Si va a romper su dieta que sea en La Unión, hogar del mejor ‘mecato’ del Valle

A dos horas y dos peajes, al norte de Cali está La Unión, un pueblo donde hasta el vértigo encuentra cosas que no ha probado.

- Jorge Enrique Rojas

Un pueblo para boquisabrosos

La Unión es un pueblo de boquisabrosos. Volteando por el Davivienda que está cerca del parque, a cinco minutos en carro tienen a San Luis, un corregimiento donde los domingos llega gente de todo el norte del Valle a comer pandeyuca. De San Luis mandan pandeyuca a todos lados. A Estados Unidos viajan envueltos en chuspas, cuenta Nadia Delgado, que ha pasado la vida viendo a su papá hacerlos y venderlos en el mismo lugar, una casa a dos cuadras de la iglesia con el nombre del negocio escrito junto a la nomenclatura: La Esquina del Mecato.

Ella dice que su papá, don César, puede llevar cincuenta años en lo mismo: amasando y horneando pandeyuca. En el local, la parte delantera de la casa donde vive la familia, también suele haber bizcochuelo, rosquetes, dulce de calabaza, pandebono, cuaresmeros, panelitas de coco, leche y arracacha. Venden avena fría. Y a dos mil pesos el vaso de trabuco. Pero lo más rico son los pandeyucas, de los que un domingo, o un lunes festivo, pueden vender hasta mil, calcula Jenny, que es una muchacha muy sonriente que les ayuda con las ventas.

“No son esas roscas tiesas de la ciudad”, dice Nadia hablando de la textura que, efectivamente, nada tiene que ver con el relleno de aire que mordisqueamos en la mayoría de pandeyucas citadinos. Los de San Luis, y exactamente los de su papá, llevan al centro una consistencia porosa, más cercana a la de un pandebono con buena masa. Por fuera no son tiesos. Al contrario. Así que por eso aguantan hasta tres días enchuspados y salen frescos para el desayuno.

Nadia lo sabe por clientes de toda la vida que lo han hecho de esa manera. Señores y señoras, ya con hijos, que conoció cuando fueron niños yendo a comer mecato. “¡Se aterra uno!”, dice ahora metida entre signos sonrientes de admiración. Ahora ella tiene 32 años y es mamá.

Foto: Jorge Enrique Rojas

La Unión

Los pandeyuca de San Luis llevan al centro una consistencia porosa, más cercana a la de un pandebono con buena masa.

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En el pueblo donde se hornea el mejor mecato del Valle, hay montañas para mirar muy arriba y calles para caminar a sus anchas, mientras va siguiendo el aroma del pandeyuca que parece prepararse en cada esquina.


“¿Habrá en esta época algún gesto más distintivo de la tranquilidad de un hombre, que una siesta libre de horarios? Aún sin alcanzar a verlo, se ve que es un hombre feliz”.

Foto: Jorge Enrique Rojas

La Unión

Un perro criollo, blanco y de orejas amarillas, a esa hora le dio por orinar sobre los arbustos que crecen a los pies de la estatua de Simón Bolívar.

Pequeñita, le ayudó en la cocina a su abuelo. Él fue quien le enseñó a su papá a hacer pandeyucas. Y su papá, cree, es muy feliz preparándolos. Ese es el secreto de todo. También está el queso fresco que usa don César, la leche recién ordeñada y los almidones que encarga desde Cartago, pero ella cree que todo tiene que ver con la felicidad que él amasa con ese oficio y la vida que le permite. A las dos de la tarde de un día entre semana, por ejemplo, don César puede estar todavía durmiendo la siesta. Así fue el otro miércoles y por eso la entrevista sobre los pandeyucas la terminó contestando Nadia. ¿Habrá en esta época algún gesto más distintivo de la tranquilidad de un hombre, que una siesta libre de horarios?

Como sea, ya debe ser la felicidad vivir en un lugar donde a las dos de la tarde toda la bullaranga de la vía pública salía de dos muchachos descargando frutas de un furgón, o de la que podía hacer un perro criollo, blanco y de orejas amarillas, que a esa hora le dio por orinar sobre los arbustos que crecen a los pies de la estatua de Simón Bolívar, una reducción del Libertador pintada de blanco y acomodada al centro de la plaza. De modo que más un lujo, por esos lados la siesta podría resultar una obligación. Al menos de cierto modo.

Todo parece indicar que allí, acaso, la bulla solo es los días feriados, cuando llega la gente de otras partes, en carros y motocicletas a buscar mecato. Al otro lado de la calle, separado del negocio de don César por el parque, está el negocio de Doña Orfa, que los fines de semana también se llena de comensales con las mismas urgencias. Doña Orfa lleva otra vida haciendo pandeyucas también muy ricos, que no necesitan nada distinto a un canasto de mimbre cubierto con un doblez de tela para conservarlos en su punto todo el día. La hora exacta para saber cuándo saldrá otra tanda caliente, pues, no es otra que cuando el canasto se empiece a vaciar.

Los domingos desde la mañana se ve gente en uno y otro sitio. Mucha por la tarde, después de almuerzo, cuenta Nadia. Para esos momentos las vitrinas siempre están llenas. ¡Pero no un miércoles a las dos!, decía la muchacha el otro día, excusándose por no tener casi productos para fotografiar en los estantes del negocio aquella tarde. La siesta de don César a esa hora y el canasto de los pandeyucas eternamente frescos, sin embargo, ya eran suficiente foto.

En La Unión, los boquisabrosos también tienen el negocio de la señora Anabeiba Bermúdez, en el 10-47 de la Calle 21, del barrio Las Brisas. La mujer ya completa unos ocho años vendiendo ahí zumo de uva, conservas de frutas, vinos dulces, verduras encurtidas y arequipe de sabores. Todo es rico y todo tiene público, pero el zumo de uva es lo máximo: no solo sabe bien sino que hace bien, dice ella, contando la historia de un señor que al mezclarlo con extracto de noni, se curó de los sufrimientos del colón. Y el cuento de una muchacha en embarazo muy débil que tomando un vasito diario le subieron los niveles de hemoglobina. “Tuvo una niña, ¡Y es una chachetona hermosa!”. En su casa, generalmente de puertas abiertas por la tarde, doña Ana ofrece el jugo empacado para llevar en garrafas plásticas, en botellitas para la lonchera de los niños, o a mil el vaso, frío y espeso.

“Además de todo, el parque tiene un jueguito delicioso: una estación de canopy con un cable tendido por 900 metros para descolgarse sobre los viñedos”.

La Unión es una tierra bendita donde se da de todo. Maracuyá, papaya, varias clases de guayaba, tomate de árbol, naranja, limones. Los cultivos de uva llevan más de cincuenta años echando raíz. A las afueras del pueblo, de hecho, está El Parque de la Uva, el único parque temático que tiene el Valle y donde la historia de ese cultivo la cuentan a través de senderos que cruzan plantaciones por las que se ven y entienden de primera mano todas sus etapas. Recorrerlo por completo puede tardar unas cuatro horas.

Allí también hay un bosque seco tropical por donde vuelan cien especies de aves. Un lago. Y un zoológico con avestruces y conejos Angora que siempre arrancan igual suspiro de ternura entre quienes se quedan viéndolos: ya sean niños o papás. ¡Ahhhhhh! En las cuentas de Mario Germán Abadía, el administrador, en los dos años que el Parque lleva funcionando ha tenido unas 80.000 visitas.

Además de todo, allí hay una delicia de juego: una estación de canopy con un cable tendido por 900 metros de caída para descolgarse sobre los viñedos. Cincuenta segundos de vértigo pendiendo de un arnés por encima de ese cielo de uvas. Fiiiiiiiuuuuuuuuuu… Se escucha todo el tiempo. El viento y la polea rodando. Hace rato ya que, en La Unión, los silbidos más tenebrosos son los que salen de la descolgada de ese cable; los fines de semana, el viaje vale doce mil pesos.

Antes, en los 90 y de ahí por años, los silbidos llegaron a ser otra cosa: generalmente bala. Y entonces miedo. Y así gritos. Los mismos efectos que el narcotráfico regó por todo el norte de la región. Pero como la tierra es bendita -porque esa también es la explicación de su redención-, después de procesos de la justicia y oportunidades de la vida, después de muchos años y varias generaciones, se fue recuperando de todo, incluso de esa historia que a estas alturas ha quedado muy atrás, dice Oneida Torres, una señora que llena de amabilidad trabaja en la oficina de Turismo del pueblo, a un costado del parque y cerca de Davivienda.

Foto: Jorge Enrique Rojas

La Unión

A las afueras del pueblo, de hecho, está El Parque de la Uva, el único parque temático que tiene el Valle.

A Oneida le gustaría mucho ser profesora. Y tiene espíritu: explica todo sencillo. La tranquilidad de la vida en el pueblo, contando de gente como Don Cesar, en San Luis, que haciendo pandeyucas un miércoles puede dormir a pierna suelta la siesta sin despertador. La Unión se llama así, cuenta ella, porque la gente ha sido muy unida y haciendo mingas levantaron el pueblo. Y se quitaron de encima el otro nombre: Hato de Lemos.

Aunque La Unión también podría llamarse así por una iglesita tan bonita que de solo verla dan ganas de casarse. Se llama La Ermita y es una construcción centenaria, muy blanca y cuadrada, que elevada sobre un montículo a la salida del pueblo, se ve como un terrón de azúcar. Cada año se realizan allí unos diez matrimonios muy elegantes, hace la cuenta Johana Ayala, la coordinadora de Turismo. Desde el cuarto piso de la construcción más alta a orillas del parque, se ve La Ermita.

Porque La Unión no es muy grande aunque tenga calles con semáforos. En ese cuarto piso pasa vacaciones Silvia Vélez, estudiante de periodismo en Pereira, una muchacha inteligente, buena conversadora y bonita nacida allí en la Unión. Cada que vuelve, dice, es feliz viendo sus montañas. Incluyendo la pequeñita sobre la que está la capilla. Silvia le toma fotos en contraluz. Aunque a veces por las tardes prefiere el parque. Porque ahí vende café don Raúl, que en un carrito lo cuela mejor que cualquiera. Y también venden una irresistible estridencia de guanábana con leche condensada.

En ese parque a veces hace la vida don Juan Valencia, un señor con muchos años y mucha calle, que ahora sosiega sus días en compañía de dos perros colorados: Niño y Collarejo. Don Juan es de Versalles, uno de los mejores vivideros de todo el Valle. Pero aún así, decía el otro miércoles, sobándose las barbas, en ninguna otra parte distinta a La Unión encontró una vida que últimamente le supiera más bueno.

Superficie: 125 km²km²
Ubicacion: Región occidental de Colombia
Población: 37 703 habitantes.
Gentilicio: Unionense - Hateño
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