¿Por qué Cali es la capital de la salsa? Aquí le decimos

Aunque parezca un asunto menor, bailar, bailar como bailamos, bailar por las razones que bailamos, nos hace un lugar único en el mundo. Viaje a la última estación de la serie El Valle Está en Vos.

- Jorge Enrique Rojas

Cali pachanguera

“A mí me dejó de piedra ver bares que a las once de la mañana ya tuvieran gente bailando. Y cuando bailas pasan cosas… Ustedes tienen un patrimonio que creo no saben…”

En la segunda semana de marzo del 2014, la española Chus Gutiérrez hablaba así de Cali. Eran los días del Festival de Cine de Cartagena y ella estaba ahí presentando la película que recién había dirigido: Ciudad Delirio, una historia dulzona pero entretenida, de un europeo que se enamora de una bailarina caleña de salsa. Así que el baile, pues, era un tema coincidente en las entrevistas dadas por Chus, que al explicarlo suceder en Cali terminaba yendo mucho más allá del encuentro de dos cuerpos en una pista; la directora daba a entender que el baile, aquí en esta tierra, era un estado de ánimo que salvaba gente por una simple y poderosa razón: la unía con otra gente. Y así pasa al final en la película, cuando el baile rescata a un hombre perdido en su mundo arrítmico.

Bailar/Vivir. En Ciudad Delirio, varias escenas transcurren en El Chorrito Antillano, el bailadero de la Carrera Novena con 23, donde toda la vieja guardia se concentra en esa esquina del barrio Obrero: Sonora Matancera, Pete El Conde Rodríguez, Ismael Miranda, El Jefe, todos vivos en los parlantes y de los parlantes, junto a esa y la salsa más brava, boleros repentinos que van salpicando la noche. O la tarde. Ahí también se baila por las tardes. Las de los lunes, que son ‘lunes del zapatero’. Porque resulta que en Cali hay quienes conservan el precioso vicio de celebrar la vida bailando. Cuando la gente todavía necesitaba a los zapateros, por ejemplo, se fue popularizando que los lunes descansaban ya que era cuando se les veía por los grilles azotando baldosa. De esa forma festejaban su día libre. O estar vivos.

“Periodista. Docente. Lector voraz. Americano. Me gusta el pandebono de la Paola, el kumis de Kasimiro, el ponche de La Fina, el pandeyuca de Montecarlo…” Además de ser un irremediable catador de panaderías, Gerardo Quintero, uno de los caleños más caleños que conozco, experto bailarín de la vida a golpe de salsa, explica que ese gesto particular que se repite en la cédula de tantas otras personas nacidas en la ciudad, viene en principio de la mezcla étnica que empieza en tiempos de la Colonia. De ese fuego. Y del cruce de caminos que convirtió a este lugar en capital de todo el Valle.

Ahí está la cercanía geográfica con Buenaventura, por donde justamente entró la salsa. Por el Puerto llegó el estruendo de la Sonora, que se incrustó tanto en las costumbres de la gente, cuenta Gerardo, como para que en los años 60, los intermedios de las películas fueran amenizados con temas de la orquesta que sonaban adentro de los teatros de cine; de modo que en vez de ir a buscar maní o crispetas, los muchachos de entonces salían a bailar mientras seguía el rotativo. En los 70, con la llegada de Richie Ray, la salsa ya fue un estado febril. Y encima, Andrés Caicedo, Andresito, que con su ‘Que viva la Música’ nos la dejó atravesada hasta en los genes de la literatura. La salsa, dice Gerardo, es la forma cómo vivían y han vivido los caleños.

O si no, ¿en qué otro lugar del planeta la salsa le ha puesto apellido a los días de la semana? En su momento, cuando las discotecas aun cabían entre el calendario, aquí los lunes llegaron a ser lunes de Estambul. Y los martes de Siboney. Los miércoles de Melodías, los jueves de Village Game, los viernes de la que fuera, sábados de Las Brisas en Jamundí y domingos de remate en Los guayabales. Aunque para el rumbero clásico, como Jorge Tello, primero fueron los lunes de Honka Monka, los martes de La Manzana, miércoles de Escalinata, jueves de Cabo Rojeño, y viernes de Séptimo Cielo.

Foto: El País

Cali

El Chorrito Antillano

Un recorrido fotográfico por la Sucursal del Cielo

Cali es conocida por ser la capital de la salsa, además es uno de los principales centros económicos e industriales de Colombia, el principal centro urbano, cultural, económico, industrial y agrario del suroccidente del país y el tercero a nivel nacional.


“Descolgándose unas cuadras, la Calle Quinta. Y sobre la Quinta, La Topa Tolondra, Baco, Evocaciones, Tintin-Deo, donde no solo suena salsa, bolero, sino también música del Pacífico, chirimía, el piano de la selva: la marimba. Cali que se alarga en dirección al mar a la hora de bailar”

Foto: Bernardo Peña / Reportero gráfico de El País

Cali

Lulada y empanadas vallunas

Vivir/Bailar. En El Chorrito Antillano se puede bailar diario. No es de aquellos lugares pinchados donde solo se entra con mesa reservada; se puede pedir de a cervecita y la pinta tampoco es complique. En la otra cuadra venden salchipapas. El barrio Obrero, que siempre ha sido una fiesta sin fronteras, tiene al otro lado del parque, sobre la misma acera de la iglesia, a La Matraca: templo del tiempo detenido que recuerda a esta misma Cali febril que mucho antes se derretía con las voces de Gardel, Magaldi, Corsini, Canaro, Troilo, Pugliese y Podestá, tangueros mandamases del lunfardo. Allí bailan todo eso hermoso, no solo tango y milongas, sino foxtrot, sones, boleros. Sus puertas abiertas le dieron vida hasta los 104 años a don Arcesio Valencia, vecino fetiche del barrio e infaltable los domingos ahí, vestido de traje. Pero una virosis se le cruzó en el camino a mediados del 2015, cuando ya no regresó a bailar, contó muy triste por esa época la directora artística del bar, la señora Leyda Santa. Encontrarla en la barra y poder conversar con ella sobre la historia de ese sitio, que en su génesis fue un granero, es otra de las bellezas de La Matraca. O de Cali. Donde el baile puede ser charla.

Como ocurre en La Colina, la tiendita que desde el 42 funciona en la Calle Primera de San Antonio, y que en los últimos años se ha transformado en un tertuliadero con permiso –y lugar- para tirar paso al respaldo de una vitrina donde viejas botellas vacías van hablando de los años que por ahí pasan sin romper nada. Lo mismo que sucede con don Phanor, viejo hermoso ya libre del conteo mezquino del reloj, dependiente eterno, galán libre de jubilación y alma del negocio, que mientras lleva un pedido hasta alguna mesa puede terminar contando la forma maravillosa en que allí, paulatinamente, dejaron de vender leche y huevos para dedicarse a la póker fría y las empanadas calientes. Que están muy ricas.

Descolgándose unas cuadras, la Calle Quinta. Y sobre la Quinta, La Topa Tolondra, Baco, Evocaciones, Tintin-Deo, donde no solo suena salsa, bolero, sino también música del Pacífico, chirimía, el piano de la selva: la marimba. Cali que se alarga en dirección al mar a la hora de bailar. La otra vez, cuando se alargaba buscando el río Cauca, y en la entrada de Candelaria Juanchito era su gran discoteca a cielo abierto, un jueves santo allí se apareció el mismísimo Satanás. Eso cuentan. Que cayó en Agapito y que estuvo moviendo el esqueleto hasta que una muchacha le olió el azufre, le vio las pezuñas y pegó el grito. Pobre diablo. Porque aquí tienen chance de bailar hasta los troncos. Bailan los árboles, a través de sus ramas, que todas las tardes tienen cita con el viento que llega desde el Pacífico y desde la cordillera occidental. Esa es la razón por la cual la máquina de soplidos universales aquí no se haya averiado nunca. El Parque Nacional Natural Los Farallones a golpe de vista, y a tres horas de camino, Buenaventura y el mar. La Sucursal del Cielo, así le dicen a Cali.

Muy cerca de una entrada a Los Farallones, en el corregimiento de Villa Carmelo, Andrés Ossa, un diseñador gráfico que junto a su esposa desarrolla un programa de conservación y educación ambiental a través de la ONG Naturaleza Creativa, dice que esa cercanía con el universo en su estado más puro es quizás la mayor riqueza que tiene la capital del departamento. Andrés es de Restrepo y toda la vida, cuenta, se soñó viviendo en la montaña por lo que desde la distancia no veía su futuro en Cali. Hasta cuando descubrió su zona rural, sus quince corregimientos y algunos lugares que cuenta, son de otro mundo. Hace seis meses, cuando empezaron a organizar caminatas ecológicas, por ejemplo, vieron un venado tomando agua al borde de una cascada que descubrieron después de una travesía de seis horas. ¡Verlo fue un regalo! ¡Un regalo!, dice Andrés, seguro y feliz de que ese es un símbolo de que su especie se está recuperando en Los Farallones.

“Bailar/Bailar. Cómo será que tenemos dos himnos. Cali Pachanguero es el título del primero: composición del maestro Jairo Varela, año 1984, corte cinco, álbum ‘No hay quinto malo’, Grupo Niche. Bailar para celebrarnos, para comunicar, dice Gerardo, para sobrevivir a la vida. Para vivir. Aquí se baila tanto que unos muchachos, Andrés Díaz y Álex Zuluaga, sacaron la salsa de las discotecas y se la llevaron al parque”

En Villa Carmelo, donde ya lleva nueva años viviendo, Andrés dice que también están las cascadas Las Trillizas y en la vereda La Candelaria, la cascada de Los Alemanes. Y al decirlo, explica que esta ciudad de siete ríos, para completar, también tiene cascadas. Desde Villa Carmelo, pasando por Pichindé y llegando a la vereda Los Andes, tienen trazada la ruta del Bosque del Silencio. Y de Villa Carmelo a La Buitrera, la ruta del Bosque del Roble: “Son rutas para conectarse con la naturaleza, se ven orquídeas silvestres, charcos, aves. El Valle tiene 940 especies y casi todas pasan por Cali…” Baile hasta en el cielo.

Bailar/Bailar. Cómo será que tenemos dos himnos. Cali Pachanguero es el título del primero: composición del maestro Jairo Varela, año 1984, corte cinco, álbum ‘No hay quinto malo’, Grupo Niche. Bailar para celebrarnos, para comunicar, dice Gerardo, para sobrevivir a la vida. Para vivir. Aquí se baila tanto que unos muchachos, Andrés Díaz y Álex Zuluaga, sacaron la salsa de las discotecas y se la llevaron al parque. Su intención era volver a los orígenes, los tiempos en que las charlas esporádicas de los vecinos alrededor de un acetato, empezaron la tradición de las audiciones. La gente de este tiempo les copió tanto, que después de seis años de armar la fiesta en distintos barrios y últimamente bajo las faldas de la estatua de Jovita, ahí en la Quinta, tuvieron que trastearse para el antiguo Club San Fernando, buscando cabida para la gente. Y ahora están llevando su Salsa al Parque a Miami.
Obra tantos milagros la salsa en este lugar, que ahora en vez de cabalgata, el espectáculo central de nuestra feria es un Salsódromo: el año pasado salieron 1.600 bailarines en una demostración fantástica de armonía y unión. Y de renacimiento: en vez de jinetes ebrios, bailarines dueños de las calles.

Aquí bailan las vendedoras de jugos y frutas, como la negra Usuriaga que ha levantado sus hijos vendiendo vasos de borojó y lulo frío en el centro. Se baila, ahí, en el centro, alrededor de los olores de frituras que suben en espiral de parrillas al carbón y burbujas de aceite estallando en las esquinas. Y ahí en algunas esquinas, algunas de las mejores viandas de todo Cali.

Foto: El País

Cali

Ponche de La Fina

En la calle 16, entre carreras 5 y 4, es el caso, lleva 25 años estacionado Robinson García, vendiendo chicharrones que no tienen discusión en cuadras a la redonda. O en barrios a la redonda. Robinson tiene clientes que llegan por una porción echando pedal en bicicleta desde Siloé. O que atraviesan Cali en autos de lujo y vidrios polarizados. El cuero del chicharrón es una lámina de caramelo, sin excesos de aliño, pedazo de cielo. En el centro grosellas, mango, y en septiembre manga poma, chontaduro con miel, coco, cocadas, melcocha, cholado, natilla, pandebono, buñuelos. En el centro, todas las panaderías de Gerardo, hasta La Fina, que tiene la sede principal en Santa Librada.
Doña Carmen Borja, su dueña y fundadora, cuenta de un cliente, un muchacho que vende flores en los grilles, que cada tanto se aparece a pedirle que le sirvan doce ponches de huevo en línea. ¡Doce! Y se los toma todos. Ella sonríe al contarlo. Lo imagino bailando de la dicha. Porque ese sorbete helado, amarillo y enviciadoramente dulce no se consigue en ninguna otra parte del mundo. Solo aquí, en esta ciudad de sabores únicos donde últimamente las películas que nos retratan nos muestran bailando. Aunque todavía haya quién se fije en la vieja, amarga y arrítmica historia de los narcos.

Superficie: 564km²
Ubicacion: Capital del Valle del Cauca
Población: 4 millones de habitantes
Gentilicio: Caleño
No te puedes perder: El Ponche de la panadería La Fina

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