Obando, el pueblo del Valle que aún se transporta sobre ríos

A la orilla de Obando sobre el río Cauca queda uno de los planchones que el siglo pasado usaba la gente para moverse cuando las carreteras eran una ilusión. Hoy, allí,  funciona en manos de un corregimiento entero. Crónica de un pueblo flotante.

- Jorge Enrique Rojas

El pueblo que se mueve

Ni un sí ni un no. En varios instantes del día, todos los días, a bordo del planchón metálico que atraviesa el Cauca pueden coincidir tres o cuatro hombres que viven del campo y yendo en moto se dirigen hacia algún cultivo o a descansar después de andar cargando el sol. Puede coincidir un dueño de campero. Y un labriego en bicicleta como William Sánchez, que este miércoles explicaba que de no cruzar el río de esa forma tendría que pedalear por dos horas para llegar a su destino. Así que toda la vida sale más barato pagar los 500 pesos que le cuesta el viaje. A los carros les cobran tres mil.

Los planchones o barcazas, cuenta el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Jorge Garcés Borrero, son un sistema de paso que en dos o tres puntos del Cauca operan de igual manera desde 1925: agarrados de un cable y un sistema de poleas que aprovechando la fuerza de la corriente, los lleva de uno a otro lado luego de que un barquero accione una manivela. Pero en ninguna parte como en Obando, al norte del Valle, donde los habitantes de un corregimiento se organizaron para poner a trabajar el que les queda a pocos metros de sus casas, distribuyéndose por turnos familiares el funcionamiento y el dinero de los pasajes. Son cerca de 300 habitantes así que más o menos a cada familia le corresponde la administración una vez al año. Esta semana el turno fue para los Quiñónez. Carlos Arturo, de 20 años, barquero encargado hasta el domingo entrante, dice que un día de buen movimiento han llegado a ser hasta 150 personas viajando entre las orillas, y las seis de la mañana y las seis de la tarde, que es el horario en que trabajan el río.

Aunque son cosa del otro siglo, cuando las carreteras eran ilusiones, todavía quedan extremos del departamento donde esos planchones resultan la vía, o un atajo, como en este caso viene siendo entre Obando y Toro.

El planchón soporta nueve toneladas de peso y una vez Carlos Arturo tuvo entre sus tripulantes a un señor que conducía un tractor. Porque el servicio es útil para todo mundo. Y todo mundo viaja ahí lejos de diferencias fundamentales, cuenta el muchacho, que no sabe de peleas ni discusiones a bordo. Ni un sí ni un no. Consecuencia del sol, que sobre el río puede pesar más de nueve toneladas, los viajes suelen ser más bien silenciosos, acaso rotos por los ruidos del agua o algún vallenato saliendo del radio del barquero. Tampoco la música se discute. Allí la paz es una obviedad que se mantiene a flote sin dividir a nadie, como una serena rareza en medio del país que de ahí para arriba, y para abajo, hacia los Llanos Orientales y el Pacífico, se parte en dos.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Obando

Antigua vía férrea de Obando

En imágenes: Obando, el pueblo del Valle que se transporta en planchones

Los planchones o barcazas, cuenta el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Jorge Garcés Borrero, son un sistema de paso que en dos o tres puntos del Cauca operan de igual manera desde 1925: agarrados de un cable y un sistema de poleas que aprovechando la fuerza de la corriente, los lleva de uno a otro lado luego de que un barquero accione una manivela.


“Obando tiene restaurantes donde el plato infaltable son los frijoles, como pasa en las mesas de todo el norte de la región. Pero ahí a los fríjoles les ponen cariño. Y eso se siente en las porciones. Pero también se consigue fiambre envuelto en hojas de bijao, sopas muy ricas y cerveza helada”

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Obando

Papaya madura en Obando.

Obando queda en un cruce de caminos que en una hora llegan a Pereira. Por eso una parte del municipio está atravesada por la variante que sigue estirando la carretera hacia el norte. Saliendo desde el parque y cruzando la variante en dirección al río, veinte minutos después aparece Puerto Molina, que es el corregimiento donde atraca el planchón; detrás de una miniatura de iglesia, el Cauca se ve amarillo, ancho, ocre, manso, revuelto al mismo tiempo, pero más que nada sobreviviente. Antes de las dos de la tarde o la hora en que la modorra contagia bostezos a diestra y siniestra, Puerto Molina también podría ser Puerto Silencio: a excepción de algunas personas que en la orilla esperan para pasar, no hay nadie en la calle. En la única única calle.

Bajo la sombra de un árbol muy alto que llega al borde del agua, todo el agite del lugar es el que hacen unas gallinas extraviadas que le cacarean sus ganas a un gallo pálido y de cresta caída. Pero altivo. Casi en su totalidad, el corregimiento está poblado por hombres y mujeres que trabajan el campo y que para ese momento se encuentran en plena jornada. O durmiendo el cansancio después de haber madrugado mucho. Pero mucho. La plata de la semana que le corresponde a cada familia por operar el planchón, entonces, les cae muy bien a todos, cuenta el barquero de esta semana, Carlos Arturo.Porque el campo tiene sus altibajos. Siempre es igual. Así que esa platica sirve para pagar deudas o comprar las cosas de los niños. Una de las cosas más bellas de Puerto Molina es que hay una casa donde anuncian helados de palito a cien.

La ruta que conduce al corregimiento o que del corregimiento lleva al resto del mundo, es una línea recta que en forma de carreterita destapada va dejando a lado y lado cultivos que se distinguen por colores. Hay caña, verde omnipresente. Papaya, madura por estos días. Y ají, que cuando está en cosecha es un sarpullido de amarillo y rojo sobre verde. Cubiertas con camisetas anudadas, tapadas con pañuelos, con sombreros, con gorros, las cabezas de los recolectores apenas sobresalen en medio de los arbustos. Todo ese ají, cuenta uno de ellos, es tipo exportación y lo mandan para México. Lo mandan por toneladas. Así como por toneladas cae el sol igualmente por ahí sobre cada sembrado, sobre cada casa, animal, persona, vehículo en movimiento, chatarra oxidándose o bicho con pulso.

En el camino también hay un altar. La señora Felisa Melo, que vive al lado, dice que es en honor a la Virgen de la Piedad, que según la fe de la vereda El Pleito, hizo presencia entre unas cenizas: “Lo que contaba mi papá es que apareció en una casa-vieja-de-paja que se quemó aquí al frente. Entre las ruinas había una ventana corrediza y en una tabla chamuscada vieron la sombra y ahí estaba la virgen… Dicen que cuando la encontraron tenía los ojos cerrados y ahora los tiene abiertos…” Y cargando a un, más bien borroso Niño Jesús, la Virgen se ve ahí. La señora Felisa guarda llave de la urna que protege la imagen. Cada quince días, los martes, hay misa ahí a las seis: “La virgen es muy milagrosa. Yo no le puedo decir cuáles, pero me ha hecho taaantos favores…”

“Así que lo que tiene ese parque, pues, es la particularidad de la música que le regala el colegio, cuando entre semana, faltando diez para las nueve, da la hora del recreo y las risas de todo ese muchacherío salen cruzando la calle y se instalan entre las bancas, cerca de la palomera, bajo la sombra que uno de los profes del colegio, dice, depende varios ficus, acacias y dos samanes”

Volviendo al camino entre Puerto Molina y Obando, en el camino también hay una casa-finca que por estos días ofrece la posibilidad de reservar fines de semana y puentes festivos para que familias, familias grandes y con niños, sean huéspedes en un vecindario así. Se llama San Miguel y el encargado, Alexander García, dice que tienen cuartos para que hasta 32 personas se acomoden sin lío. Llamativamente azul, a las afueras de la casa de alojamiento hay una piscinita rectangular donde la panza del sol no entra.

Llegando a la cabecera del pueblo, sobre la variante, Obando tiene restaurantes donde el plato infaltable son los frijoles, como pasa en las mesas de todo el norte de la región. Pero ahí a los fríjoles les ponen cariño. Y eso se siente en las porciones. En todo caso se consigue fiambre envuelto en hojas de bijao, sopas muy ricas y cerveza helada. En su zona urbana Obando no es muy grande y cinco moto-carros son toda la flota de moto-taxis que hay en el municipio.
La única mujer que maneja uno de esos aparatejos se llama Disleny Valencia, una señora buena gente y buena piloto que a los 43 años así se las arregla para sacar adelante al hijo de crianza que ya está cerquita de salir bachiller. Al contar la historia Disleny sonríe mientras damos vueltas por las calles, impulsados a lo que da el motor de licuadora con que viene dotado el moto-taxi. Cámara lenta para contemplar una de esas sonrisas que el orgullo más noble de una mamá sabe hacer.

“La gente… A mí lo que más me gusta de este pueblo es la gente…”, contesta ella en primer lugar, a la hora de hacer su listado de preferencias particulares en el municipio: “…Y la tranquilidad… Y el parque… Y la casa de doña Tránsito, aquí en la esquina del parque, donde por las tardes venden unas arepas con mantequilla deliciosas…”

En la otra esquina del parque queda el colegio, el Ricardo Nieto, con 140 niños matriculados en primaria. A las nueve y veinte de este miércoles, un grupo había salido para pegar sobre la fachada una leyenda escrita con marcadores de color sobre dos tiras de papel: No hay camino para la paz, decía en una tira. La paz es el camino, cerraba la otra. “Una celebración en nombre del Día Mundial de la Paz”, que era justo ese día, explicó la profesora de Educación Física María Betty Quintero.

Así que lo que tiene ese parque, pues, es la particularidad de la música que le regala el colegio, todos los días de lunes a viernes. Suena faltando diez para las nueve, cuando da la hora del recreo y las risas de todo ese muchacherío salen cruzando la calle y se instalan entre las bancas, cerca de la palomera, bajo la sombra que uno de los profes del colegio, dice, depende varios ficus, acacias y dos samanes. De las acacias cuelgan lagrimones de melena que se estiran un par de metros desde las ramas más altas, quedando suspendidas al vaivén del viento, como uno de esos regalos poéticos de la naturaleza.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Obando

Cultivos de ají en Obando, Valle del Cauca.

En ese parque, la doctora Viviana, que es la mujer más bonita de todo el pueblo, tiene su clínica veterinaria, Animal Love, donde rescata y alivia perros que de vez en cuando resultan por ahí, señalados por la indolencia. Hace dos días la tarde se le iba inútilmente tratando de salvar a un perrita de manchas blancas y negras que un motociclista arrolló en la variante. Viviana es muy bonita por eso, por la forma en que asume la vida aún a pesar de la muerte y sus estupideces. Del ser humano y sus estupideces. De manera que el nombre de su negocio representa justo su obstinación más vital, un amor animal por ayudar a los que nadie ayuda.

Mario Agudelo, un muchacho con cara de bueno que trabaja en la Alcaldía, dice que Obando tiene gente como esa veterinaria, buenas personas. Que eso es lo que ahora más tiene el municipio. Y eso, como a la señora del moto-taxi, es lo que él más le gusta. En una ocasión, cuenta Mario, se fue para Panamá. Y en otra para Pereira, a trabajar y a rebuscarse. Pero la vida más tranquila que ha vivido es ahí en Obando.

Hubo un tiempo claro, hubo un tiempo en que los narcos repartieron sufrimiento y angustia a diestra y siniestra en el norte del Valle y de la salpicadura no quedó a salvo ningún rincón. Tampoco Obando. El barquero Carlos Arturo cuenta que ahí adelante de la línea donde se mueve el cable que sostiene al planchón en Puerto Molina, quedó sepultada una avioneta del narcotráfico que estrellaron contra el río antes de que la cogiera la Policía. Cuando el Cauca baja, dice el muchacho, las puntas pasado enterrado en forma de fuselaje, alcanzan a verse. Es solo un fósil en el agua.

Superficie: 213km²
Ubicacion: Norte del Valle del Cauca.
Población: 14.980 habitantes
Gentilicio: Obandeño
No te puedes perder: El camino saliendo desde el parque y cruzando la variante en dirección al río, aparece Puerto Molina, el corregimiento donde atraca el planchón; detrás de una miniatura de iglesia, el Cauca se ve amarillo, ancho, ocre, manso, revuelto al mismo tiempo, pero más que nada sobreviviente.

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