Estas son las razones para visitar la ‘ciudad centinela’ del Valle

A Caicedonia le dicen ‘el mejor vividero del mundo’ y aunque suene  exagerado, para muchos de sus habitantes es apenas lógico. Listado de motivos para viajar dos horas y  media, a uno de los extremos más al  oriente del departamento.

- Jorge Enrique Rojas

Las razones de un apellido pomposo

A Caicedonia le dicen ‘la centinela del Valle’ porque queda bien al extremo oriente del mapa, por encima de Sevilla, y desde sus montañas se puede divisar gran parte del departamento. Pero también le dicen ‘el mejor vividero del mundo’ por razones que igualmente saltan a la vista: ningún pueblo tiene las calles más amplias que ese. Y como pocos, ese tiene la suerte de que por sus calles no haya motorratones.

Todo queda cerca, dice Carlos Arrubla, un muchacho de 33 años que trabaja en la Alcaldía y se declara enamorado de vivir ahí: “Usted pregunta por una dirección y no le responden sino que lo llevan. A la gente que viene de visita le encanta la arquitectura. Y en las fiestas patronales se hace el festival de rock Taiquenaju, que ahora en su tercera versión convocó a diez mil personas…” Las calles del pueblo son tan amplias, que allí también hacen un concurso nacional del bolero, este año planeado para sonar entre el 4 y 6 de noviembre.

Carlos dice que lo otro que está lindo es que es que todo es muy barato. Por un apartamento de tres cuartos, dos baños y patio, él paga 400 mil pesos de alquiler. Y una carrera de taxi hasta la esquina más alejada del casco urbano, vale siempre lo mismo: tres mil pesos. En la vereda Bosque Bajo, José Vicente Delgadillo, el administrador de la finca La Tribuna, cuenta que por esos lados la tierra se da tan buena que él no conoce de algo que haya echado a sembrar y no haya reventado maduro. Caicedonia históricamente ha sido cafetera pero a sus alrededores cosechan plátanos y cítricos. En La Tribuna, José Vicente ha sembrado aguacate, banano, caña, maíz y unos zapallos que por estos días brotan inmensos en los bajos de la finca. Inmensos: si alguien quisiera llevar un par y transportarlos enteros en un avión, no los podría acomodar en el portaequipajes. Primero el avión llegaría a la China. Así que mientras en otras partes del mundo la comida está por las nubes, allí, como hay tanta y se da tan buena, se mantiene barata.

Caicedonia tienen su plato típico, el Pollo a la Carreta, que es una invención con cuarenta años de historia que se cocinó en un afán para atender la visita de un Gobernador del Valle y su comitiva. Entonces le encargaron el almuerzo a una señora que lo preparó lo más de rico: cocinó pollo que luego puso al carbón; en el caldo del pollo hirvió arroz, papas y yucas. Y el arroz, cuando estuvo listo, lo alegró revolviéndolo con hogao junto a las vísceras bien picadas. Su idea era acompañarlo con las presas asadas, pero resulta que a la señora se le olvidó llevar en qué servir las viandas y toda la comida terminó dispuesta en una carreta para transportar material de construcción que alguien encontró por ahí. La forraron con hojas de plátano, la pusieron en el centro y en esas mismas hojas le entregaron las porciones a cada comensal. Y todo el mundo feliz, chupándose los dedos.

Foto: Jorge Enrique Rojas

Caicedonia

Pollo a la carreta

En imágenes: enamórese de Caicedonia 'el mejor vividero del mundo'

Caicedonia le dicen Ciudad Centinela y para sus habitantes puede considerarse el mejor vividero del mundo. Descúbralo.


Todo queda cerca, dice Carlos Arrubla, un muchacho de 33 años que trabaja en la Alcaldía y se declara enamorado de vivir ahí: “Usted pregunta por una dirección y no le responden sino que lo llevan. A la gente que viene de visita le encanta la arquitectura. Y en las fiestas patronales se hace el festival de rock Taiquenaju, que ahora en su tercera versión convocó a diez mil personas…”

Foto: Ricardo Ortegón / Especial para El País

Caicedonia

Billares Burila

Lo que también es lindo es que a diferencia de algunos otros platos típicos cuya elaboración es un proceso que a veces solo termina hasta el fin de semana o los domingos, cuando al fin los sacan a la venta, Pollo a la Carreta se consigue de lunes a lunes. Como en el restaurante Criollos Tropical, a un costado del parque. Martha Liliana Jiménez, la dueña, cuenta que hace cinco meses, cuando abrió, el anterior propietario del local le hizo caer en cuenta que en el municipio no había un lugar donde ese plato se pudiera conseguir entre semana, así que sin pensarlo mucho ella lo incorporó a la carta y en la carta se convirtió en el plato estrella. Apenas vale nueve mil pesos. El lunes, de ñapa, jugo de fresa con gotas de limón.

Caicedonia también tiene los Billares Burila, con más de medio siglo en la esquina de la Carrera Quince con Calle Novena. Ismael Barrios, que se confiesa cliente de hace un par de décadas, dice que cuando ir a misa era el acontecimiento dominical, la gente, luego de rezar, siempre iba a tomar tinto y el local se llenaba todo: la docena de mesas, la barra, al fondo donde juegan los billaristas. Y aunque ya no es lo mismo, aunque ya no vaya tanta gente misa, dice él, el billar se sigue llenando. El tinto sigue siendo bueno. Uno de los mejores del pueblo, cree Ismael, endulzando la promoción con el precio de la tasita: 700 pesos.

Como en casi todos los billares del norte de la región, en Los Burila la tristeza se parte en estrofas de tangos y milongas que con algunos versos bellísimos cofunden al dolor. Por los parlantes pueden escucharse boleros escurriéndose lentamente. Y el atropello de la música de carrilera y puñal. Lo que no quiere decir que ese sea un billar triste: con el techo muy alto, por las puertas del local entra toda la luz del día que viene bajando de las montañas y atravesando el parque, que está a una calle.

Se ve pasar la gente que habla muy apaisado, en consonancia con la colonización antioqueña y caldense que cargan en el árbol genealógico. Al fondo, por la puerta principal, se ve una montaña, sembrados, el cielo. No un edificio. No el aviso luminoso de una hamburguesería que no duerme nunca. Una montaña, sembrados y el cielo.
Caicedonia, en su área urbana, tiene cerca de 24.000 habitantes y la suerte de una panadería donde preparan unos panzerotti que ya quisieran las panaderías de la ciudad. Los panzerotti son aquellas empanadas de harina y origen italiano, que llevan el corazón relleno de dulce o carnes. Y en este caso, más importante que el camino que cruzó esa receta, desde Europa hasta allí, es la forma en que allí la hacen, con la masa muy suave y la corteza bronceada en su justa medida por las burbujas del aceite. Por 1.800 pesos, el panzerotti de jamón y queso es un espectáculo absurdo, delicioso y fugaz, así como son varias las cosas más ricas de la vida. La panadería se llama Las Delicias del Pan y queda detrás de la plaza de mercado.

En las afueras, a cuatro kilómetros de destapada, Caicedonia tiene el Santuario María Madre de Dios, que es un una obra construida en homenaje a la Virgen según revelaciones y sueños de Islemid Selene Tamayo, una “vidente” risaraldense “de vida apostólica y al servicio de los demás” que vive en el pueblo y es la fundadora de la Congregación de Jesús: “Asociación privada de fieles” que se dedica al trabajo misionero y a predicar la palabra de Dios bajo los cánones del catolicismo. En el Santuario, cuenta la hermana Luisa, los segundos fines de semana de cada mes hay jornadas y misas de sanación y liberación, “muy buenas para que las personas se despojen de los sentimientos que no les permiten la comunicación espiritual…” A esas jornadas, calcula, llegan en promedio unas 800 personas en carros y en buses. Y a veces unas mil. A veces, sugiere ella, todo eso resulta otro milagro porque la carretera tiene tramos muy maos. Pero Dios es misericordioso.

En las afueras, a cuatro kilómetros de destapada y media hora en carro, Caicedonia tiene el Santuario María Madre de Dios, que es un una obra construida en homenaje a la virgen según revelaciones y sueños de Islemid Selene Tamayo Sánchez, una “vidente” risaraldense “de vida apostólica y al servicio de los laicos” que vive en el pueblo y es la fundadora de la Congregación de Jesús: “Asociación privada de fieles” que se dedica al trabajo misionero y a predicar la palabra de Dios bajo los cánones del catolicismo.

Detrás del templo, con una fuente de agua que le da la vuelta al altar bajando por un canal abierto en el piso e iluminado hasta la entrada, en un jardín de pastos bien cuidados hay una reproducción de siete metros y 38 centímetros de la Cruz Dozule. La hermana María Juana de Jesús dice que toda persona que llegue ahí por primera vez, y abrace el crucifijo, tendrá la gracia de tres deseos que Dios le concederá. “Cuando se hace con fervor, esa petición es como una campanita sonando en el cielo…” Carlos Arturo Arias, que tiene 61 años y ha ido en tres ocasiones al santuario, dice que lo que ha sentido ahí no lo puede explicar bien: “Es ver mucha gente y toda su fé. Mucha gente orando de una forma que a uno le llena el espíritu. Allá se pueden vivir momentos espirituales que quizás jamás se habían visto en la vida…”

La fe. Caicedonia, por todos lados tiene gente de mucha fe. Ahí está Edwin Damián Morales, que desde los 6 años es sacristán de la iglesia Nuestra Señora del Carmen, la iglesia del parque donde está la patrona del pueblo. La iglesia de donde antes, los domingos, los feligreses salían a buscar tinto a los Billares Burila. Ahí en esa iglesia permanece Edwin Damián, con una cara de bueno que se le cae y esos ojos mansos incapaces de diabluras. Grandote pero de pasos corticos. Ya tiene que afeitarse: cumplió 28 años en esas. Y por eso la gente, de puro cariño y premio a la vocación, le dice Cardenal. Y el Cardenal le da su bendición al pueblo: “es el mejor vividero del mundo…”

Foto: Ricardo Ortegón / Especial para El País

Caicedonia

La hermana María Juana de Jesús dice que toda persona que llegue ahí por primera vez, y abrace el crucifijo, tendrá la gracia de tres deseos que Dios le concederá. “Cuando se hace con fervor, esa petición es como una campanita en el cielo…”

Es tan buen vividero que ahí se quedó para siempre Santiago El Papi Gómez, un veterano pero intacto periodista radial que ha sido un errante por cosas de la vida, el trabajo, el amor, y las mujeres. Sobreviviente a ocho relaciones en pareja pero un solo matrimonio, “porque uno solo se casa una vez…”, El Papi fue bautizado así por el director de una emisora barranquillera a la que llegó a trabajar en sus años mozos, causando, según dice, revolución con su acento vallecaucano al aire. Las muchachas llamaban tanto a la emisora preguntando por el valluno, que un día el director le dijo: “¡Ajá!, tu eres El Papi de por aquí…” Y así se quedó. El Papi también ha vivido en Pereira y en Cali, de donde le quedó la maña de andar cazando con la vista los aguaceros que se asoman al oriente. A los que salen por esa orilla, dice El Papi, hay que tenerles miedo.

Pero El Papi en realidad no se azara por nada. Menos por el clima. Piropeador profesional sin interés de llegar a la jubilación, el hombre vive relajado: tiene programa los sábados, así que entre semana, cuando le da el antojo, coge bus para Zarzal y se va a visitar a su mamá. Cuando le quiere mandar un zapallo inmenso, paga dos mil en un bus. De ese zapallo comerán su mamá y sus hermanas. Y cuando quiere se regresa Caicedonia: a una cuadra de la iglesia tiene alquilado un cuarto en Residencias Paty, donde vive muy cómodo, con derecho a televisor y buena cobija. Todo muy bonito, dice El Papi. ¿La mensualidad? 130.000 pesos. Lo otro bonito que tiene el pueblo, dice El Papi, son las mujeres, que ahí ¡sí que son bonitas! A su paso, por donde quiera que vaya, él saluda a todas las que se encuentre. Y muchas les devuelven el saludo. Algunos con un pico. El Papi, a los 58 y sin una sola cana, sonríe atravesando su mejor vividero del mundo.

Superficie: 169.62km²
Ubicacion: Oriente del departamento del Valle del Cauca
Población: 29.824 habitantes
Gentilicio: Caicedonita - Caicedonense
No te puedes perder: Visita al Santuario María Madre de Dios, que es un una obra construida en homenaje a la virgen según revelaciones y sueños de Islemid Selene Tamayo Sánchez.

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