Las mejores empanadas están en Tuluá, le decimos donde encontrarlas

Tuluá, el segundo municipio del Valle, puede contarse a través de muchas cosas: un teatro majestuoso  o un árbol que por las tardes se pone blanco. Pero sobre todo a través de un sabor que no se repite en ningún otro lugar.

- Jorge Enrique Rojas

La injusticia de las cosas únicas

De una u otra forma, o de muchas si se quiere, esto no es más que una injusticia. Porque hay muchas cosas para contar de Tuluá; y a través de ellas contar a ese pueblo que hace rato dejó de ser un pueblo para transformarse, quizás, en la segunda ciudad del Valle del Cauca, con barrios y barrios que la ensanchan hacia todos los costados.
Podría empezarse por el Teatro Sarmiento: construcción de tres pisos que al frente de la galería guarda lugar para mil 200 espectadores y un escenario todavía majestuoso, adornado por un telón de terciopelo francés que está colgado ahí desde el primero de junio de 1927, cuando fue inaugurado con una opera de la Compañía Bracale. Es decir, el teatro tulueño es más antiguo que el Municipal de Cali.
Por allí pasó el charrote bigotón de Antonio Aguilar, que le puso guardas de plástico a un caballo para poderse encaramar montado a la tarima y cantar desde allí sus corridos melancólicos. Durante 46 años allí también se proyectó tanto cine mejicano, que hace tres años y medio el director del teatro, Álvaro Marmolejo Varela, recibió una llamada de parte del presidente de ese país, contándole que un alto funcionario quería venir con unos mariachis para hacer una presentación y rendirles homenaje.

La única condición, recuerda Álvaro, es que por razones de seguridad y protocolo, aquel funcionario debía ser nombrado huésped de honor: “Era solo cosa de firmar un papel, pero todavía estoy esperando a que el Alcalde me responda…” El director podría ser una de las cosas fantásticas que tiene Tuluá; viejo bohemio y obstinado en mantener andando el teatro yendo en contravía de todo y a través de un ejercicio que él explica como un milagro cotidiano absolutamente inexplicable.

Foto: Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas de El País

Tuluá

El Teatro Sarmiento, construcción de tres pisos que al frente de la galería guarda lugar para mil 200 espectadores.

El encanto de Tuluá capturado en 19 fotos

No lo dude más, visite Tuluá y déjese seducir por sus más bellas esquinas. Llegó el momento de conocer a profundidad nuestro departamento, muéstranos tus mejores fotos utilizando la etiqueta #ElValleEstáEnVos.


“Cada nombre habla por sí solo del repentismo tulueño, herencia genética del cruce de caminos de donde provienen muchos de sus primeros pobladores”.

Foto: Foto: Oswaldo Páez

Tuluá

Otra de las maravillas sobrevivientes del pueblo que se extingue, son los siete puentes sobre el río que lleva el mismo nombre del municipio y a su paso lo corta en dos, separando oriente de occidente.

Otra de las maravillas sobrevivientes del pueblo que se extingue, son los siete puentes sobre el río que lleva el mismo nombre del municipio y a su paso lo corta en dos, separando oriente de occidente. Las estructuras realmente no son nada del otro mundo, pero sí la forma en que la gente las fue rebautizando. Cada nombre habla por sí solo del repentismo tulueño, herencia genética del cruce de caminos de donde provienen muchos de sus primeros pobladores; Tuluá se conecta con el Tolima, tiene salida para Bogotá y cerca está el mar, porque con hora y media de camino se llega a Buenaventura.
William Loaiza Amador, periodista de la emisora La Voz de los Robles, echa memoria: casi nadie recuerda que el puente de la Calle 25 se llama de La Concertación, pues por cuenta de una manada de gaticos que hicieron nido abajo, se quedó como el puente de los gatos. Al de la 34, que es el del acueducto, le dicen puente-negro porque lo pintaron de ese color. También hay puente-blanco y puente-amarillo. Y está el puente de las brujas, llamado así desde mediados de los 50, cuando por la Calle 21 funcionaba la zona de tolerancia y la señoras de casa llamaban de esa forma a las putas; el puente que conectaba al pueblo con ellas, en consecuencia, quedó hechizado con ese nombre hasta el sol de hoy.
En el barrio Sajonia, a un ladito del centro, Tuluá tiene el lago Chilicote, donde se puede ir a pasar la tarde comiendo raspado o echando la suerte en un anzuelo a la espera de que pique una tilapia o un bocachico. La belleza del lugar, sin embargo, se ve mejor después de las seis, cuando una bandada de garzas llega sin falta para dormir en un árbol que crece en la mitad del agua y, entonces, todo lo verde de las ramas se va poniendo blanco como las plumas de las aves.
En la salida hacia el corregimiento de Tres Esquinas, está la capilla del Señor del Descendimiento: homenaje de la fe a un crucifijo que en 1898 la señora Alipia Vélez juró haber visto formándose en la base de un pocillo desportillado; con el tiempo, jura la devoción de los creyentes, del trozo de cerámica ha ido surgiendo la imagen de un cristo que desgonzado bajo la cruz recibe el aliento de un ángel. Hoy la imagen se ve patente resguardada en un altar. Y tiene su propia fiesta el segundo domingo de cada mes de agosto. Doña Fanny Jiménez, vecina de la capilla, dice que después de El Señor de los Milagros de Buga y el Santo Eccehomo de Ricaurte, ese es el tercer milagroso que tiene el Valle del Cauca. En consonancia con el repentismo tulueño, el barrio se llama Barrio del Santo Aparecido.

“Son muchas las cosas que hay para contar en un municipio donde hoy viven unas 220 mil personas y es una injusticia que ahora yo solo quiera contar la historia de unas empanadas”.

Tuluá tiene una zona montañosa de tierras generosas y el Jardín Botánico, que es centro de estudio para todo el departamento. Un equipo de fútbol al que todavía no se le ha olvidado jugar al fútbol y a donde quiera que va, lleva un corazón rojo pintado en el escudo de su camiseta. Un parque con una biblioteca en el medio, el parque Bolívar, y otro parque, el parque central, o la Plaza Boyacá, donde los viejos van a jugar ajedrez y una muchacha de ojos verdes muy bonitos vende globos de colores.

Son muchas las cosas que hay para contar en un municipio donde hoy viven unas 220 mil personas y es una injusticia que ahora yo solo quiera contar la historia de unas empanadas. Pero hay una razón que espero lo justifique: todo lo demás, el lago, las garzas, el árbol en la mitad del agua, los puentes de colores, la chispa de los bautizos, el santo que apareció en una taza, la biblioteca brotando en un parque y hasta la conversación con el ‘fantasma’ del teatro, con algo de fortuna podrán llegar a verse por ahí, en formas similares a través de otros caminos; seguramente no concentradas en el mismo sitio, pero sí por ahí, en algún lugar.

Y eso es justamente lo que no sucede con esas empanadas: duran una semana preparándolas para sacarlas a la venta únicamente sábados y domingos, entre las diez de la mañana y las seis de la tarde. En la casa donde las venden no hay letreros ni avisos luminosos pero todo el mundo las conoce. Así ha sido desde hace más de un siglo y, que se sepa, esa delicia de milagro solo ocurre en Tuluá.

La historia empezó con las manos de Elicia Lozano Maldonado, mulata hermosa hija de un español. Por esa suerte y el repentismo del pueblo, la rebautizaron Chapeta (derivación de chapetón, como le decían a los españoles recién llegados) y así la siguieron llamando hasta que murió de vieja. El remoquete lo heredó toda su descendencia, que también aprendió a cocinar como solo ella podía: con gracia divina.

Foto: Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas de El País

Tuluá

Gladys hoy tiene 78 años, lo aprendió todo viendo y ayudándole desde que sus manos apenas alcanzaban para ventiar el fogón.

No es poesía. Es toda la verdad. Elicia levantó su casa a punta de empanadas y haciendo sancochos y rellenas y asando ovejos, que le encargaban en las fincas de los ricos. Su nieta Gladys, que hoy tiene 78 años, lo aprendió todo viendo y ayudándole desde que sus manos apenas alcanzaban para ventiar el fogón.

En la misma casa de la Chapeta grande, la del 37-41 de la Carrera 26 en el barrio Salesiano, la mujer, que también es una mulata hermosa, cuenta que la única rareza que acaso hay en su cocina son los clavos de olor. De resto todo lo adoba como le enseñó la abuela: ajo, cebolla, perejil, sal y pimienta. Es todo. Lo cuenta sin secretos, que es como se condimentan las verdaderas cosas de la vida. Así prepara el bistec, la costilla, la chuleta de cerdo, la carne ahumada y los chorizos que muy de vez en cuando, y casi por encomienda, saca a vender.

Hace días, cuenta destornillada de risa y pena, un jugador del Cortuluá le tocó la puerta tarde en la noche, antojado de un bocado. Pero esas viandas también son exclusivas del fin de semana. Y no por presumida. Si no porque ella aprendió cocinar solo con amor. Ese es su otro secreto. Y el amor, al igual que la buena cocina, se hacen a fuego a lento.

Las empanadas las prepara su prima Esperanza, otra de las pocas Chapetas que no se han llevado los años. El lunes pone a curar el maíz. El jueves lo muele, el viernes lo cocina por la mañana y dedicada toda la tarde para amasar. El sábado bien temprano empieza a armar luego de que en la madrugada les lleven la carne de la galería: cortes de res y de cerdo, picados a mano, y en vez de papa, el guiso va con arracacha. El color lo pone el pimentón y los inigualables destellos del azafrán Rey.

De esas empanadas ha comido todo el pueblo, y todos los políticos de esta región, que son tan de buen apetito. Han comido candidatos a presidentes, la nómina completa del América en tiempos del Doctor Ochoa, y los fines de semana, cuenta el periodista Javier Jaramillo, la casa donde cocinan y viven esas mujeres no tiene arrimadero. Para que se haga una idea de lo que significan en ese pueblo, hay un puente en Tuluá que el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, cuando fue alcalde, bautizó como el puente de Las Chapetas.

La injusticia de la vida, sin embargo, poco a poco y bocado a bocado va poniendo fin a la tradición: después de Gladys y Esperanza, y de la señora Idalia que muy enferma vive en Cali, ya no quedan más Chapetas. Así que un día los milagros dejarán de ser fritos y al fin podrán explicarse en unas cuantas palabras. Llego al punto final imaginando el día. Será el fin del mundo. Zumbarán las moscas de tedio. Nadie volverá a comer empanadas.

Superficie: 910.55 km²km²
Ubicacion: En la región occidental de Colombia
Población: 214.081 habitantes
Gentilicio: Tulueño
No te puedes perder: Una empanada de las 'Chapetas'. Cuando llegue a Tuluá, pregunte por ellas, todo mundo las conoce, y lo más importante, las recomienda.

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