El ‘parche’ imperdible de río en el Valle del Cauca

En Riofrío, el cauce tutelar no solo atraviesa el nombre, sino la vida entera del municipio. Desde la plaza central. Crónica de un pueblo que los domingos se dispone para ir de paseo.

- Jorge Enrique Rojas

Un río a la vuelta del parque

Riofrío es un pueblito bacano al que no le queda grande cargar el río en el nombre. Lo lleva tan bien puesto, de hecho, que en su caso no es una promesa distante a kilómetros sino que queda a cuatro cuadras del parque, cruzando el puente. Ahí no más ya se puede remojar la vida en un chapuzón y comprobar la buena temperatura del bautizo.

El de ahí es uno de esos charcos felices para las familias con niños pequeños: playones, agua transparente, y la corriente que en el extremo más bajito apenas puede arrastrar las chancletas de los niños. Profundidad: solo preocupante para perritos de apartamento. Aunque ni tanto, porque al mediodía del otro sábado justo ahí se desacaloraba una perrita con ese pedigrí y cara de llamarse Luna. O Lola. Criollita negra y simpática que del otro lado del collar llevaba a dos niños, de 5-6 años, que muertos de risa salpicaban río cerca de la orilla.Iban con los abuelos.

Y Andrea López, una muchacha que hace 35 años nació en el pueblo pero que ya cumplió 15 viviendo en Bilbao. Entonces extrañaba todo eso: “… El río, comer en la orilla, los paseos familiares, ¡el agua que es templadita! Y el calor de la gente porque allá la gente es muy fría…”
Seguro los españoles del norte deben parecerle esquimales, viajando desde Riofrío y el ambiente que el pueblo tiene los fines de semana.

Los sábados, el parque queda adornado desde temprano con diez puestos de fritanga que le dan la vuelta exhibiendo papas aborrajadas y empanadas de vitrina; tiras de chorizos, costillas de cerdo ahumadas y largueros de bofe que colgando sobre fogones de leña, promocionan de esa forma la frescura de los cortes y lo que hay para la venta en cada lugar. Todo viene con arepita sin sal o papa cocida. En los puestos tienen nevera. Entonces también cerveza helada y cocacola con hielo.

Donde la señora Ana María Villegas, que lleva 36 años vendiendo frito, las porciones de bofe son a 4.500 pesos y la gaseosa a 1.200. Ella, que tiene 60 años y cuatro hijos, fue la primera en poner su sazón a disposición de todo el mundo en plena plaza central. Fue por una situación económica de ese tiempo, cuenta ella, las canas recogidas y los ojos bien negros. Y de verla ahí, así llegó otra cocinera y después otra.

Y así la fritanga de los fines de semana se fue convirtiendo en una tradición que hoy está reglamentada por la Alcaldía. Si pasa por ahí no deje de probar los chorizos de la señora Ana, sin más condimentos que el buen aliño y buena leña a la hora de ahumarlos. Cómalos libre de culpas: la iglesia queda a un costado del parque pero no mirándolo de frente; así que en ese pueblo los chorizos se sirven limpios de pecado.

Foto: Áymer Andrés Álvarez / Reportero Gráfico de El País

Riofrío

Cascada en Riofrío.

En imágenes: el pueblo que le hace honor a su nombre

Riofrío se viste con un espectacular charco al que van las familias los días domingo a disfrutar de un sancocho. Descubra este pueblo.


“Cómalos libre de culpas: la iglesia queda a un costado del parque pero no mirándolo de frente; así que en ese pueblo los chorizos se  sirven limpios de pecado”

Foto: Áymer Andrés Álvarez / Reportero Gráfico de El País

Riofrío

Ana María Villegas

Desde hace diez años en el parque también tiene puesto doña María Olivia Montoya, que además de todo lo rico que saca del sartén, ofrece como ñapa una atención llena de risas y mimos para sus clientes. Bueno, y también de ñapas reales, a veces envueltas en servilletas. Doña María Olivia cuenta que los domingos, bajo su tolda frente a la licorera Benju, ella enmantela unas diez mesas a las que le empiezan a llegar clientes desde las nueve de la mañana hasta más o menos las diez de la noche.

Durante el puente festivo del mes de octubre, que es cuando se celebran las fiestas de Riofrío, ha llegado a atender mesas hasta las tres de la mañana. Son fiestas muy buenas, dice ella. “Pero aquí lo más bueno de todo es el río”.

Gustavo Adolfo Álvarez, un técnico en construcción de vías y obras civiles que a los 33 años y descansando en el parque se declara hijo feliz de ese pueblo, dice lo mismo y sacando pecho sobre el mapa: “Después de Buenaventura, no hay en el Valle otro municipio con más riqueza hídrica que este. Lo más bonito son nuestras aguas. Los domingos llegan más de mil personas de Tuluá y otros municipios a bañar (sic) a Riofrío. El parche de los neumáticos es muy bacano: se tiran desde arriba, desde La Olla…”

El parche del que habla Gustavo es el antiquísimo plan de acomodarse sobre un neumático bien inflado y echarlo al agua para dejarse llevar por el río. Desde El Tablazo, que está a unos cuantos kilómetros del puente, el paseo también sale bueno y barato, cuentan los gemelos Daniel Alonso y Óscar Andrés, que saben del lugar donde alquilan neumáticos grandototes a cuatro mil pesos el día. ¡¿Se imagina cuántas veces se alcanza uno a lanzar?!

Mientras no estén la escuela y sea fin de semana, los gemelos, de 12 años, permanecen a ratos con la ropa empapada de dicha en cercanías de los playones de piedra que hay bajo el puente. En esa zona es donde su mamá, Luz Helena Cardona, lleva cinco años vendiendo mecato, solteritas y cerveza. Nacida en San José del Palmar, Chocó, de allá tan lejos llegó rebuscándose la vida con los pelados. Y el río, dice, los ha mantenido a flote. Sobre todo los domingos porque los domingos son días de familia en el río. Y con la familia el sancocho. Y mientras la gente enciende los fogones, mecatea. Y le da sed. Y ahí se va moviendo el negocito. Por si acaso, doña Luz y los gemelos también tienen un par de neumáticos con flotabilidad garantizada y buen precio de alquiler.

“Vea, de Riofrío lo principal es la comida del parque y el río. Por el río hay mucho sancochito y uno la pasa sabroso. Yo vengo cada quince días, cada mes, y en verano más. Yo soy de Tuluá. Y este es el bañadero tradicional de los tulueños; además pues, de los habitantes de Riofrío. Y le digo que esto los domingos no tiene arrimadero, ¡es que es muy bueno!”, juraba el sábado que recién pasó, Alcides Tilano, a salvo de la resolana con sus 52 años metidos en el agua.

“El parche del que habla Gustavo es el antiquísimo plan de acomodarse sobre un neumático bien inflado y echarlo al agua para dejarse llevar por el río. Desde El Tablazo, que está a unos cuantos kilómetros del puente, el paseo también sale bueno y barato, cuentan los gemelos Daniel Alonso y Óscar Andrés, que saben del lugar donde alquilan neumáticos grandototes a cuatro mil pesos el día. ¡¿Se imagina cuántas veces se alcanza uno a lanzar?!”

Formas de hacerle el quite al sol es lo que hay en ese pueblo que además de llevar el río tutelar en el nombre, tiene otros ocho recorriéndolo de arriba hasta abajo: empezando con el Cauca y terminando en Volcanes, pasando por Tesorito, Culebras, Ríolindo, Piedras y el Cuancua. ¡Uno de los ríos se llama Ríolindo!

Todos esos ríos dando vueltas por ahí, lo único que han hecho es ir regando belleza y más belleza sobre el paisaje, la mayoría del tiempo gravitante alrededor de una ondulación de montañas verdes de café. Algunos son diminutos paraísos perdidos, como la cascada de Salónica que queda al otro lado de ese corregimiento, donde los genes de la colonización antioqueña ya se distinguen aunque todavía estemos lejos del norte de la región.

Pero ese lugarcito, sembrado de café y plátano a sus alrededores, tiene la misma fisionomía de cualquiera de los pueblitos paisas que el Valle tiene subiendo para Versalles o El Cairo. Con esquinas donde el tiempo se quedó detenido en la fachada; como en la casa azul donde a los 78 años años, de bigote y sombrero, don Custodio Amórtegui, tiene un letrero hermoso, y trágico al mismo tiempo, que anuncia un oficio en desuso: “se afilan serruchos y tijeras”.

Hay semanas que le llevan dos y tres serruchos, dice él, para que haga el favor de regresarles la vida. Y semanas de dos y tres cuchillos. Pero también hay semanas que pasa en blanco. Por darle filo a un serrucho, don Custodio cobra entre cinco y diez mil pesos; y tres mil por la tijeras.

Para llegar a la cascada hay que atravesar Salónica y tomar la vía que va hacia la vereda Alfonso-Alto. Por ahí derecho hasta la finca El Avenazo. Si va en carro, allí hay parqueadero. Y a partir de allí empieza verdaderamente la ruta, que se alarga unos veinte minutos a paso muy lento por la ribera de una quebrada.

Cuando se acabe el camino de tierra, siga por el agua, que no serán más de cien metros mojándose de las rodillas para abajo. Al final está el premio: una caída de agua unos cien metros tan espléndida como para resultar buen plan para muchachos de colegio. Así como Marlyn Suárez, que tiene 17 años y va con sus amigos cada que puede; después del colegio, o los fines de semana, cuando el pueblo es muy bacano.

Foto: Áymer Andrés Álvarez / Reportero Gráfico de El País

Riofrío

Granizado de cerveza.

Bajando hacia allá después de un chapuzón y seis kilómetros antes de llegar a la cabecera, está el Ecoparque Vayju, con piscinas de agua natural, senderos ecológicos, muro de escalada, pista de habilidades áreas, 420 metros de canopy y caballos a quince mil pesos la cabalgata. También restaurante. Y cabañas. Alejandro Cuenca, encargado de las reservas, cuenta de grupos de la tercera edad que últimamente llegan llenando buses.

Y ya en el pueblo, en la esquina del parque y diagonal a la iglesia, la heladería San Miguel, donde además de ensaladas de frutas y copas tropicales tienen un granizado de cerveza que el dueño se inventó hace cuatro años, como un antídoto para el calor resabiado del final de la tarde. “Es una receta secreta”, cuenta Hugo Andrés Barrera, un muchacho que está encargado del negocio y desde la semana pasada muy feliz porque va a empezar a estudiar Construcción de vías y Obras Civiles en el Sena. La pócima fría podría parecerse a un cholado de cerveza rociado con limón. Según las cuentas de Hugo Andrés, hay domingos en los que han llegado a despachar 200 vasos.

El muchacho junta los deditos en las manos haciendo el clásico gesto de apretuje que por estos rumbos significa mucha, mucha gente. Lo hace al referirse a esos días, los domingos, cuando a veces no hay lugar para que la gente con sed se acomode en la heladería. Por fortuna a cuatro cuadras, a la vuelta del parque y después del puente ya está el río. Así de fácil se resuelven algunas de las cosas por ahí. Es un pueblo pequeñito, tranquilo, bacano.

Superficie: 280km²
Ubicacion: Norte del Valle del Cauca
Población: 14.716 habitantes
Gentilicio: Riofriense
No te puedes perder: El antiquísimo plan de acomodarse sobre un neumático bien inflado y echarlo al agua para dejarse llevar por el río.

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