¿Cómo se ve el Valle desde las nubes? descúbralo en Versalles

Bien al norte del Valle, Versalles queda rozando el cielo. Crónica de un pueblo que queda tan arriba como para que la muerte, en sus formas más violentas y durante muchos días, no se animara a subir por nadie.

- Jorge Enrique Rojas

De paseo por las nubes

Versalles queda tan arriba de una montaña tan alta, que las fiestas del pueblo se llaman Fiestas de la Neblina. Casi siempre se celebran el primer fin de semana de julio pero podrían ser cualquier día y a cualquier hora, que es cuando la niebla, como un capricho adolescente, va y viene. Va y viene.

Hay ocasiones en que baja muy temprano y se cruza con el perfume del café recién hecho, que saliendo de la media docena de panaderías que hay alrededor del parque, despide la madrugada y anuncia en la calle el comienzo del día; otras veces ocurre después de la misa que el padrecito Carlos da a las siete en la iglesia de la Inmaculada Concepción; otras, a media mañana, cuando en una motico colorada, un muchacho al que le dicen ‘Tungo’, empieza a dar vueltas perifoneando los aguacates maduros para el almuerzo. Y otras veces la niebla baja sin aviso, para casi siempre taparle la panza al sol y dejar flotando en el ambiente que ese pueblito fue construido entre las nubes.

Desde Cali, Versalles está lejos, bien al norte y a cuatro horas de camino en carro y ninguna ruta de bus directa. Primero hay que pasar por La Unión y de ahí subir y subir, dándole vueltas de caracol a una loma gorda y puntuda a través de una carretera angosta y perforada; debe ser cierto entonces que para llegar al cielo primero hay que cruzar un camino largo y pedregoso. Este, sin embargo, le va dejando a la vista paisajes que rebasan el alcance de la mirada: más allá del despeñadero que va quedando a ambos lado de la ruta, las planicies más verdes de la región se abren hasta el infinito en una explicación evidente de por qué este departamento se llama el Valle.

El camino es tan largo que en el ascenso hasta el pueblo no es raro ver campesinos en motocicleta, que con el motor a media marcha por una carga o alguna encomienda amarrada atrás, viajan con el codo izquierdo apoyado al manubrio, para sostenerse con esa mano la cara y no ir a tropezar del aburrimiento. Así lo vimos el otro martes con Octavio Villegas, el buen conductor de El País, luego de pasar una de las incontables curvas de la vía.

Foto: Oswaldo Paéz | Fotógrafo de El País

Versalles

Versalles queda tan arriba de una montaña tan alta, que las fiestas del pueblo se llaman Fiestas de la Neblina.

En fotos: Versalles y sus hermosos paisajes en las alturas

Desde Cali, Versalles está lejos, bien al norte y a cuatro horas de camino en carro. Hay que subir y subir, dándole vueltas de caracol a una loma gorda y puntuda a través de una carretera angosta y perforada; debe ser cierto entonces que para llegar al cielo primero hay que cruzar un camino largo y pedregoso.


“‘El Nene’, estacionado junto a ‘El Viejo’ a un costado del parque central, dice que por esos lados la vida es tan sana, que ir escuchando música a todo taco puede ser una de las entretenciones favoritas de los clientes a los que transporta”.

Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

Versalles

‘El Nené’, chofer de un Willis rojo modelo 76, lleva 11 años repartiendo pasajeros, encargos y razones por toda la zona.

Versalles queda tan trepado en el mapa, que tampoco hay buses que se le midan a recorrer el espiral de trochas que lo unen con algunas de las veredas que tiene al lado. Pero eso no es problema: el lío lo conjura una flota de 55 Willis que asociados a la empresa Transpatuma, van de aquí para allá, sorteando itinerarios que si no aparecen en la cartografía de Google, mucho menos en los libros de geografía.

Allá arriba, por eso, junto al cariño de la gente, hay camperos que han llegado a ganarse hasta un nombre. Octavio Giraldo, por ejemplo, es el chofer de ‘El Viejo’, un Willis rojo modelo 76 que desde hace 11 años va repartiendo pasajeros, encargos y razones por La Despensa, La Despensita, Paramillo, Trinidad, Hojedas, Violetas, El Cedro, La Sonora, Patiobonito, La Aguada, El Ajizal, El Rincón, Quebradalarga y La Consólida, que en tiempos de invierno queda tres horas más lejos.

Y como los carros, hay conductores que llevan encima el cariño de la gente convertido en una chapa. A Octavio, que tiene una cara de niño a la que no ha podido renunciar a sus 40 años, le dicen ‘El Nene’, que no es célebre solo por eso sino por las complacencias musicales que hace con el motor andando: en dos memorias USB, el hombre lleva porros, carrilera, vallenatos, baladas, salsa y casi cualquier ocurrencia o deseo musical que cargue alguien que se le suba al jeep.

Mientras suena un lamento de pecho herido en la espantosa voz aguardientera de Darío Gómez, ‘El Nene’, estacionado junto a ‘El Viejo’ a un costado del parque central, dice que por esos lados la vida es tan sana, que ir escuchando música a todo taco puede ser una de las entretenciones favoritas de los clientes a los que transporta. Y con eso, simplemente con eso, pueden llegar felices a sus casas.

Versalles queda tan retirado del mundanal ruido y las deformaciones de sus ciudades, como para que durante mucho tiempo, la muerte, en sus trajes más violentos, no se animara a subir por nadie. A mediados de la década del 2000, tuvieron casi un año completo sin asesinatos; la guerra de los carteles del narcotráfico que desangró al norte del Valle ya había pasado por ahí dejando su rastro de balas, silencio y miedo.

Como en tantos otros lugares, cuenta Agustín Aristizábal, coordinador del Comité Agroturístico del municipio, en su momento tuvieron días tétricos en los que todo el mundo se iba a dormir temprano y a las siete de la noche, la única que se veía dando vueltas por el parque era la niebla. Hasta que después de una noche en que desde Bogotá mandaron a cambiar a todos los policías del pueblo, cuentan, las cosas empezaron a cambiar: la gente, toda la gente, poco a poco fue organizándose en colectivos y agrupaciones (de salud, educación, recreación, veeduría) a través de las cuales tendieron lazos de colaboración colectiva que les sirvieron para ir reconstruyendo la confianza. Y así el pueblo. Y así el cielo. Entre el 2012 y el 2015, dice Agustín, las muertes violentas otra vez se quedaron abajo de la montaña. Es decir, muy lejos.

“Versalles es un pueblo de perros callejeros. No flacos y amedrentados como en la mayoría del mundo, donde el hombre los alimenta con desprecio y patadas, sino más bien gordos e insolentes”.

En Versalles hay una sola funeraria, la Funeraria Central, donde Marcela Castaño, de 22 años, es la secretaria que también hace de gerente, despachadora y todo lo demás que se pueda necesitar en un negocio mortuorio donde casi no hay insumos de trabajo. Tanto así, que desde las doce del día hasta las dos de la tarde, la muchacha cierra la puerta del local par ir a almorzar a su casa. Nunca ha pasado nada grave a esa hora: en los dos años que lleva contratada, ella calcula periodos de hasta dos meses en los que por ahí no ha visto ni un solo cliente.

La funeraria tiene tan poca demanda que ni siquiera cuenta con un teléfono fijo. Hace dos semanas, en todo caso, prestaron el último servicio: la señora Dora María, que tenía 76 años y murió de cáncer. Dos días atrás, el servicio fue para don Manuel Salvador, que muy cansado se fue a los 85 años. Y antes de eso, lo más estrepitoso de este año fue lo que le ocurrió al señor Armando, que a los 34 años murió en un trapiche, al caer a un fondo donde estaban derritiendo panela.

Versalles es un pueblo de perros callejeros. No flacos y amedrentados como en la mayoría del mundo, donde el hombre los alimenta con desprecio y patadas, sino más bien gordos e insolentes, dando vueltas en manada y a veces haciendo estragos, como cuando en las mañanas se metían a dejar regados sus pecados en la iglesia. Por eso la iglesia, de arcos altísimos y un vitral, que dicen los fieles, es uno de los más bellos de Suramérica, entre misa y misa mantiene las puertas cerradas.

Afuera, perros de todos los colores y formas, como un milagro en estos tiempos inhumanos, corretean sin miedo las llantas de los Willis, le lamen la mano a los niños y saludan a los extraños como si los conocieran de toda la vida. O como fue al principio de los tiempos, cuando animales y hombres no se mataban por el gusto de matarse.

Juan Bautista Fernández, que tiene 61 años y lleva toda la vida siendo campesino, dice que en el pueblo la vida sigue siendo de lo más buena. “Aquí – cuenta mientras limpia una carga de frijol de bejuco- usted puede sacar la plata y nadie lo manotea. Se puede quedar dormido en el parque toda la noche bebiendo y nadie lo esculca. Puede contar sus cuatro centavos en la esquina y nadie le va a poner un cuchillo”.

Foto: Oswaldo Paéz | Fotógrafo de El País

Versalles

En Versalles todo es distinto y hasta los buñuelos tienen cintura. Los preparan en la Cafetería y Panadería Central, que hace cuarenta años queda frente al parque.

Juan Bautista tiene seis hijos: uno que trabaja con el Municipio levantando cercas; otro que se resuelve los días tirando azadón en la vereda Costa Rica; otro de 21 años que es su mano derecha; la mayor de las mujeres, que está embarazada, y Elizabeth y Luz Miriam, de 12 y 9 años, que están cursando la primaria. A todos los ha podido levantar gracias a las bondades de la tierra.

Por ahí, bajo ese cielo y su niebla, crecen cultivos de lulo, pitahaya y arracacha; siembran berenjena, frijol, café, mucho café, tomate chonto y también de árbol. Se da la granadilla, buena guayaba, aguacate, repollo y cilantro. Y pastos benditos que alimentan manadas y manadas de vacas generosas que todos los días, según cuentas de la Cooperativa Ganadera del pueblo, entregan nueve mil litros de leche. Así que allá, la leche no se bebe de cajitas con tapas plásticas y fechas de vencimiento.

En Versalles todo es distinto y hasta los buñuelos tienen cintura. Los preparan en la Cafetería y Panadería Central, que hace cuarenta años queda frente al parque y a lo diagonal de la iglesia. Su inventor es el señor Luis Rubio Serna, el dueño del local que cuenta que fueron esos buñuelos los que le salvaron el negocio.

Hace unos años, cuando para dedicarse a otros asuntos alquiló la panadería, los inquilinos un día se le llevaron trabajadores, varias fórmulas y hasta el panadero, con la intención de montarle la competencia. Entonces en una iluminación divina, recordó la fórmula de su mamá, que en el campo y para alimentar a la familia, hacía buñuelitos curando maíz amarillo y prensando queso criollo. Desde el día en que empezó a fritarlo no ha parado y no hay nadie en ese pueblo que no haya probado aquella exquisitez caliente, que por 300 pesos, entrega un sabor que no se consigue en ninguna otra parte del mundo.

Adentro, la masa no es pálida como en los buñuelos citadinos, y su corazón es blandito y poroso, como el de un recién enamorado. Los domingos, cuando la gente sube de Obando, Roldanillo y La Unión para desayunar ahí, con café en leche recién ordeñada, don Luis Rubio Serna, calcula, puede fritar unos tres mil buñuelos. Esos días, tal vez antojada, la niebla baja más de seguido al pueblo.

Superficie: 26,18 km²km²
Ubicacion: En la región occidental de Colombia
Población: 86.110 habitantes
Gentilicio: Versallense
No te puedes perder: Los buñuelos con cintura. Los preparan en la Cafetería y Panadería Central frente al parque, a lo diagonal de la iglesia.

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