Esta es la ruta para descubrir lo mejor de Palmira

Visto desde muy arriba, el estigma violento de Palmira, acaso es una palabra que no alcanza a divisarse.

- Jorge Enrique Rojas

La cuna de los vientos

 

Y entonces, de pronto, todo va quedando atrás y muy lejos: los conteos de la violencia mundial que han puesto a esa ciudad en lugares vergonzosos, las manchas de sangre en varios de sus barrios y las bandas criminales que hace tiempo llegaron para invadirlos con sus nombres de película y funciones del terror. Todo. Todo se va desvaneciendo: el odio, la ambición y la muerte.
De un momento a otro, Palmira es un lugar muy distinto a como la pintan los números que desdibujan todo lo demás que también la compone: cordillera. Campo. Silencio. Montañas y montañas que detrás de la ruidamenta que angosta sus calles, van alargando el panorama, engordándolo de verdes de todos los verdes que se elevan hasta puntas solo alcanzadas por los dedos del sol. Allí no más, a quince o veinte minutos de todo lo otro y agarrando la vía hacia Pradera, alcanzan a divisarse cimas vírgenes donde las perversiones del hombre no llegaron a subir.
En las faldas de esas montañas, en sus corregimientos y veredas, hay casas campestres que poco a poco y en los últimos años se han ido reproduciendo como una suerte de nueva cosecha. En la subida hacia La Buitrera, por ejemplo, está el condominio La Acuarela, donde la vida de sus habitantes parece transcurrir tan apacible como las aguas quietas del lago que hay a la entrada; las casas, todas de techos colorados, se dispersan sobre un terreno ondulado que antes que una parcelación más se parece a un pesebre.
A 300 metros de ese lugar, en un restaurante sin paredes ni muros, y hamacas que del techo cuelgan entre las mesas, a cualquier hora y por cuatro mil pesos se consiguen tostadas de plátano con buen hogao’, caballos sonrientes para cabalgatas sin afanes y, por las tardes, suficientes lambetazos de la brisa como para que queden peinados hasta los malos pensamientos. También hay cerveza fría, gaseosa y jugos hechos con frutas de verdad y no con aquellas que juran ciertas, congeladas y prensadas en chuspitas.
Esas montañas, las montañas de Palmira, son una despensa insospechada. Mucho más arriba está la ruta de la mora y de la fresa: una zona tan bella, cuentan quienes han subido en días recientes, que el solo remoquete destinado para darle coordenadas a la imaginación es más bonito que cualquier dibujo de las palabras: culpa de las nubes que se posan bajitas y la salpicadura del rojo frutal entre los pastos, a todo eso le andan diciendo “la Suiza de América”.

Plan Cuidad lo invita a:  Un paseo Balsaje por el río ‘La vieja’

Foto: Jorge Orozco | Fotógrafo de El País

Palmira

A 300 metros de ese lugar, en un restaurante sin paredes ni muros y hamacas que del techo cuelgan entre las mesas, a cualquier hora y por cuatro mil pesos se consiguen tostadas de plátano con buen hogao.

Un recorrido por Palmira y su bella zona montañosa

Palmira, la ciudad de las palmas, nos ofrece su mejor rostro para esta galería. Descubra la belleza de esta ciudad en un recorrido por sus calles y su zona montañosa.


“Pero la mejor forma de comprender esa altura y ese clima llegará  bien temprano y cuando el sol comience a desperezar sus dedos: en un día despejado podrán verse Corinto –en el Cauca-, Florida, Pradera, Palmira, Cali –con su torre más alta-, el Alto Dapa –que viene siendo Yumbo-, Cerrito y la Laguna de Sonso”.

Foto: Jorge Orozco | Fotógrafo de El País

Palmira

Se puede recorrer un bosque con más de 150 especies de avifauna, nacimientos de agua, un jardín botánico, una colección de heliconias, una plantación de Comino Crespo y un mariposario con mariposas imposibles de explicar.

Antes, mucho antes, hacia otro lado del camino y todavía en jurisdicción de La Buitrera, en la vereda El Gualanday hay un mirador que se llama así. Está al final de una carreterita destapada que en espiral se aprieta a una de las tantas lomas. Miguel Pulido, que es su administrador, le explicará al visitante que desde allí, el mar queda 1.800 metros abajo y que por eso, en las noches, hace un frío como para dormir en cucharita y con cobija de lana.
Pero la mejor forma de comprender esa altura y ese clima llegará  bien temprano y cuando el sol comience a desperezar los dedos: en un día despejado podrán verse Corinto –en el Cauca-, Florida, Pradera, Palmira, Cali –con su torre más alta-, el Alto Dapa –que viene siendo Yumbo-, Cerrito y la Laguna de Sonso. En el mirador alquilan cabañas baratas, hay zona de camping, mesa de pingpong, juego de sapo, una pileta rebosada por agua de manantial, tres caballos montados de nombres -Bienvenido, Juan Diego y Pretencioso-, y dos perros mejor bautizados: ‘Rey’, un besador incontinente que bajo un pelaje dorado es el monarca del lugar, y ‘Risas’, un criollo blanco al que por esas bromas de la biología los dientes inferiores le quedaron por fuera del hocico, regalándole una feliz mueca perpetua.
Pero quizás el mejor espectáculo de todos, es que estando allí y con la suerte al lado, también podrá verse ‘el sol de los venados’, que es una puesta en la que todo quedará alumbrado de amarillo, aunque el sol, coqueto al horizonte, asome los cachetes sonrojados de cualquier color.
A cinco minutos en carro, la Reserva Natural Nirvana: un centro de educación ambiental y turismo ecológico. A principios del siglo pasado fue una hacienda cafetera y así funcionó hasta 1986, cuando después de la crisis del grano que golpeó a todo el país, sus propietarios comenzaron un proceso de reforestación que diez años más tarde se consolidaría como una iniciativa de conservación de la flora y fauna de la quebrada Vilela, en cuya microcuenca se localizan sus predios.
Ahora, entonces, allí hay ocho mil metros de senderos a través de los cuales se puede recorrer un bosque con más de 150 especies de avifauna, nacimientos de agua, un jardín botánico, una colección de heliconias, una plantación de Comino Crespo -el árbol milenario que en vía de extinción también es llamado ‘el oro de la selva’-, y un mariposario con mariposas imposibles de explicar.
Lo que sí se puede decir es que en ese sitio hay tanto silencio, que  viéndolas revolotear entre las flores y  pomarrosas que alimentan su fragilidad, existen momentos en que sin ningún esfuerzo alcanza a escucharse la forma en que baten las alas.

“En La Buitrera, frente al restaurante de las hamacas y los caballos sonrientes, dos primos que se quieren como hermanos –Néstor Giovanny Valencia y Cristian Eduardo Barrios- llevan más de ocho años al frente del ‘Club Vuelo Libre Los Buitres´”.

Si usted va un día y en el recorrido lo vence el hambre, déjese aconsejar por Fabián Ceballos, el  muchacho que ayuda con los oficios de la Reserva Natural y que con mucho tino le recomendará los dos mejores platos que allí venden, frutos de su propio cultivo: trucha al carbón o gratinada.
Al otro lado de Nirvana y escondida en una gruta retirada a cuarenta minutos de allí, está la casaca  Los Chorros, un brazo de agua blanca  que se descuelga de otra montaña para caer treinta metros abajo y desembocar en el río Amaime. Se llega por la vía a Tablones y para entrar, hay que entrar caminando por el río. Con el tiempo la gente ha ido arreglando puentes de madera que facilitan el paso, pero llegará el punto en que resultará inevitable mojarse los pies. Al comienzo del recorrido, cuando se ven y se sienten más piedras que otra cosa, todo parece una débil promesa; pero en la búsqueda de un elemento vital como el agua, ya sea en forma de charco o cascada, la mejor brújula no son las primeras certezas palpables sino la esperanza que en esa ruta pueda olfatear la fe.
Entre el trágico romanticismo que reviste la extinción de los elementos vitales en este universo que se despedaza, finalmente hoy, buscar agua se puede comparar a la búsqueda del amor: entre tantos tropiezos y rocas, por ahí todavía deben quedar sorpresas. Y eso es la cascada, una sorpresa divina al final. El chorro es tan potente como para llevarse de la cabeza los malos pensamientos con los que en el camino no haya podido el viento.

Foto: Jorge Orozco | Fotógrafo de El País

Palmira

Escondida en una gruta retirada, la casaca de Los Chorros es un brazo de agua blanca que se descuelga de otra montaña para caer treinta metros abajo y desembocar en el río Amaime.

De un momento a otro casi alcanzo a ver todo aquello desde arriba. Muy arriba. Las montañas de Palmira no solo alojan toda esta vida, sino que alojan el viento. Son la cuna del viento. Porque el que viene de Occidente y del Pacífico se encajona allí, entre los bordes de la cordillera central, para arrullar entre esos brazos hechos de montañas las corrientes térmicas que no se repiten en ninguna otra parte del Valle. Así que esa  también ha sido la cuna de hombres buenos y libres como pájaros. Esa también ha sido la cuna del parapente en este lado de la región.
En La Buitrera, frente al restaurante de las hamacas y los caballos sonrientes, dos primos que se quieren como hermanos –Néstor Giovanny Valencia y Cristian Eduardo Barrios- llevan más de ocho años al frente del Club Vuelo Libre Los Buitres, a través del cual, en un salto y con su ayuda, cualquiera puede ver la Palmira que no se advierte de otra forma. Lejos de la sofisticación de un deporte extremo, los muchachos, que no llegan a los 30 años, lo explican y lo hacen todo sencillo y natural, como sin en efecto fueran pájaros. Quizás porque ambos nacieron en La Buitrera.
Los dos empezaron a los 8-9 años, cuentan, ayudando a doblar las cometas de los primeros arriesgados que por entonces saltaban desde los altos de la vereda El Arenillo. “Nosotros somos campesinos. Los papás de nosotros trabajaron estas tierras. Pero de vernos el empeño de estar metidos entre las cometas nos fueron dejando seguir y seguir, y así, poco a poco, de tanto ayudar a doblar, los que sabían nos fueron enseñando.
El pionero fue Daniel Fernández, que saltó mucho tiempo en Roldanillo y de allá se vino para acá. Luego de aprender nos profesionalizamos y luego, con mucho tiempo y sacrificio, el sueño de ser parapentistas se fue dando”, cuenta Néstor. Su primo Cristian es experto en vuelos de distancias largas y una vez, para no ir tan lejos, llegó hasta Buga. De La Buitrera también es Edward Parra Londoño, campeón nacional en acrobacia.
A Néstor y Cristian no solo los buscan curiosos por el viento. También enamorados que se lanzan a proponer matrimonio desde las alturas, como si no fuera suficiente un solo salto al vacío. Néstor y Cristian han volado en todas partes de Colombia. Los vientos de Medellín y del Cañón del Chicamocha, son casi su otro patio de recreo. Pero nada como este, desde donde yo hago mi primer vuelo confiándole la vida a ese par de buenos desconocidos. Parado en una cometa tándem junto a Cristian, de un momento a otro todo va quedando atrás: el miedo, las prevenciones, los conteos de la violencia que muestran en periódicos y revistas la peor versión de Palmira. El único conteo que se oye es el  de la vida, en la voz del muchacho: uno, dos, tres, ¡corré!…
Uno, dos, tres y entonces, de pronto, todo lo demás  muy lejos. Todo. Arriba, muy arriba, me cuenta por qué ese lugar se llama La Buitrera: abajo, entre las casas campestres, entre las montañas, cerca de Nirvana,  en el camino a la cascada escondida, hubo plantaciones de guaduas que antes eran el nido favorito de esas aves célebres por merodear entre la muerte. Buitres. Gallinazos. Chulos.  Mientras volamos los vemos dando vueltas. Silencio.  Allá arriba son  vida. Bichos hermosos.  Como la otra verdad de esa ciudad: todo depende desde donde se vea.

Superficie: 1.123 km²km²
Ubicacion: Región Occidental de Colombia
Población: 306.727 habitantes
Gentilicio: Palmirano
No te puedes perder: ‘Club Vuelo Libre Los Buitres´, en el corregimiento de La Buitrera.

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