Visite El Cairo y descubra por que es el pueblo más colorido del Valle

Al norte, el Valle se acaba a cinco horas de Cali y 252 kilómetros que terminan sobre una meseta coronada con el pueblo más bonito del departamento. Se llama El Cairo. De ahí sigue El Chocó. El Atrato. El mar.

- Jorge Enrique Rojas

El fin del mundo más bonito del mundo

El fin del mundo más bonito del mundo queda al norte del Valle y se llama El Cairo. Al principio fue Serranía de los Paraguas. Pero cuando el poder de los sacerdotes alcanzaba para rebautizar los pueblos, el padre Mazo, que era devoto de Egipto, hizo el milagro en un par de bendiciones. Aunque el nombre no es del todo un disparate: porque si ahora queda lejos de Cali, a cinco horas de camino viajando en carro particular, en la época del curita y a lomo de mula habría sido como llegar a dar misa a otra orilla del planeta. En árabe, El Cairo traduce Marte.

Hoy día las cinco horas son un viaje plano y tranquilo hasta Anserma, después de pasar Cartago. Luego siguen dos horas de montañas con lo que eso implica de ese lado del mapa: una carretera de nada enroscándose hacia arriba a lo largo de vueltas y más vueltas. Y luego otras. Y después más. De pronto muchas montañas están sembradas de café y todo el camino se pone de un verde muy intenso. De pronto cambia el viento y se pone frío. Si son más de las cinco de la tarde, sobre la vía bajan cortinas de niebla. De pronto el paisaje se va poniendo más monótono en cada curva: montañas y montañas. Y una que otra casa. Montañas y montañas: de Cali a El Cairo hay 252 kilómetros de recorrido, o sea más o menos lo equivalente a la mitad de un viaje por tierra hasta Bogotá. En El Cairo termina la carretera nacional por este lado de Colombia. Después de sus veredas y la Serranía de los Paraguas sigue el Chocó. El Atrato. El mar. En El Cairo termina este mundo dividido en 42 municipios que es nuestro departamento.

Contrario a otros lugares donde la distancia con las ciudades se convierte en un obstáculo que atrasa la vida, ahí no falta nada. En parte porque la tierra es buena y muchos aún viven del café. En parte, seguro, por los genes de pujanza que ahí quedaron sembrados de manos de los colonos antioqueños y caldenses que levantaron el pueblo en una meseta, yendo y viniendo en sus peregrinajes gitanos alrededor del universo. Los genes paisas saltan también a la vista en el acento de la gente, que dice más fácil un “oiste home” que un “mira ve”. Y sobresalen en las ventanas y puertas de casi todas las casas, pintadas como si los vinilos de colores hubieran estado en oferta durante los días de la creación.

La distancia allá les ha servido para conservarse prácticamente a salvo de casi todas las plagas que por igual hicieron caer nieve y sangre al norte del Valle; aunque tampoco es que salieran ilesos. Pero según cuentan eso ya es una historia más vieja que la del padre Mazo, Dios lo tenga en su gloria.

El concejal Héctor Fernando Duque, por ejemplo, dice que el último lío del que tiene memoria en el pueblo, es un escándalo de borrachos el sábado de la última Semana Santa. Y el intendente jefe Roosevelt Cardona, comandante de Policía de El Cairo, no llega a contar un solo homicidio en el casco urbano durante los últimos cuatro años: “Aquí no hay raponazos; aquí a lo sumo se pierde algo de vez en cuando en una finca…”

Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

El Cairo

Contrario a otros lugares donde la distancia con las ciudades se convierte en un obstáculo que atrasa la vida, ahí no falta nada. En parte porque la tierra es buena y muchos aún viven del café.

En fotos: El Cairo, un pueblito en el rincón más bello del Valle

Las calles de El Cairo. Así de silenciosas, entre semana. Así son las ventanas y las puertas de sus casas. También pudieron llamarlo el pueblo de los colores del Valle.


“Se ve distinto el mundo, en ese lugar, donde el plan de los días festivos puede ser alquilar un caballo sin resabios donde Pacho Palacios y galopar hasta una vereda”.

Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

El Cairo

Sea festivo o no, recomienda Olga Lilián Palacios Valencia, la directora de la Casa de la Cultura, el plan puede ser simplemente empezar el día en el ‘Café Don Efra’

El Cairo tiene nueve mil 600 habitantes en total. Siete mil instalados en fincas y parcelas de la zona rural y dos mil 600 repartidos entre el corregimiento de Albán -que es el corregimiento más poblado del municipio- y el casco urbano. Por eso de lunes a viernes a mitad de mañana, con los muchachos en el colegio y las personas en sus quehaceres, no hay otro pueblo más silencioso del que se tenga razón cerca: en el Cairo están matriculadas menos de 500 motos. Y apenas 100 carros. A todas partes se puede llegar a pie o en bicicleta. No hay rutas de buses. Ni ventas de Vive-100 en las esquinas.

Se ve distinto el mundo, en ese lugar, donde el plan de los días festivos puede ser alquilar un caballo sin resabios donde Pacho Palacios y galopar hasta una vereda: Salmelia, Buenos Aires, Las Margaritas, Playa rica, La Carbonera, Alto Cielo, La Miranda, Guayaquil, Puerto Buñuelo, Llanogrande, La Selva. Todas suman 24 pero estas son las que alcanzan a verse desde el mirador Los Tanques, en una colina donde comienza el acueducto. Que podría ser otro atractivo según lo que celebra Luciano Zapata, un empleado de Acuavalle que va pedaleando a trabajar: “Aquí tomamos la mejor agua de Colombia: la captamos a menos de un kilómetro del nacimiento de El Jordán, libre de actividad humana…”

Sea festivo o no, recomienda Olga Lilián Palacios Valencia, la directora de la Casa de la Cultura, el plan puede ser simplemente empezar el día en el ‘Café Don Efra’, que desde hace quince años está en una esquina del parque, atendido por su propietario: Efraín Duque, que es un paisa muy amable, de ojos azules, sombrero aguadeño y bigote. Además del café que él mismo cosecha, seca, tuesta, muele y sirve, lo más rico que se pasea por las mesas de su negocio son los platos de calentado de arroz revuelto con frijoles y huevo frito, que por cuatro mil pesos sirven con chocolate espumoso y arepa con mantequilla. Por quinientos más, a todo esa belleza le ponen de moño un chicharrón.

“El Cairo es uno de esos pocos pueblos que conservan un aire de vida tradicional autóctona. El aislamiento nos conservó el medio ambiente y la cultura. Esto ya no es Cordillera Occidental, es Serranía de los Paraguas. La gente sigue viviendo de la agricultura, no hay grandes terratenientes, la mayoría son fincas pequeñas. En El Cairo todos se conocen y hay veredas donde todos son primos. Y en el pueblo todavía hay herederos directos de los colonos originales…”, cuenta Johnier Andrés Arango, promotor ambiental de Serraniagua, “una agrupación campesina que lleva veinte años trabajando en el desarrollo humano sostenible”.

Serraniagua, desde donde promueven el ecoturismo y luchan por la conservación de la naturaleza, tiene su sede a un costado del parque y de la iglesia; como el ‘Café Don Efra’ y la mayoría de despachos o locales importantes para la vida y sus cosas: ahí, en cuatro cuadras, está el salón de belleza ‘Sonreír’, ‘Don Baratón’, la Notaría, el odontólogo, la Alcaldía, ‘Droguería Amiga’, el billar, la compra de café, el supermercado, y los bares ‘El Danubio’, ‘Fontana’ y ‘San Marino’, con más de medio siglo de experiencia sirviendo aguardiente a pedido de clientes contentos, friolentos irremediables y despechados. La mayoría de la clientela son hombres. Varios vestidos de poncho y sombrero.

“Aunque esté tan lejos, al pueblo llega tanta gente de visita que entre hostales y posadas, ya hay unos doce sitios de alojamiento”.

En medio de los Juzgados y la Casa de la Cultura, la artista plástica María Fernanda Franco montó el hostal ‘Por si Acaso’, con capacidad de alojamiento para 16 personas y el voz a voz como única promoción: no es posible reservar una cama por internet; el único chance de llegar ahí es conociendo a alguien que conozca a alguien que tenga el teléfono. Ninguna habitación se repite. En una de ellas la pared del fondo es el mural de un cielo naranja atravesado por unos cables donde la silueta de unos pájaros reposa en calma mientras un cachorro de gato no se deja caer. La noche vale 25 mil pesos. Para quien quiera, hay una cocina bien dotada. Pero en los bajos está ‘La Rome’, donde por las noches María Fernanda vende pizzas, sandwiches de pernil y lasañas “lo más orgánico posible”.

Un día todo el lugar, que se articula con un proyecto social que ella tiene andando, se llamará ‘Amaryya’. Escrito así y no con LL. Porque no es una alusión al color sino a un decreto sentimental. Amar y ya. Ese puede ser el nombre de un negocio en El Cairo.

Aunque esté tan lejos, al pueblo llega tanta gente de visita que entre hostales y posadas, ya hay unos doce sitios de alojamiento. Como la posada ‘Villa Salomé’, a cinco cuadras del parque, cuatro cuatros, zona de campamento y el servicio adicional de un cable de canopy tendido por 300 metros de viaje hasta la cancha de fútbol. “Aquí sobre todo llegan estudiantes de investigación”, decía esta semana la directora de la Casa de la Cultura, recordando las reservas ambientales que los rodean: ‘La Argentina’, el cerro ‘El Inglés’, “¡La Altamira, donde está la rana venenosa a mayor altura en esta zona del Valle!” En estos días por ahí andaba Luisa Banerle, una alemana que en un español lleno de sonrisas iba contando lo mucho que le gustaba la tranquilidad de ese pueblo: “Por la noche se puede caminar fresco… Es muy bonito”.

Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

El Cairo

Otro mundo. Todo tan diferente.

Otro mundo. Todo tan diferente, que el plato típico no es el sancocho ni la chuleta ni los frijoles, sino una sopa que cocinaban las abuelas con una base de maíz trillado y curado, pollo y carne de cerdo; de sabor muy rico –juran- pero de nombre muy feo: ‘Machorucio’. Con papa cortada en tiras y papa criolla, el único que hoy la prepara es el señor Antonio José Arias, de 61 años y célebre en el pueblo por los tamales y los chorizos que hace por encargo. Cuando en la sopa de maíz la papa llega a su punto, Antonio José le riega por encima unas hostias de plátano frito y tiras de tortilla de huevo. “Se sirve con cilantro. Con un banano y un casco de aguacate al lado, usted no necesita más…”, promete él.

En la Institución Educativa La Presentación, el colegio de El Cairo, el señor Antonio José también es famoso por las arepas fritas que lleva para surtir la cafetería. La masa está hecha de arroz y por dentro van rellenas de queso que se estira caliente. Con eso son felices los muchachos. Miguel Ángel Ocampo, que cursa allí octavo grado y tiene 14 años, se saborea solo al recordarlas. Y sonríe. En serio. Miguel dice que lo que más gusta de su pueblo son las personas porque son amables y muy serviciales. Sin pensarlo mucho, cuando tenga que ir a la universidad, dice el chico, estudiará veterinaria para así tener que volver pronto. Y trabajar en el campo.

Es el fin del mundo más bonito del mundo, ese que queda ahí, a cinco horas de Cali y 252 kilómetros que terminan en una meseta. Los que lo habían visto, lo dijeron bien: es el pueblo más bonito del Valle.

Superficie: 283 km²km²
Ubicacion: Región Occidental de Colombia
Población: 9976 habitantes
Gentilicio: Cairense
No te puedes perder: Un café donde ‘Don Efra’ El dueño del aviso tiene su propia marca de café y los entendidos dicen que es muy buena. También buscan sus empanadas.

Crónicasde unviaje por elValle

El País recorre el departamento buscando las historias de la región insospechada

Cali

Cali :

Viaje a la última estación de la serie El Valle Está en Vos.

+

Buenaventura

Buenaventura :

Viaje a uno de los lugares más biodiversos del mundo: Buenaventura

+

El Darién

El Darién :

De camino hacia el mar real, en el centro del Valle hay un pueblo junto a un océano diminuto: se llama Calima-El Darién

+