‘¡Quiubo ve!’ y una sonrisa, así le dan la bienvenida en Bugalagrande

 

Bugalagrande, en todo el centro del Valle, marca una frontera: yendo desde el sur, hasta ahí más o menos llega el departamento de vocales alargadas, como bananitas con las que se nos engolosina el paladar. Crónica de un pueblo donde la belleza se escucha, ¿oís?

- Jorge Enrique Rojas

Con acento de manjarblanco

“Una de las características de los bugalagrandeños es su espontaneidad y picardía. Y que nos saludamos a los gritos…”, contaba este lunes 31 de octubre don Gerardo Escobar, mientras caminando la media cuadra que hay entre la Alcaldía y su oficina, justo el comentario iba sucediendo:

–       Feliz día de los niños, le dijo apenas se lo cruzó el señor José López.

–       ¡Está bonito tu disfraz!, le respondió don Gerardo, alegrando el tono con dos signos de admiración.

El señor José López, de camino a realizar un trámite antes de las nueve de la mañana, por supuesto no iba disfrazado aunque fuera Halloween. Y don Gerardo, de canas, anda desde rato bien lejos de la niñez. Sin embargo al encontrarse en la broma ambos rieron a manera de saludo y continuaron sin detenerse a revisar el chiste; como si fuera cosa de todos los días. Don Gerardo es alto, de voz gruesa, coronilla despoblada, tiene 57 años y desde hace 20 está encargado del Archivo Municipal. Iba vestido para el clima: un Polo por fuera del pantalón. Antes de llegar a su sitio de trabajo, le recordó los buenos días a un amigo que estaba por cruzar la calle, poniendo la voz todavía más contenta: ¡¡¡Quiubo ve!!!

El acento y los adornos que los vallecaucanos le colgamos a la pronunciación de las cosas y el mundo, con una sonoridad más o menos parecida entre el centro y el sur de la región, puede ser otro de los rasgos característicos de muchos de los habitantes de ese municipio donde precisamente se marca el centro del departamento. De Bugalagrande para abajo, o sea hacia la otra punta de nuestro norte paisa que acaba en El Cairo, podemos tener el dejo de alargar las vocales o de dejarlas salir despacito, como si mientras se acomodan entre algunas frases fueran bananitas con las que se nos engolosina el paladar. Entonces hay quiubos-ve que duran más que un saludo simple. No es el caso de don Gerardo, que además va de afán en ese momento; pero sí el de muchos saludos que al ser conjugados en una velocidad menor, salen todavía más lindo al quedarse flotando un rato de más en el ambiente.

De Bugalagrande para abajo también tenemos la maña de amasar el pan de otra forma a la hora de pronunciarlo, con M en vez de N: Pam. Con M de más bueno. El recuerdo llega con el sabor que además de hornearse, aquí se descuelga en ramas con el fruto del árbol del ‘pam’, porque don Gerardo cuenta que a las afueras del pueblo los cultivos otra vez crecen. ¡¿Una delicia, oís?!

Ese día en la oficina del hombre se apareció una parienta que él distinguía pero que no había tenido chance de conocer porque la señora mantiene mucho en los Estados Unidos: doña Consuelo Rengifo Bejarano, que nació en Bugalagrande pero que acompañando al esposo terminó pensionada de una fábrica gringa de piezas para carros. De manera que ella va y viene. Tiene una casa, también a las afueras del pueblo, donde le gusta pasar temporadas: “Este es un pueblo adorado… Uno jubilado ya quiere es tranquilidad. Y eso es lo que más me gusta de aquí, que está muy tranquilo…”, decía ella, mientras averiguaba la forma de ayudarle a un muchacho desplazado del sur del país para que pudiera reclamar las tierras que debió dejar hace mucho.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Bugalagrande

Iglesia principal de Bugalagrande

En imágenes: Bugalagrande, el municipio del Valle donde te reciben con un ¡Quiubo ve!

El acento y los adornos que los vallecaucanos le colgamos a la pronunciación de las cosas y el mundo, con una sonoridad más o menos parecida entre el centro y el sur de la región, puede ser uno de los rasgos característicos de muchos de los habitantes de Bugalagrande


“El acento y los adornos que los vallecaucanos le colgamos a la pronunciación de las cosas y el mundo, con una sonoridad más o menos parecida entre el centro y el sur de la región, puede ser otro de los rasgos característicos de muchos de los habitantes de ese municipio donde precisamente se marca el centro del departamento”

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Bugalagrande

Héctor Fabio Wallens Paredes Locutor de la Emisora Radio Vaticano

Penosamente un tema que después de 1998 se volvió muy conocido en el pueblo, cuando las deformaciones provocadas por la guerra también se hicieron visibles en su zona alta, entonces sitiada por el Bloque Calima de las AUC. De hecho según está relatado en el portal verdadabierta.com, varios de los primeros asesinatos cometidos por los paramilitares a lo largo de 1999, en su intención de comenzar a propagar el miedo y anunciar su establecimiento en el Valle, fueron perpetrados en veredas del municipio. Y así en cadena irían sucediendo los desplazamientos, los caseríos en soledad, el silencio, las familias que nunca volverían a encontrarse. Pero como ya se sabe, después de un proceso de negociación, hace 12 años que en el corregimiento montañoso de Ceylán, el Bloque Calima entregó sus armas y se desmovilizó. Y así poco a poco la vida que había extraviado el curso empezó a recomponerse con la gente que pudo volver a echar raíz y reconocerse más o menos libre como antes de todo.

Mientras conversaba con su pariente, doña Consuelo Rengifo Bejarano contaba que por donde ella vive, varios arquitectos e ingenieros han comprado lotes y están construyendo casas campestres de lo más bonitas. Grandes. En las afueras también queda la planta de Nestle. A la doña, en estos días, un coronel de la Policía ofreció alquilarle la casa por tres años y el señor era adorado como inquilino, decía ella; pero se vio en la obligación de decirle que no pensando en tener a dónde llegar cada que le de por viajar desde el otro lado: “Esta tierra jala mucho…”, juraba a las diez largas.

En Bugalagrande automatizar la noción del tiempo podría ser un hábito religioso común para cualquiera que pase allí más de 24 horas: desde hace medio siglo todos los días a las once de la mañana y a las cinco de la tarde, Héctor Fabio Wallens Paredes pone a sonar las cornetas instaladas en la cúpula de la iglesia San Bernabé, con tandas de anuncios que promocionan las mejores ofertas del comercio, como también menciones que procuran por la recuperación de documentos perdidos o servir de recordatorio para sepelios, cumpleaños, fiestas y, cómo no, misas pendientes. Héctor Fabio Wallens Paredes es el secretario de la parroquia y desde que ejerce el cargo se ocupa de darle una utilidad adicional al sistema de sonido que, hasta su llegada, permanecía únicamente destinado a la amplificación del Ave María que en la voz de Alfredo Sadel debe sonar, llueva, truene o relampaguee, siempre a las seis de la tarde.

Pero al padre le pareció buena idea la propuesta. Incluso la picardía del nombre para la ‘emisora’: Radio Vaticano, que con su bendición emite sin falta desde un pequeño ático en forma de L ubicado a la vuelta del templo y con entrada sobre la calle. Prendidas de la cúpula, las cornetas quedan a 45 metros de altura. De modo que con el amplificador de 200 vatios que tienen, la voz de Wallens llega como un relojito a todas las esquinas de la cabecera municipal. Entonces la gente en todos lados, tenga o no reloj, siempre sabe más o menos qué hora es. En mayo, cuando Radio Vaticano ajustó 50 años al aire, el corresponsal de El País en Tuluá, Javier Jaramillo, escribió una nota contando varios detalles de la hazaña; entre ellos una anécdota que daba justa medida del alcance del sistema de sonido: “(…) El sacerdote recuerda como caso curioso que en el comando de policía de Bugalagrande, en alguna ocasión le pidieron que apagara esa emisora porque no dejaba dormir de día a los policías que habían hecho el turno la noche anterior…”

“Para pasar al otro lado está Puente-Bamba, bautizado así en razón de que al ser colgante y de madera, cada atravesada es un bailesito. Pura picardía. Tan distintiva entre los rasgos característicos del pueblo como el sabor del manjarblanco que en el 7-55 del barrio Obrero, la señora Amalia y su hijo Guillermo preparan desde hace 17 años: de textura menos densa, más cercana al arequipe, el secreto, dicen ellos, es que nunca-nunca lo han preparado de mal genio o con la energía atravesada”

Según el locutor le contó a Javier, su voz también ha sido escuchada en el corregimiento de El Overo, a varios kilómetros de la iglesia, y hasta en El Mestizal, que es una vereda cerca del río Cauca. Por Radio Vaticano igualmente se anuncian ofertas de empleo, las jornadas de vacunación del hospital y hasta los cortes de agua que hace la Alcaldía. Cada mención le cuesta al cliente apenas mil quinientos pesos. El templo de San Bernabé queda frente al parque principal, por lo que sentarse allí a escuchar lo mejor que el día oferta a través de la voz de Wallens, es una belleza que no tiene precio. Y que no se repetirá en ningún otro municipio.

A pesar de que don Gerardo Escobar, encargado del Archivo, afirma que lo otro que está bueno en ese parque son los cholados que los fines de semana vende una señora, lo que resulta más bello que todo es la forma en que los taxistas que hacen pista allí, armaron manada para cuidar a los perros callejeros que anidan bajo la sombra tibia de sus motores estacionados. José Morales, con media vida de conductor, ha contado como diez. Uno de ellos, el más dócil, se llama Rocky: lanas negras y nudos bajo el hocico donde le quedan prendidas las moronas de pan que le llevan los taxistas y las manos que los quieren. Conforme pasa la mañana se va viendo de un lado a otro a la pandilla en pleno; colorados, de patas enanas, morochos asustadizos, viejos, todos mansos. Eran más, recuerda el conductor Edison Taborda, pero el año pasado murió una pareja de compinches, El Mono y Niño, dos andariegos que se habían vuelto tan personajes del pueblo, que iban a los entierros y a misa. Solo faltaba que reconocieran la voz de don Wallens descolgándose de la cúpula de la iglesia.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Bugalagrande

La señora Amalia batiendo el manjarblanco

A tres cuadras, Bugalagrande tiene otro parque, la Plaza Vieja, donde la sombra se saborea bien dulce cayendo de cuatro samanes. En la Plaza Vieja venden avena y salpicón. Y ahí no más cruza el río Bugalagrande que es la razón del nombre del municipio. Para pasar al otro lado está Puente-Bamba, bautizado así en razón de que al ser colgante y de madera, cada atravesada es un bailesito. Pura picardía. Tan distintiva entre los rasgos característicos del pueblo como el sabor del manjarblanco que en el 7-55 del barrio Obrero, la señora Amalia y su hijo Guillermo preparan desde hace 17 años: de textura menos densa, más cercana al arequipe, el secreto, dicen ellos, es que nunca-nunca lo han preparado de mal genio o con la energía atravesada. Y por eso tiene clientes célebres, cuenta doña Amalia, como los jugadores del Deportivo Cali que cada tanto van a comprarle un mate, o a comer panelitas, o cortado, y se sientan a conversar con ella en el comedor de su casa. La cocina queda atrás, antes de un solar con matas y viento. “El dulce lo revolvemos con cagüinga (mezclador de madera), se usa arroz cernido para cuajarlo, leche entera y se hace solo en leña…”, dice su hijo Guillermo sirviendo una muestra, mientras los clientes de la calle van entrando sin anuncios diferentes al saludo despacio, despacio, que se queda un rato de más flotando en el ambiente: ¡¡¡Quiiiiuuuubo, ve!!!

Superficie: 374km²
Ubicacion: Centro del Valle del Cauca
Población: 21.167 habitantes
Gentilicio: Bugalagrandeño
No te puedes perder: El manjarblanco y el cortado de la señora Amalia

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