Reviva una historia de amor inolvidable en El Cerrito, Valle

Uno de los clásicos de la literatura latinoamericana fue inspirado por un amor prohibido y  los paisajes que hicieron palpitar a sus personajes en pleno centro del Valle. Viaje al paraíso de Efraín y María. Y del atormentado Jorge Isaacs.

- Jorge Enrique Rojas

Un paraíso de novela

Quizás nadie como Juan Pablo Yantén para contar el romance trágico de Efraín y María, sin que el recorrido por el lugar donde los personajes se enamoraron llegue a estancarse en la conocida desdicha que puso fin a la historia. Desde hace cuatro meses Yantén es guía de visitantes en la hacienda El Paraíso y su voz, cargada de inflexiones y sobresaltos a la hora de narrar detalles y anécdotas del idilio, es otro de los atractivos al interior del atractivo turístico más concurrido del departamento: unos 500 visitantes diarios en temporada alta.
La gracia de Yantén en buena parte proviene de su experiencia en el manejo de grupos: formado como recreador en la Casa de la Cultura de El Cerrito, desde pequeño ha venido acumulando pericia para hablar en público y medir el termómetro de la atención y el cansancio entre la gente, que en últimas es lo más difícil. Pero ya no para él, claro, que cumplió su prueba de fuego como animador a los 11 años cuando vestido de presentador de protocolo tuvo que enfrentarse a un auditorio lleno con 200 niñitas de un colegio.
Junto a la destreza que le dieron el tiempo y otros oficios –es gestor de una emisora comunitaria y animador de ‘horas locas’ en fiestas empresariales-, su gracia igualmente está compuesta por el arraigo de ser cerriteño y haber crecido cerca de la que ahora vendría a ser su oficina. Yantén, hoy de 36 años, una línea de bigote bien pulido y 1.82 de estatura, dice vivir enamorado del pueblo; de la vida tranquila que ha podido llevar y de la forma de ser que tienen sus habitantes, que son muy hospitalarios, asegura.
También de los paisajes. Como el que le toca todos los días cuando bien en la mañana emprende viaje para El Paraíso, en el corregimiento de Santa Elena, y en el tramo final hacia la hacienda sale a su encuentro el Valle del Cauca que Jorge Isaacs describió con tanta finura mientras inmortalizaba en la novela María, el amor imposible que sufrió en esas tierras y que decididamente intentó exorcizar en su obra bajo el seudónimo de Efraín.
“(…) El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y sobre las crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagan algunas nubecillas de oro como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento amoroso…”, escribió por ejemplo al comienzo del libro para pintar la última jornada de su vuelta a la región luego de que siendo niño lo mandaran a estudiar a Bogotá. Entonces como el cielo del autor todavía suele colgarse por ahí, seguramente a Yantén, viéndolo de camino, la dará mucho gusto ir al trabajo. 
O el gusto se le nota al empezar el recorrido con cada grupo de visitantes que a lo largo del turno le van renovando la oportunidad de dar a conocer los vericuetos de la historia que Isaacs publicó en 1867, y que como novela se transformó en un clásico de la literatura latinoamericana traducida a 31 idiomas. Ahí pues es cuando aparece su célebre entonación para mantener el hilo de lo que cuenta, templado de la tensión dramática justa como para que la gente no lo pierda de vista a lo largo de los pasillos y cuartos de la casa principal de la hacienda El Paraíso, adquirida por el Departamento en 1953 y declarada monumento nacional en 1959.

Foto: Especial para El País

El Cerrito

Juan Pablo Yantén / Guía de visitantes en la hacienda El Paraíso

En imágenes: un recorrido por los paisajes de El Cerrito que inspiraron un clásico de la literatura latinoamericana

El nombre del municipio y de la cabecera es de origen histórico, su nombre proviene de un cerro artificial creado en la Hacienda de la Lomita, por la acumulación de tierra extraída del túnel que recorre gran parte de la cabecera municipal uniendo varias Haciendas antiguas del municipio.


“(…) El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y sobre las crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagan algunas nubecillas de oro como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento amoroso…”, escribió por ejemplo al comienzo del libro para pintar la última jornada de su vuelta a la región luego de que siendo niño lo mandaran a estudiar a Bogotá.

Foto: Aymer Andrés Álvarez / Reportero gráfico de El País

El Cerrito

Entrada a la Hacienda El Paraíso

Durante unos 25 minutos Yantén pasa de un lado para otro subiendo y bajando la voz con la intencionalidad de un curtido actor de teatro que sabe bien dónde poner el acento. O con qué: una mirada, un gesto de manos, una sonrisa, o un chiste. Como el humor es tan buen antídoto contra las distracciones, de vez en cuando revela alguna anécdota histórica de tono alegre o bromea a partir de cierto detalle del recorrido que le permita  conectar a todo el mundo. O al menos intentarlo. Al mediodía de este sábado 12 de noviembre, a cargo de una veintena de personas muy vulnerables para despistarse con el calor, Yantén, es el caso, utilizó la excusa del oratorio de la casa para hacer la clásica chanza del rezo a los santos más iluminados por la humanidad en la incesante búsqueda de un novio. A propósito de la pintura de un San Antonio ahí colgada, con chispa solemne le fue recitando a todos los demás: “San Vicente que sea inteligente y no beba aguardiente… San Benito traémelo bien bonito… Santa Rita que traiga platica…” Y en la risa, me dio la impresión, el público se fue olvidando del sofoco y se quedó con él.
En este Valle que desde la frontera sur con el Cauca comienza a estirarse en 42 municipios que terminan al borde de Risaralda y Quindío, al igual que en la puerta del Tolima y en el mar Pacífico, y en la orilla del Chocó, ninguna tierra con mejor bautizo que la hacienda, que simplemente no había podido llamarse de otra forma. Solo el samán que permanece a la entrada es ya un espectáculo: 120 años que solo se dimensionan desgonzando la cabeza hacia atrás para que en una mirada de esas alcancen a caber las ramas en su completa extensión, tan ancha como para darle sombra a casi todo el frente de la casa; atrás, los rosales donde los primos Efraín y María se perdieron en la tormenta del amor prohibido; el río Cerrito entrando en forma de acequia, y de frescura y  murmullo.  Desde ahí el paraíso a la vista. Desde ahí lo vio Isaacs: 
“(…) Las verdes pampas y selvas del Valle se veían como altravés de un vidrio azulado, y en medio de ellas, algunas cabañas blancas, humaredas de los montes recién quemados elevándose en espiral, y alguna vez las revueltas de un río. La cordillera de Occidente, con sus pliegues y senos, semejaba mantos de terciopelo azul suspendidos de sus centros por manos de genios velados por las nieblas. Al frente de mi ventana, los rosales y los follajes de los árboles del huerto parecían temer las primeras brisas que vendrían a derramar el rocío que brillaba en sus hojas y flores…”, detalló el autor caleño describiendo una mañana que le pareció triste. Imagínese lo que vio en las más felices.
    Hablando de las bellezas de ese sitio, Óscar Dier Tombé, su administrador, contaba el otro día de unos turistas mejicanos que una vez al final de un recorrido le dijeron que ese paraíso y toda la historia que encerraba y revivía, era incluso mayor que el de los ranchos de su país. Y ese piropo, recordaba Tombé con el pecho lleno de orgullo, ¡fue mucho piropo!, viniendo de unos tipos tan nacionalistas como los mejicanos.
Además de las rosas que aún abren en los jardines, casi todo permanece en el sitio donde más o menos lo tuvo la familia Isaacs cuando fue dueña de casa; solo el 20% de las cosas debieron ser reemplazadas a causa de las mezquindades que el tiempo hizo con ellas, precisa la guía Yolanda Daza Rodríguez, contando que lo más dañado eran los tendidos de las camas, los colchones, las cortinas, y los tapetes de piel de tigre.
Lo que no pudieron reemplazar, eso sí, fueron las trenzas originales de María, que antes de fallecer cortó y le dejó a su galán con una carta encomendada a su hermana Emma. Que fue lo único que encontró el pobre Efraín cuando volvió de Londres después de viajar tres meses por todas las vías posibles anhelando hallar con vida a su enamorada, muerta tres días antes de su arribo a causa de la epilepsia. Y allí en la hacienda-museo las tuvieron exhibidas y conservadas mucho tiempo como símbolo  hasta que, como dice Yantén, apareció un amigo de lo ajeno. Su voz también pondrá acento en ese detalle, tal vez el único lunar en el paraíso.
Porque en términos generales la inseguridad es más bien una extrañeza en El Cerrito. Para la muestra el crucero formado entre la vía que conduce al municipio y la carretera para Santa Elena, donde la señora María Elvira Nopia estaciona diariamente un puesto ambulante para vender jugos de fruta, zumo de uva, pomelos, mecato, champús frío y unas empanadas que hasta frías deben saber tan ricas. La señora María Elvira, nacida en Ubaté, Cundinamarca, ya tiene 61 años y los últimos 27 se los ha resuelto con ese trabajo donde al parecer el lío más grande que ha tenido es el samán bajo el que se ubica , porque lleva largo rato pidiendo limpieza y poda y todavía no ha apercido autoridad en este mundo que asuma la bendita labor. De modo que el mayor miedo de doña María Elvira no es un raponero sino que una rama se le descuaje en la cabeza.

“Lo que no pudieron reemplazar, eso sí, fueron las trenzas originales de María, que antes de fallecer cortó y le dejó a su galán con una carta encomendada a su hermana Emma. Que fue lo único que encontró el pobre Efraín cuando volvió de Londres después de viajar tres meses por todas las vías posible anhelando hallar con vida a su enamorada, muerta tres días antes de su arribo a causa de la epilepsia”

Como ella, muy cerca de ahí vive  feliz y desprendido del lastre de las posesiones más pesadas, un encantador loco de pelo largo, artista, fotógrafo, rebuscador y amante de la vida, casi siempre caminándola a pie limpio por puro gusto y conexión con el universo. De nombre Walter Belalcázar, pero conocido por todos como Chuchú, ese hombre sin años que pasó una década en Bogotá, jura que en el 91 cuando regresó a Santa Elena fue cuando nació por primera vez: “En ese momento me quité los zapatos y empecé a reaprenderme el suelo de mi pueblo que ahora me lo sé de memoria: vos me podés vendar y yo sé, por el olor al mediodía, que voy por donde Los Barandicas porque huele a tajada de maduro. O yo sé cuándo paso por el parral de Henry…”
La Casa de Chuchú que todo el mundo conoce como La Choza de Chuchú, ya es también otro atractivo turístico por la forma en que la fue levantando sobre antigüedades que un buen día  arrancó a coleccionar y con las que poco a poco armó rincones y ambientes que ahora sirven de escenografía para fotos de época que él hace muy bien y se complementan con el vestuario clásico que   tiene a disposición de los clientes. 

Foto: Aymer Andrés Álvarez / Reportero gráfico de El País

El Cerrito

Fotos de época en la ‘La Choza de Chuchú’

Si no es  para ir a noveleriar cachivaches o tomarse fotos donde Chuchú, el paseo a El Cerrito también puede ser ir al Museo de la Caña de Azúcar. O  por vino artesanal de uva Isabella como el que hace un siglo producen en las Bodegas Don Policarpo. O por fritanga y sancocho de gallina, con fama a varios peajes de distancia. O ir al río, que más arriba de la hacienda de Efraín y María, en Los Charcos de El Pomo dobla en recodos mansos y solitarios, apenas para acomodarse a remojar los pies y darle vida a sapitos de piedra, poniendo a rebotar guijarros contra la superficie del agua. O ir a La Maloka de los Vientos, todavía más arriba, donde hay canopy, rapel, péndulo, puente tibetano, columpio de vuelo. O si no, ir simplemente por ahí. Sin rumbo. Y dar una vuelta. Comer oblea. Tomar guarapo. Respirar.  En el paraíso no hace falta mucho para perder el aliento.

Superficie: 466km²
Ubicacion: Centro del Valle del Cauca
Población: 57.749 habitantes
Gentilicio: Cerriteño
No te puedes perder: Visita a la Hacienda El Paraíso

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