Visite Roldanillo, un pueblo donde el arte ‘aparece’ en cada esquina

En Roldanillo está el Museo Rayo y buena parte de la vida, de forma fantástica, pasa por ahí. Crónica de un viaje pendiente y del uniforme nuevo de un piloto.

- Jorge Enrique Rojas

“Cualquier roldanillense –dice Carrillo- te va a hablar de episodios al lado del Museo Rayo. La gente quiere mucho al Museo y muchos niños pasamos por el Encuentro de Pintura Infantil que organizan. ¡Todos los niños de Roldanillo quieren pintar como Rayo! La gente allá tiene una sensibilidad artística especial… Roldanillo tiene familias enteras ligadas a la música. Los Santacoloma: todos son músicos. En un caserío te podés encontrar con poetizas porque el Museo lleva años haciendo talleres de creación literaria; también está la Casa Quintero, que es otro espacio cultural… La vida del pueblo está muy ligada a la cultura. ¡A mí de niño me tocó una exposición de Picasso en el Museo! ¡¡Imagináte!!”.

La imaginación cree que si el orgullo pudiera salir caminando al compás de las palabras que lo revelan, en este caso caminaría tan erguido como un piloto de avión con uniforme nuevo. Porque Carrillo habla con tanto orgullo de ese pueblo, que hay momentos en que el pecho se le podría soplar así, como a un piloto en pleno día de estrene. O esa es mi impresión.

José Luis, que es como se llama Carrillo, sin embargo no nació allá. Lo hizo en Cali hace 38 años y ahora es papá de dos niños. Lo que ocurre es que pequeñito tuvo que mudarse a Roldanillo por un par de temporadas y se enamoró de la forma en que llegó a ver la vida en ese costado del mundo. De hecho se enamoró, literalmente, y encontró también a su mujer. Enamorarse de vivir ahí es justo lo que le sucede a los italianos y suizos que últimamente compraron casas y se convirtieron en los nuevos vecinos del pueblo, cuenta él, un día entre semana antes de las ocho de la noche y después de trabajar. Roldanillo para ese momento, las ocho de la noche, cuatro peajes y dos horas al norte de Cali, queda cerca apenas en su memoria. Pero es con justa razón:

De jugar fútbol en las calles de Salomia y Los Andes, en Cali, Carrillo emigró cuando tenía edad para cursar quinto de primaria. A su papá lo acababan de trasladar por trabajo. Entonces el primer gusto, recuerda, fue descubrir que a cambio de las grandes distancias que debían lidiar en la ciudad, en el pueblo todo quedaba pegadito: ocho cuadras del centro a cualquier parte. Y lo segundo fue verse futbolista en medio de los potreros del corregimiento de Tierrablanca, a cinco minutos de Roldanillo, donde vivían sus abuelos.

Ese lugar, cuenta, es un pequeño puerto a orillas del Cauca por donde antes llegaba la carga para Roldanillo; sobre todo el material de construcción. Entre las muchas huellas que iba dejando el movimiento de cargue y descargue, siempre iban quedando regados rastros de cal que poco a poco pintaron el bautizo: Tierrablanca. Un lugar que se fue preservando a través de una especie de clan: Los Ayala, Los Sarria, Los Reyes… Cinco-seis familias que se casaron entre sí. También están Los Carrillo: ancestros de los abuelos de José Luis, agricultores buenos que vivieron de cosechar maíz y pancoger. Y de cuidar la tierra.

Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

Roldanillo

Enamorarse de vivir ahí es justo lo que le sucede a los italianos y suizos que últimamente compraron casas y se convirtieron en los nuevos vecinos del pueblo.

En fotos: Roldanillo, un pueblo que también es museo

En Roldanillo el arte no solo tiene cabida en el Museo Rayo; en cada una de sus calles se pueden encontrar dignas piezas de exposición.


“¡Yo no se en Roldanillo por qué los arreboles son tan bellos! Rayo incluso les dedicó una obra: decía que en Roldanillo la luz era vertical…”

Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

Roldanillo

En enero son las fiestas del Museo Rayo. Entonces un parche puede ser ir a ver un encuentro de teatro o un concierto y luego salir a buscar a plan

Entre ellos estaba el abuelo Felipe, que escribía columnas para El País contando del avance de los trabajos del Distrito de Riego RUT, el sistema regional de abastecimiento de agua para Roldanillo, La Unión y Toro, y la obra más grande que en su momento llegó a emprenderse en esa parte del departamento. Con sus más y sus menos. Con una tala de árboles caracolís atravesada en la mitad, dicen los viejos. El abuelo Felipe lo iba contando todo en las columnas.

Quién sabe si sean cosas de la genética o del destino pero Carrillo también escribe para este periódico desde hace varios años. Es un muy buen periodista; capaz de hallar datos insólitos, como cuando para una nota sobre las ciclorrutas de Cali encontró que la ciudad tenía una pendiente topográfica de tres grados. O sea que en bicicleta le resulta más o menos igual de simple –o compleja- a todos sin distinción. Desde un bebé a una abuelita.

En el pueblo cursó hasta primero de bachillerato en el Gimnasio Norte del Valle y para noveno, décimo y once, pasó al Belisario Peña, el colegio público donde se graduaron el poeta Carlos Villafañe y Ómar Rayo. Por esas condiciones: la del periodista que llevaba en la sangre, y haber caminado varias de las edades más despreocupadas de la vida en Roldanillo, los recorridos que ha hecho por el pueblo hoy son un viaje de datos que supera de lejos cualquier proyección de Googlemaps. ¿Cuál es el mejor plan de todos? ¿qué no podría dejar de ver en una visita? ¿cuál es el mejor día?, le pregunto a salvo de la lejanía de un buscador:

“El parche es según la época. En enero son las fiestas. Y los Mundiales de parapente. Los parapentistas dicen que ese es uno de los mejores voladeros del mundo por las térmicas que llegan del Pacífico y se encajonan en la montaña. Por eso es que llega mucho extranjero. Y por eso muchos se quedan. Por eso es que también hay tanto hostal. Mi papá, que se quedó viviendo allá, tiene uno, El Corral; allá se hospedan sobre todo alemanes.

En enero también son las fiestas del Museo Rayo. Entonces un parche puede ser ir a ver un encuentro de teatro o un concierto y luego salir a buscar a plan. Es algo que en el Valle solo ocurre allí: parte de la vida gira alrededor del Museo. Y lo otro son los arreboles. El sol se pone de colores: rojo, naranja, violeta. ¡Yo no se en Roldanillo por qué los arreboles son tan bellos! Rayo incluso les dedicó una obra: decía que en Roldanillo la luz era vertical…”.

Cuando estaba más joven Carrillo tuvo un periódico en el pueblo: El Gran Norte. Fue su manera de ganarse la vida después de terminar la práctica profesional. Con vocación de periodismo agropecuario y Carrillo de director, gerente, conductor, fotógrafo, vendedor y periodista, El Gran Norte se mantuvo por cuatro años como un periódico tan bien hecho que no se terminó, sino que tuvo ofertas de compra y un comprador. Así que consecuencia de aquel trabajo, durante buen tiempo Carrillo también se la pasó dando vueltas por el pueblo detrás de los datos insólitos que de vez en cuando lo obsesionan.

“Roldanillo ha sido un pueblo de personajes: todavía está ‘Azafrán’, que es un mono grandote que anda las calles. Y ‘Maquina’ y ‘Gallina’. ¡Y hasta un mudo que canta!”

Como tal, un día llegó a charlar con ‘La Cuper’, célebre por haber iniciado amorosamente a varias generaciones de hombrecitos roldanillenses, gracias a las formas comprensivas que, dicen los viejos, solía tener con los primerizos. Y célebre porque su negocio fue un negocio tan famoso -justamente por el buen trato-, que varios artistas amigos del maestro Rayo terminaron allí tertuliando después de alguna parranda encendida.

Con el tiempo el negocio de ‘La Cuper’ se fue convirtiendo, efectivamente, en un tertuliadero, y ella en un personaje respetado y querido por todo mundo. Roldanillo ha sido un pueblo de personajes: todavía está ‘Azafrán’, que es un mono grandote que anda las calles. Y ‘Maquina’ y ‘Gallina’. ¡Y hasta un mudo que canta!, dice Carrillo. Están ‘Las Panchitas’, unas hermanas que ya van para un siglo vendiendo un sancocho exquisito. Y Pedro, que asa arepas en el parque de La Ermita; y aunque están buenas, lo mejor de las arepas es la forma cómo es posible desatrasarse ahí de noticias.

Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

Roldanillo

Cada miércoles antes de Semana Santa, las cocineras más antiguas prenden sus hornos de leña sin falta para hacer cuaresmeros, suspiros y pandeyucas.

En el pueblo, dice Carrillo, también hay un café a un costado del parque: el Café Volga, donde solo venden tinto y aguardiente. Y un día donde las cocineras más antiguas prenden sus hornos de leña sin falta para hacer cuaresmeros, suspiros y pandeyucas: es cada miércoles antes de Semana Santa. Lo sabe porque ese es uno de sus días favoritos. En Roldanillo se consiguen las empanadas de cambray como Dios las manda y no como fueron pervertidas, con queso y bocadillo, en las panaderías paisas del resto de Colombia.

Se consigue trabuco, la bebida fría y dulce que servida en vasitos plásticos resulta una bandera amarilla que certifica la llegada al Norte del Valle. Y se consiguen, tal vez, otras personas parecidas a él: que son del pueblo sin serlo. Y que orgullosas de la vida que allí han tenido, son capaces de mostrarlo en un viaje de palabras. Por eso yo, que todavía no tengo la fortuna de ir, le pregunto y le pregunto: “A mí me gusta ir a descansar.

Cuando era niño el parche era el Distrito de Riego, montar bicicleta, bajar mangos, ver pájaros. Ahora es descansar. En la ciudad todo se planifica, allá no: allá todavía es posible la contemplación de la vida. Hacer nada. Y no saber qué hacer…”, va contestando él, que es de esos tipos a los que la vida le fue acomodando el apellido como primer nombre. Algo parecido a lo que pasa con el piloto de un avión encargado de transportar a un montón de gente hasta un lugar fantástico donde el sol, quizás, se pone de colores raros, y los rayos no asustan sino que enseñan. Carrillo, muy modesto, dice, siempre quiso ser periodista.

Superficie: 217 km²km²
Ubicacion: Región Occidental de Colombia
Población: 32.778 habitantes
Gentilicio: Roldanillense
No te puedes perder: Un tinto en el Café Volga, a un costado del parque central

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