Más allá de Cali también sopla la brisa…. visite Yotoco el ‘Rey de los vientos’

A Yotoco le dicen ‘el rey de los vientos’. Quizás en en ningún otro lugar del Valle, como en el parque de ese pueblo, el viento muestre tanta vida, en medio de tanta tranquilidad.

- Jorge Enrique Rojas

La vida en el parque

Lo más bello es sentarse en ese parque. Para empezar, porque no es uno de esos parques agitados de los pueblos grandes. Allí no se ven muchachas mal sentadas de la mañana a la noche, ni negocios raros tranzándose en ninguno de los bordes del cuadrado que le da forma a la plaza.

Doña María Graciela Buitrago, que a dos cuadras y media, en el 4-42 de la Carrera Sexta, vende unas empanadas muy ricas, durante once años tuvo el negocio al frente del parque. Entonces recuerda que por ahí la vida ahí se ve de lo más buena. La gracia de sus empanadas no es una masa tostada sino la manera en que viene rellena con un guiso aguadito, tan célebre como el nombre de la doña, que de tanto repetirse en el boca-boca se fue gastando hasta convertirse –o pulirse- en Chela, como todo el mundo la conoce.

Entre las cosas que a ella más le gustaban del parque están los ventarrones, dice con los recuerdos sonrientes: “Llegaba gente hasta de Buga para ventiarse… ¡Pero tenían que venir en pantalón, porque si traían falda, se les levantaba hasta el pescuezo!”. De todos los apellidos que tienen los pueblos del Valle del Cauca, Yotoco es dueño de uno de los más bonitos: ‘el rey de los vientos’. A Chela por su puesto, todavía le gustaría estar allá de ese lado, pero hoy tiene la venta sobre el andén de su propia casa por los vericuetos del corazón, dice: al divorciarse de su ex, el negocio en el parque también se acabó. Porque en los pueblos la vida de vez en cuando también se enreda y la gente se separa. Y sufre. Pero todo llega y todo pasa, conversamos mientras saca una tanda de aborrajados para exhibir en una vitrina donde las frituras se mantienen tibias al calor de un bombillo.

Foto: Oswaldo Paez | Fotógrafo de El País

Yotoco

Chela hoy tiene la venta sobre el andén de su propia casa

En fotos: recorra los rincones más hermosos de Yotoco, donde más sopla el viento

Los ventarrones que sacuden a Yotoco se mueven por todas sus calles y montañas. Conozca los paisajes más bellos de el ‘Rey de los vientos’.


“cerca de ahí, donde los indígenas yotocos y su vocación de orfebres, haya enterrado a sus muertos, quedó enterrado un pasado en oro”.

Foto: Oswaldo Paez | Fotógrafo de El País

Yotoco

Daniel Betancur saca cuatro tableros de parqués sobre las que se arremolina gente a jugar por cien pesos el turno.

El parque permanece limpio y bien cuidado. Desde las bancas de grano pulido donde las señoras se sientan a echar lora, hasta el suelo, que en vez de la habitual simpleza del cemento gris aparece recubierto de unas tabletas cuadriculadas y amarillas, como galletas wafer gigantes, puestas una detrás de la otra. En las esquinas hay árboles de mango con ramas solo posibles a tiro de escalera y palmas donde anidan golondrinas que le ponen música al comienzo de la noche.

Por las tardes, con pelotas de caucho, los niños salen a jugar futbolito y don Daniel Betancur, dueño de una chaza que ofrece bombones y cigarrillos, saca cuatro tableros de parqués, con mesas y banquitas de madera, sobre las que se arremolina gente a jugar por cien pesos el turno. Las risas que salen de ahí, toda vez que un infortunado cae a la cárcel por culpa de los dados, pueden llegar a ser el mayor escándalo del parque.

El señor Bartolomé Rengifo, que tiene 57 años y se gana la vida como obrero, dice que él trajo la idea luego de pasar por el parque Belén de Medellín, que tiene jugaderos de toda cosa; de ajedrez, de naipe, de dominó y de damas chinas. Y al ver que todo funcionaba tan bien allá, lejos de tropeles y peleas, le hizo la propuesta a don Daniel y pusieron “el desorden” de los tableros. Por si acaso, al cruzar la calle, queda el Hospital. Y cerca la Policía.

Un día cualquiera en el parque, usted puede encontrar a don Herney Ramírez, de 70 años, cuidando carros en compañía de ‘grillo grano de oro’, gallo de patas flacas que alguna vez lo va a dejar lleno: cuando gane una pelea o termine sancochado en una olla. Aunque mientras lo carga sobre el regazo, sobándolo como si fuera un gatico en desamparo, se ve que ninguno de los destinos que rondan las plumas del ave están cerca de cumplirse.

Por el parque pasa todo el mundo y pasa la vida. Pasa Denyer Andrey Jaramillo, que nació en Buga pero terminó viviendo allí, convencido por la tranquilidad del pueblo. En contravía de la fonética gringa de su primer nombre, que al inglés viene traduciendo ‘peligro’, Denyer es un muchacho calmado y de buen humor que trabaja tomando fotos para la Alcaldía y, desde hace tiempo, elabora una guía turística de Yotoco. Por eso él sabe cosas como que en la subida a al Valle del Dorado, a cinco minutos en carro de la iglesia, hay un mirador precioso al que le dicen ‘el palito del amor’ y donde, se calcula, se han hecho y se siguen haciendo varios de los yotocenceses que pueblan el municipio. Hoy en Yotoco viven unas 17 mil personas.

El Valle del Dorado, compuesto por las veredas Muñecos, Cordobitas, Colorados, Buenos Aires y La Floresta, es un terreno montañoso adornado por sembrados de piña, plátano, café, y algunos vestigios de la cultura indígena, que todavía, a estas alturas, persiguen guaqueros y buscadores de tesoros precolombinos. Entre los vestigios visibles están las ‘terrazas’: hendiduras que en la carne de algunas lomas fueron hechas por nuestros antepasados aborígenes, para reunirse con su gente a celebrar o tomar decisiones. Así que el olfato de los guaqueros está en la vía correcta ya que cerca de ahí, donde los indígenas yotocos y su vocación de orfebres, hayan enterrado a sus muertos, quedó enterrado un pasado en oro. De ahí el nombre de ese lugar, también hecho de praderas donde el viento del mediodía puede enfriar lo suficiente como para necesitar atravesarle una chaqueta.

“En la vereda Muñecos, unos campesinos buenos y amables, tienen montada una suerte de escuela de la historia de nuestras raíces ancestrales”.

“El Valle del Dorado era una bola de nieve. No había sol. Tuvieron que pasar siglos para que aumentara la temperatura y empezaran a llegar los pájaros y con el tiempo el hombre… Se formaron cuatro sociedades indígenas, entre ellas Los Yotocos, que fue una población muy amplia. Aquí mismo donde hablamos, es un cementerio…” En la vereda Muñecos, unos campesinos buenos y amables, que se unieron en la Asociación de Pequeños Productores y Comercializadores Orgánicos de Yotoco (Aprocomy), tienen montada una suerte de escuela de la historia de nuestras raíces ancestrales.

Todo gira en torno a un intento de reforestación que empujan desde un vivero cultivado con empeño. Así que si usted llega hasta la finca de los hermanos González Reina, a cuarenta minutos del pueblo, tendrá chance de escuchar ese relato completo en la voz del señor Ramón, y de contemplar varias de las piezas de cerámica que aparecieron enterradas en sus predios; algunas de ellas, como una vasija y los restos de un cráneo, en una tumba que ahora tienen abierta al público.

A esa finca, más que curiosos, suben grupos de estudiantes. Ellos dicen que también para ver el modelo de su vivero y las técnicas limpias de siembra que desarrollaron; y así debe ser, se imagina uno, porque la carne y los huesos de esos hermanos son el mejor espejo de la vida que permite aquella tierra: Ramón, que es el del medio, tiene 82 años. Y sus hermanos Ómar y Noél, 76 y 90. Y a ninguno le duele ni una muela.

Foto: Oswaldo Paez | Fotógrafo de El País

Yotoco

Catherine Mora, estudiante de Bilogía de la Nacional de Bogotá, estaba ahí haciendo una investigación con murciélagos.

Por el parque, a veces, como cuando va a comer empanadas donde Chela, también pasa en su moto Valentín Hidalgo Yantén, un payanés que se quedó viviendo en Yotoco desde que empezó a trabajar en la Reserva Forestal que queda a una hora de ahí. O sea hace 23 años. Él ahora es el administrador del centro ambiental donde la entrada vale cinco mil pesos por persona y, con chance, también se puede acampar a quince mil pesos noche.

Casi nadie conoce la Reserva como él, que recorriéndola completa se ha gastado tres días. Por eso allí, todas las semanas y casi todo el año, llegan universitarios a hacer investigaciones. Esta semana que acaba, nada más, Catherine Mora y dos compañeras suyas, estudiantes de Biología de la Nacional de Bogotá, estaban ahí en medio de una investigación con murciélagos. La reserva es un bosque húmedo pre-montano, que en otras palabras traduce casi selva; adentro hay árboles fantásticos, más grandes que edificios de 12 pisos. Y de los árboles se balancean micos maizeros y martejas. Y por ahí perros de monte, armadillos, 160 especies de aves –dice Valentín-.

Ardillas, guatines y monos aulladores que, cuando sale el sol, alcanzan a verse en la copa de algún Aguacatillo, calentándose la espalda. Y hay un búho de ojos amarillos que polluelo se cayó del nido y mientras lo sanaban fue creciendo con nombre: Manolo.

Al otro lado de esa montaña, dice el buen Denyer, señalando desde el parque hacia los lados del Lago Calima, queda la Reserva. Hasta allá, más o menos, una hora de camino. Alrededor del parque de Yotoco usted encuentra un estanco, la panadería Tolima, los bomberos, servicio de odontología, la taberna Krandall’s, la droguería central, la miscelánea El Surtidor, un asadero de pollos y un restaurante, los billares, el paradero de los moto-taxis -a mil el pasaje-, la iglesia, la institución educativa Alfonso Zawadsky, un punto Vive Digital, la boutique París, el banco y la Alcaldía. Y en todo el centro, una estatua en homenaje al indio Yotoco. Como todavía solo puede ocurrir en un pueblo, la vida, se empieza a advertir desde el parque.

Superficie: 873 km²km²
Ubicacion: Región Occidental de Colombia
Población: 16.263 habitantes
Gentilicio: Yotocense
No te puedes perder: Las empanadas de doña Graciela Buitrago, a dos cuadras del parque.

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