El café vallecaucano que le ha dado la vuelta al mundo está en El Águila, conózcalo

Más arriba de El Águila ya no queda más Valle del Cauca. Aún así esta es la crónica de un pueblito del que ahora saben hasta en Japón, cuando allá por las mañanas, sirven una taza de café.

- Jorge Enrique Rojas

El nido de las águilas

El Águila anida en la última punta donde el Valle se eleva al norte. La última del mapa. Desde Cartago, el camino hasta allá se estira por una hora que se alarga y se alarga, sobre curvas infinitas que desde la ventanilla del carro solo dejan ver precipicios sembrados de palos y más palos de café.
“Abaaaaaajo, vea, allá abaaaaaaajo, en ese techo rojo, vivíamos nosotros…”, dijo en una curva Luis Alfredo Díaz, el conductor de El País que pacientemente iba lidiando la carretera el miércoles pasado. Puso el pie en el freno, señaló hacia el fondo de un cafetal hondísimo, y asomando la cabeza pudimos suponer la casa donde creció con sus papás y ocho hermanos. Díaz nació en La Primavera, que es una vereda de Bolívar varios municipios más al sur. Lo que pasa es que sus papás eran campesinos, un tío tenía finca por ahí, y buscando trabajo para sostener a ese muchacherío llegaron a coger café.
 Díaz entonces también cogió café de niño y a medida que avanzábamos hacia arriba fue recordando algunos de los episodios más duros de esa vida, con muchas jornadas de lluvia en su relato. En tiempos de cosecha y aguacero, contó, el patrón de la finca no dejaba que los recolectores escamparan porque el agua tumbaba el grano: “Viera el frío adentro de esas matas: ¡era muy duro!..”
El Águila queda tan lejos que en un punto el radio del carro ya no sintoniza emisoras ni en el AM, así que las historias que ayudan a sobrellevar la distancia y explicar el paisaje inadvertido son música. Y combustible: la última de estación de gasolina quedó lejos, en Ansermanuevo.
Hace muchos años que todas esas montañas, las faldas de la cordillera occidental, fueron tierra de arrieros, cuenta Díaz, que trabajó con uno al que le decían ‘Pucho’. ‘Pucho’ tenía una hilera de mulas que a muchos sirvieron para enviar de un lado a otro las cargas de café, en la época donde por ahí no había carreteras. Cuando él estaba pequeño, por ejemplo, y lo mandaban al El Águila por algo, tenía que subir y bajar una montaña a pie. Por eso las mañanas que su mamá le encargó traer la carne del almuerzo nunca llegó a buena hora. Nunca. No por niño. Un alpinista profesional tampoco habría regresado a tiempo para poner la olla.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

El Águila

Cafetales en el municipio de El Águila.

En imágenes: El Águila, el último municipio al norte del Valle del Cauca, cargado de café e historias

El Águila es un pueblo cafetero, después de él no hay más Valle del Cauca. Descúbralo.


“En El Águila hay una flota de 47 Willys que son el transporte de la gente para llegar a las orillas más retiradas. La vereda más alejada de todas es La Judea y el pasaje vale 5.500. La más complicada para llegar es La Estrella, después de una loma a donde solo sube el campero de ‘Cuqui’ “

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

El Águila

Francisco Luis Ríos, arriero de El Águila

En El Águila todavía vive un arriero: se llama Francisco Luis Ríos y hace 74 años que nació en El Jardín, Antioquia, pero como ya lleva 50 en el pueblo, dice, ahí ya se quedó. Siempre en la arriería. En los mejores años llegó a ser dueño de ocho bestias pero ahora solo tiene dos caballos, ‘Pitufo’ y ‘Morocho’. Y con ese par se las arregla para sacar lo que resulte: café, plátano y abono, es lo más común por estos días. “Con la carretera se ha ido poniendo escaso el trabajo; por aquí antes no había carretera para la vereda Tesorito, por ejemplo. En El Águila éramos 13 arrieros y teníamos trabajo hasta los domingos…”, recuerda el señor, sentado en un murito afuera de su casa, vestido de sombrero y machete.
Así fue por muchos años. Porque fueron los arrieros y los colonos paisas los que construyeron las bases de ese municipio. El antiguo director de la Casa de la Cultura, Juan Carlos Agudelo Rodas, cuenta que en 1898 llegaron los primeros colonos caldenses y antioqueños. Se asentaron en un punto que llamaban El Salado y para 1900 ya conquistaban lo que desde entonces sería El Águila: cumbres y bosques de niebla alrededor, donde el ave que le da nombre al municipio podía armar nido y alimentar sus pichones.
La primera vez que vieron una, llegó a posarse en las ramas de un árbol que le daba a sombra a los hombres que se dedicaban descuajar montañas buscando darle forma al pueblo. Se asustaron y le pegaron un tiro, dice Juan Carlos. Porque eran tiempos de mucho nerviosismo: los colonos habían nacido conservadores y venían huyendo de la violencia bipartidista, pero ahí no más en Ansermanuevo ya eran todos liberales. Entonces como tristemente suele suceder desde la creación, algunos de los lugares más maravillosos de este país empezaron a ser conocidos por los espantos que allí ocurrieron como consecuencia de la incomprensión de dos bandos; en 1938 unos liberales que se metieron a El Águila intentando quemar el pueblo, alcanzaron a incendiar la iglesia y varias casas.
De ahí salió el término ‘pájaros’, para el diccionario de la guerra bipartidista. Porque a partir de aquello, previendo futuros ataques, los habitantes del pueblo empezaron a mandar a los arrieros que movilizaban el café –es decir la vida-, con dos vigilantes lo suficientemente adelante como para dar alerta en caso de peligro; al salir del alto donde mataron de un tiro el águila, los vigilantes fueron bautizados así por los conservadores: ‘pájaros’. Y el remoquete seguiría revoloteando hasta 1965, cuando la violencia se detuvo después de una masacre.
Época brava para lo que fuera. El abuelo de Juan Carlos tardó cuatro años levantando el primer edificio de cuatro pisos que tuvo el municipio. Durante todo ese tiempo se la pasó mandando las veinte mulas que tenía, cargadas de café hasta Ansermanuevo, para devolverlas con material de construcción y poder adelantar la obra. La demora de los viajes no solo tenía que ver con la distancia sino con la obligación de tener que recorrerla con la muerte acechando en cada curva; de modo que si hoy resulta un camino largo sin el radio funcionando en el carro, imagínese lo que sería entonces y en semejantes circunstancias.

“El antiguo director de la Casa de la Cultura, Juan Carlos Agudelo Rodas, cuenta que en 1898 llegaron los primeros colonos caldenses y antioqueños. Se asentaron en un punto que llamaban El Salado y para 1900 ya conquistaban lo que desde entonces sería El Águila: cumbres y bosques de niebla alrededor, donde el ave que le da nombre al municipio podía armar nido y alimentar sus pichones”

Años después a El Águila la cazaría la otra violencia, la del narcotráfico, ejemplificada al principio en la humanidad de Gerardo Martínez, un muchacho que por andar robando gallinas sacaron del pueblo dejándole como único equipaje el precoz apodo que cargaba y que al final sería su traje de presentación dentro de la vida criminal: ‘Drácula’. Bajo esa capa permanecería vestido hasta convertirse en el primer capo marimbero del norte del Valle.
Siempre tuvieron buena puntería colocando chapas, dice Ramón Elías López, 58 años y conductor de un jeep Willys desde hace 45. Es decir arriero de campero, porque con la entrada de las carreteras, los choferes como él se fueron transformando en los nuevos arrieros que por esos lados ahora ayudan a acercar el mundo. En El Águila hay una flota de 47 Willys que son el transporte de la gente para llegar a las orillas más retiradas. La vereda más alejada de todas es La Judea y el pasaje vale 5.500. La más complicada para llegar es La Estrella, después de una loma a donde solo sube el campero de ‘Cuqui’.
‘Cuqui’, sí, porque por esos lados reconocen más fácil a los conductores por el apodo. Junto a ‘Cuqui’ trabajan ‘Alma Flaca’, ‘Gavilán’, ‘El Pato’, ‘Rila’, ‘Salchichón’ y ‘Care Susto’, que es como le dicen a don Ramón Elías, desde niño con los ojos medio brotados. Doblado en una carcajada repasando los ‘títulos’ de sus compañeros, al lado de su jeep, ‘Care Susto’ pide que le digan mejor así, asegurando que el día que un cliente lo llama por el nombre de pila se queda manejando aburrido.
Ahí está pintado el repentismo paisa reventando en cada gen. El antiguo director de la Casa de la Cultura, que tiene 48 años, recuerda a un señor que por haber crecido muy alto, en la calle le colocaron ‘Tres Trozos’. Y a ‘Trozo’, que era un señor muy bajito. A ‘Pucho’, el arriero que trabajó con Díaz, le decían así porque era más chiquito que ‘Trozo’. Pero el mejor apodo es el de ‘Drácula’, que lo llevó desde niño luego de un accidente en el que perdió los dientes delanteros, exceptuando los colmillos. De esa puntiaguda obviedad provino la chapa, con los años cada vez más acomodada a la medida de la maldad de su propietario. Después de mucha sangre y mucho muerto, varios en Cartago y El Águila, el capo sin dientes murió a tiros en Santa Marta, escondido y acorralado, contó Darío Espinoza Correa, en un texto que la Revista Semana tituló e su web, ‘El triste final de los que viven del miedo de los colombianos’.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

El Águila

Café Cárdenas en El Águila

Pero con un final, un comienzo. Que es lo que sucede en la última punta donde el Valle se eleva al norte, con una vida que hoy se ve muy distinta por todas partes. Juan Carlos, el antiguo director de la Casa de la Cultura, ahora está a cargo de la Asociación de productores agroecológicos del corredor de conservación Serranía de Los Paraguas y Parque Nacional Natural Tatamá (Asocorredor): un grupo de caficultores orgánicos con cultivos en bosques de niebla que se juntó desde el 2002 para emprender procesos de conservación y producir cafés especiales.
El Águila, dice Juan Carlos, tiene 2.020 hectáreas del Parque Tatamá, por lo que las zonas de amortiguación contienen suelos que están protegiendo. Las razones son elementales. Pero además a esas alturas el café crece delicioso. Y en las montañas del pueblo hay una porción de tierra sembrada tan grande, calcula él, que podría ocupar las zonas urbanas de Cartago y Ansermanuevo. Allí la Asociación ha logrado una variedad especial “con notas achocolatadas y frutos maduros”, que es un sabor que ellos mismos tuestan, muelen y empacan en bolsitas que están llegando a Japón, Australia, Arabia Saudita, Alemania, España, Francia, Canadá, Estados Unidos y Chile. “Y a la familia Ardila Lula, que pide una arroba semanal…”.
Hoy día, pues, gente de todo el mundo sabe a qué sabe El Águila del Valle. Si usted todavía no, pase por el Café Cárdenas, a un costado del parque, que es muy rico. Además de tinto, expreso y pintado, tienen limonada, granizado y capuchino. El granizado está buenísmo. Nada que envidiarle al que en las ciudades venden envuelto en vasos y nombres plásticos. La única envida es que el de El Águila sea más rico. Y solo valga tres mil pesos. Edison, el dueño del negocio, cuenta que todo es producto de su finca. Que él mismo cultiva y cosecha. Para llegar al local no hay pierde porque hoy ese es un pueblito con gente amable que ofrece indicaciones en las esquinas. Y dos calles largas que son las principales. Por ahí se ven muchos buenos muchachos. Como Jaison Corrales, el fotógrafo de la Alcaldía que estudia sicología a distancia y sueña con vivir de publicar fotos en las revistas y los periódicos.
Díaz, el conductor de El País, no lo ve difícil. Y se lo dice. Cuando era niño y ya había carretera, a veces, desde arriba de algún cafetal donde estuviera trabajando, cada tanto alcanzaba a ver los carros que como un milagro, entonces, subían y bajaban de la montaña. El soñaba con saber cómo sería eso de un día ir por ahí, conduciendo y conociendo todo el mundo que había quedado bien lejos, bajo el nido de las águilas…

Superficie: 199km²
Ubicacion: Extremo noroeste del Valle del Cauca
Población: 11.069 habitantes
Gentilicio: Aguileño
No te puedes perder: El Café Cárdenas, a un costado del parque, que es muy rico. Además de tinto, expreso y pintado, tienen limonada, granizado y capuchino.

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