le gusten en la vida.

En un salón construido frente al mirador, donde está la mesa de billar y varias sillas para acomodarse de cara al horizonte, suele haber uno o dos racimos amarillos colgando del techo, dispuestos para las visitas. Y por consiguiente para Sasha. El lunes se comió seis en media hora.

El alcalde de Trujillo, Gustavo Adolfo González, dice que arriba, en las veredas La Venecia, o en Andinapolis, la belleza está en el clima templado y en la arquitectura de las casas. Y en los cultivos de mora, de banano y aguacate, que se da en tres variedades: Papelillo, Lorena y Santa Ana. A 2.600 metros además está Monteloro, con lagos de truchas y lugares donde la saben asar. Pero lo más bonito, lo más bonito de todo, asegura el Alcalde, suele ocurrir entre las tres y cuatro de la tarde, cuando baja una niebla desde la cordillera que lo deja todo blanquito: “A uno lo baña el rocío… Es un espectáculo de 4-5 minutos que luego se va desvaneciendo…”

Hace unos años, dice el Alcalde, él no conocía de ese rocío ni de algunos de los rincones mas bellos que tiene el pueblo porque varios de ellos quedan en zonas a las que en otro momento de la historia, no todo el mundo podía subir. Trujillo colinda con el Chocó a través del Cañón del Garrapatas, por donde se sale al río San Juan. Y al ser éste una autopista hacia el mar Pacífico, grandes porciones de tierra llegaron a convertirse en un botín de guerra que de forma atroz se disputaron narcotraficantes, paramilitares y guerrilleros.

“Aquello fue una era de muerte y terror que también salpica a la Policía y el Ejército, y que entre 1986 y 1994 dejó 342 personas asesinadas, en su mayoría campesinos acusados por sus verdugos de auxiliar a la guerrilla. Muchos de los muertos de la Masacre de Trujillo son atribuidos a la mano y las órdenes de Henry Loaiza, el conductor de Willys que nació muy cerca de ahí, en la vereda El Naranjal, de Bolívar, donde conduciendo encontró el apodo que le serviría para toda su vida en la mafia: El Alacrán”

Aquello fue una era de muerte y terror que también salpica a la Policía y el Ejército, y que entre 1986 y 1994 dejó 342 personas asesinadas, en su mayoría campesinos acusados por sus verdugos de auxiliar a la guerrilla. Muchos de los muertos de la Masacre de Trujillo son atribuidos a la mano y las órdenes de Henry Loaiza, el ex-chofer de Willys que nació muy cerca de ahí, en la vereda El Naranjal, de Bolívar, donde a bordo del jeep de servicio público que manejaba encontró el apodo que le serviría para toda su vida en la mafia: El Alacrán. Según cuentan, un par de calcomanías de ese bicho ponzoñoso adornaban su campero y de ahí salió la chapa. Durante el Gobierno de Samper el Estado reconoció a 34 víctimas. El Alacrán, tras la rejas, solo a 42.

A unas cuadras de la plaza central, cerca de Alcaldía y en un alto desde donde se ve todo el pueblo, Ludivia Vanegas es la guía y encargada del Parque Monumento Víctimas de Trujillo. A ella, en medio de toda esa confusión de maldad y ansias de tierra, le mataron a su muchacho, Franklin Echeverry Vanegas. Yendo para Puerto Frazadas, la madre encontró el cuerpo de su hijo, el 20 de agosto de 1992. En el Parque Monumento, historias como la suya se van abriendo a través de recuerdos que en distintas formas cuelgan de las paredes: titulares y recortes de prensa ampliados, poemas, fotos de un acto sobre el río Cauca que sirvió a muchas víctimas para empezar un duelo simbólico sobre las aguas que los verdugos también convirtieron en sepultura.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Trujillo

Los abuelos de Trujillo jugante Tute con baraja española en el parque por las tardes

Ahí están los retratos de José Ordóñez Castañeda, Luis Alfonso Giraldo, Rubén Darío Zapata, Arnulfo Hernández, Freddy Rodríguez, todos campesinos, todos, dice doña Ludivia. Están los retratos de los ebanistas que desaparecieron. Y del padre Tiberio, al que mataron por advertir todo lo que luego sucedió. Doña Ludivia habla de años muy tristes. Muchos años. Muy tristes para mucha gente. Y por eso dice que ahora, después de tanto tiempo, se puede decirque ese es un pueblo resucitado: “Después de ese tiempo de la masacre hubo un vendaval muy horrible.

Decían que era una manifestación de Dios por todos los horrores: se acabó el trabajo en la galería, se cayeron unas casas que había a la orilla de un camino…. Pero usted ahora la ve todo y el pueblo es otro. Eso es lo que todos queremos… Que los niños vuelvan a salir a las calles sin terror… La paz…” El Parque Museo, que entre lunes y viernes solo cierra a hora de almuerzo, no solo tiene construido un homenaje a las víctimas sino a la vida. El de Trujillo y Trujillo mismo, es un museo a la perseverancia de vivir.

En el parque que ahora está bello, siempre hay gente. Por la tarde los abuelos juegan Tute con baraja española y en el centro de la plaza, en vez de un busto oxidado, hay una fuente de agua “alusiva al paisaje natural cafetero, representando la riqueza de sus tierras fértiles y su riqueza hídrica”, dice una placa que le da crédito al autor de la obra esculpida el año pasado: Edison Orozco. De modo que el agua cayendo es la banda sonora del parque.

Y el alateo de las palomas: en las esquinas hay cuatro palomares, y la gente, dice Wilson Mahecha, les lleva maíz para que les eche y las cuide. Desde marzo pasado Wilson está encargado de mantener el parque, de recoger las hojas que caen al suelo, barrer los senderos y preservar limpias la bancas. En el tope de unas araucarias muy grandes que ahí crecen, vive una pareja de osos perezosos, cuenta el hombre. Y nadie les hace daño- En las ramas de otros árboles altotes hay dos enjambres de abejas. A veces en las mañanas, cuando va a limpiar la fuente del agua, los bichos bajan y lo pican. Desde hace un tiempo esas son las únicas ponzoñas de las que se sabe por ahí.

Superficie: 221km²
Ubicacion: Noroccidente del Valle del Cauca
Población: 18.142 habitantes
Gentilicio: Trujillense
No te puedes perder: El mirador de la vereda La Soledad, a 35 minutos de Trujillo, en la finca La Daniela. Desde ahí la vista alcanza a llegar a varios municipios del centro del departamento: Buga, Tuluá, Andalucía y Bugalagrande.

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