En El Darién está el lago más querido por los vallecaucanos, conózcalo

De camino hacia el mar real, en el centro del  Valle  hay un pueblo junto a un océano diminuto: se llama Calima-El Darién y desde 1966 es célebre por dicho espejo de agua .

- Jorge Enrique Rojas

Un pequeño mar

Mariano Lorenzetti, un argentino que siendo instructor de la International Kiteboarding Organization, usa el viento como lugar de trabajo, hace dos semanas se quedaba contemplando el cielo del lago Calima y decía que para ese deporte resulta fantástico: después de Tarifa (España) y Australia, ningún lugar con tanta frecuencia de vientos. Y menos sobre un espejo de agua dulce. Haciendo Kiteboarding, es decir, colgándose del cielo con una cometa para bailar sus corrientes sobre el agua, Lorenzetti ha estado por todos lados del mundo y por eso también decía que quien lo practique en Calima podría vivir algo similar a lo que experimentaría en Tailandia o Hawái. Fantástico: apenas a hora y media de Cali.
Al lago, Lorenzetti había llegado para dictar el primer curso internacional de instructores de Kiteboarding que se ha hecho en Colombia, contó cerca de una orilla y de sus alumnos, entre ellos varios muy convencidos de que la vida no está bajo los techos y la luz neón de las oficinas. Como Estefanía Molano y Jaider Guzmán, dos muchachos que nacieron en la cabecera del municipio, en El Darién, donde se enamoraron, se hicieron esposos y desde donde salen a hacer empresa impulsando esa actividad que, Estefanía jura, le cambia la vida a la gente.
De hecho cuenta de un cliente suyo, un español que había salido a recorrer Suramérica y se quedó viviendo en Calima después de
haber podido danzar sobre el lago colgando de sus vientos. Que en Calima se puede hacer todos los días ya que al no existir temporadas, como en otras puntas del planeta, la máquina de soplar no se detiene jamás. Jamás. Ni sufre de averías. Para completar la explicación de ese sitio, junto a un mensaje telefónico Estefanía manda la foto de un atardecer de nubes grumosas que sobre las montañas se visten de arrebol: “Imagínate qué puede hacer esto en tu vida. Muchas personas optan por vivir aquí porque esto es una medicina, una cura para el alma, esto es todo lo contrario a una ciudad…”.
A Estefanía todo el mundo le dice Nía, y al verla y escucharla, la simplificación de su nombre suena como una coincidencia natural con el camino que ella y su esposo eligieron: llevar la vida sin tantos pesos innecesarios, ligera, simple. Trabajar para vivir y no vivir para trabajar. Y en esa búsqueda conocieron el Kiteboarding a través de la Calima Kitesurf School que hace diez años había montado Robert Bedoya, otro muchacho nacido en El Darién pero ahora lejos, llevando vida de instructor en Turks and
Caicos, una islita del paraíso que sobre el Atlántico encalló en el vecindario de República Dominicana y Haití.
Cinco años atrás, cuando el hombre emprendió camino, Nía y Jaider, que ya eran socios de la escuela, se hicieron cargo. Ambos ahora también instructores certificados luego de que este jueves terminaran el curso internacional que les dejó todavía más destrezas para enseñar a bailar las corrientes del aire. Que al final es eso el Kiteboarding, y como suele ocurrir con casi cualquier baile, este igualmente sirve de remedio para males incurables por pepitas, jeringas y consultorios. “Aquí te liberas de cargas laborales, de todas las cosas que ensucian el alma. Cuando las personas salen de practicar la primera vez no te imaginas cómo se les ven las caras…”, recuerda Nía. Su voz parece provenir de una sonrisa.
De las bondades del lago lleva tiempo hablando un médico, el internista caleño Marco Martínez, que conoció Calima cuando era niño y a donde regresó con mucha frecuencia e intensidad desde el 2011, más o menos, entre otras cosas porque allí encontró tratamiento para uno de aquellos dolores imposibles para la ciencia. Primero sobre kayaks y últimamente haciendo Paddleboard, es decir remando de pie sobre una gran tabla de surf, el médico cuenta que se ha recorrido el lago palmo a palmo, reconociendo los senderos del viento que allí baja proveniente del cañón del Río Bravo envuelto en un sobrenombre hechicero: ‘el brujo’.  Ha navegado por las las noches, en las mañanas muy temprano, tardes enteras, siempre solo y contemplativo hasta que un buen día dejó de doler. Y de remar en soledad pasó a hacerlo en grupo y luego a formar escuela con su Club Manglares: “Entrar a un espejo de agua es recargarse de la energía del universo…”, dice el médico con la seriedad del internista en consulta. Pero toda la vida más alegre.

Foto: Ricardo Ortegón / Reportero gráfico de El País

El Darién

El argentino Mariano Lorenzetti

En imágenes: Calima, El Darién, el municipio del Valle que enamora a los turistas con sus paisajes, conózcalo

El lago Calima, al norte del Valle, es conocido para practicar deportes extremos o simplemente pasar un buen rato en familia, conózcalo.


Para completar la explicación de ese sitio, junto a un mensaje telefónico Estefanía manda la foto de un atardecer de nubes grumosas que sobre las montañas se visten de arrebol: “Imagínate qué puede hacer esto en tu vida. Muchas personas optan por vivir aquí porque esto es una medicina, una cura para el alma, esto es todo lo contrario a una ciudad…”.

Foto: Ricardo Ortegón / Reportero gráfico de El País

El Darién

Pizzeria Don Carlos

Yendo de aquí para allá, entonces, sobre las tablas que también fabrica con chicos de la zona y de Juanchaco, ha bordeado el muelle de Comfandi, que tiene veleros pequeños para instrucción. Ha pasado bien arriba, por Velas y Vientos, y por los clubes de Jean Paul y de ‘Pescado’, donde las condiciones están dadas para tomar clases de Kitesurf; por el club náutico donde está Rodrigo y Joaquín, y más abajo por el Calima Kite, que es de los muchachos de Darién. A punta de remo el médico ha pasado por el sitio que está haciendo ‘Caballo’, que es un personaje en el lago, dice, hablando de los paseos que organiza en lancha. Y ha pasado por los muelles cuatro y cinco, donde se ve otro tipo de turismo. Más recreativo, digamos.
El médico en todo caso prefiere estar más del lado contemplativo: “Mucha gente va al lago solo a tomarse unas fotos o a montarse en un jet-sky, ¡cuando hay unos lugares mágicos! Cascadas, pájaros, gavilanes, pescados… Hay sitios donde uno puede caretiar y ver el verdor y el azul de las aguas profundas; hay rocas, está El Valle del Eco, la Piedra del Muerto, la Cueva del Lobo, está la desembocadura del río Jiguales al Dagua, la chorrera del Río Bravo. De verdad hay sitios muy-muy mágicos…” El médico habla de tanta vida alrededor que por momentos parece hablar del mar. Al menos de uno pequeño.
 Y poéticamente lo es: con 68,8 kilómetros cuadrados de superficie, Calima ha sido medido como uno de los embalses más grandes del continente. Construido entre 1961 y 1966, desde cuando comenzó a funcionar como parte del proyecto hidroeléctrico que la CVC hizo para proveer de energía al Valle, rápidamente la represa se convirtió en un atractivo turístico de todo del departamento y en un polo de asentamiento poblacional que ha vuelto a reactivarse en forma de parcelaciones campestres que hoy día se levantan por todo el borde de la carretera que le da vuelta.
La mayoría de las publicidades que ofertan una nueva vida allí, o al menos una casa para vacacionar, utilizan imágenes donde el lago se ve al fondo, casi siempre del otro lado de un ventanal sin cortinas, como puerto de desembarque de cualquier fatiga. Pequeño mar. Ahí está Carlos Julio Romero, un bugueño de 58 años que pasó media existencia trabajando en grandes cruceros y llegó a ser capo barista de una embarcación italiana (casi un oficial, pero a cargo del bar principal de la cubierta). Ahora cada mañana, cuando se toma el primer café del día en un balcón desde donde puede sentarse a ver el embalse, sus días se llenan de una calma que paradójicamente se ha convertido en el combustible de su cotidianidad. 
La cosa es así: en el 2008, cuando decidió regresar a Colombia para descansar, compró una casa de dos plantas en la salida del lago hacia el pueblo y allí instalado se sintió con tanta vida por delante que terminó montando una pizzería. La pizzería se llama Don Carlos y en ella, además de ser el chef, también es decorador de interiores y ebanista: las 63 sillas y las 12 mesas de madera que tiene el lugar, las hizo él mismo. Nunca antes había hecho un mueble, confiesa vestido de bluyín, tenis, y una sonrisa que le combina con la camisa de mangas cortas que lleva por fuera. Todo lo fabricó durante los primeros seis meses del negocio. También hizo los marcos para las fotos que adornan las paredes, y bases metálicas para velitas espanta-moscas. Por estos días anda estrenando una cortadora de botellas de vidrio que fabricó siguiendo un tutorial de internet, buscando darle forma una lámpara que le llevará más luz a las mesas. Promete ser preciosa.
Mientras tanto, lo más bello del lugar además de la vista, es pedir una pizza de la casa con una botella de vino al atardecer. Don Carlos cuenta que ese es el ritual de una parejita gringa que compró casa en el pueblo y que pasa seis meses allí y seis meses en Estados Unidos. Entonces cuando están, son clientes fijos. Y felices. Con la salsa de tomate muy ligera y las carnes frescas, lo mejor de la pizza es la masa que don Carlos logra con una fórmula precocida de su autoría. De esa forma no solo ha alcanzado un sabor más maduro, sino tiempos inéditos para servir: 5-6 minutos para una de tamaño XL. Fantástico. A hora y media de Cali, el lago también es buen lugar para ir a comer pizza.

“La mayoría de las publicidades que ofertan una nueva vida allí, o al menos una casa para vacacionar, utilizan imágenes donde el lago se ve al fondo, casi siempre del otro lado de un ventanal sin cortinas, como puerto de desembarque de cualquier fatiga. Pequeño mar”

O para ir a conversar la vida en el teruliadero que tantas tardes se forma frente al parque principal de El Darién, en la tiendita que siempre han tenido allí las hermanas Muñoz Gómez, más conocidas como Las Mesías. Les dicen así desde siempre, evocando el nombre de su papá, el señor Mesías, un trabajador muy verraco que montó el primer almacén de mercancía en el pueblo. Antes en la tiendita la gente podía encontrar desde un tubino de hilo hasta una cobija de lana, pero ahora hay gaseosa y cerveza fría, y licores calientes para combatir el frío que baja en las noches. Lo que nunca se ha visto ahí es música saliendo de parlante alguno, lo que explica que los borrachos cansones también sean una rareza en el negocio.

Foto: Ricardo Ortegón / Reportero gráfico de El País

El Daríen

Iglesia principal del municipio

“Aquí la gente viene a conversar, a estar tranquila. Aquí han venido a sentarse políticos a hacer sus campañas y de aquí nunca ha salido un chisme de lo que han hablado…”, cuenta una de las hermanas mientras conversa en una mesa con Adolfo León Paz, que es cantante, y con John Jeiler Catamuscay, que es un muchacho del pueblo que hace tablas de surf, y con Yolanda, una señora que acaba de arreglar muy bonita su casa para ponerla en alquiler. Al lado de la tiendita, Las Mesías siguen viviendo como siempre: en la casa de colores y fachada de madera que fue la primera en tener balcón frente al parque.
Adolfo león, el cantante, enumera días en que allí en la tiendita ha visto 10-15 personas  hablando una tarde con ellas. Porque ellas,las hermanas Mesías, dice, son las que hacen el sitio. Mujeres sin edad que llenas de amor han terminado siendo una suerte de tías putativas para varios clientes que las saludan de beso y abrazos. Por momentos así y personas así y lugares así, el cantante no ha podido irse nunca del lago. Después de cinco intentos ya se rindió: compró casita en el barrio San Vicente, a minutos del pequeño mar, y se olvidó de la ciudad. Así de fantástico es ese lago.

Superficie: 1154km²
Ubicacion: Norte del Valle del Cauca
Población: 15.763 habitantes
Gentilicio: Darienita
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