¿Buscando plan romántico? visite La Cumbre, un pueblo para no dejar de suspirar

A una hora de Cali, apenas arriba de Yumbo, La Cumbre, un pueblo donde la vida se contempla y se va suspirando.

- Jorge Enrique Rojas

Fábrica de suspiros

La Cumbre es una fábrica de suspiros. Arriba del corregimiento de Pavas, una ondulación de montañas se abre al horizonte cubierta de un bosque de pinos muy altos que llevan años creciendo. En medio de ese bosque y a una media hora de la carretera pavimentada, la oficina de un hombre se eleva del suelo pintada de zapote: una torre metálica hasta donde un vigilante tiene encomendado subir cada tanto a contemplar todo eso, todo ese silencio, y velar porque permanezca igual.

La gente le dice a ese lugar simplemente así, ‘la torre’, y así se ha popularizado como el mirador más bonito del municipio. Años atrás el fotógrafo de El País, Oswaldo Páez, ya había tenido el chance de trepar los 41 escalones en caracol que llevan hasta el tope de la estructura: “En un día despejado se puede ver hasta el mar”, recuerda él apuntando su cámara en dirección al Pacífico. Y eso era una maravilla estando apenas ahí, a hora y media de Cali. Apenas arriba de Yumbo. Pero los pinos ahora están muy altos y lo que mejor se ve es la forma en que el viento los mece y cómo el bosque se mece por partes.

Todo parece indicar que mientras el vigilante va y vuelve, en rondas muy largas, el único impedimento para que la gente suba a la garita es el miedo a las alturas que los acompañe hasta ahí. O al menos de esa manera lo han ido escribiendo enamorados sin fobia que descubrieron la torre, coronada en la cima por un hexágono con el piso en madera y suficiente espacio para que una pareja se recueste a ver la tarde. Según los suspiros de amor que rayan las latas rectangulares que sirven de paredes allá arriba, por esos lados estuvieron Libardo y Andrea; Aleja y Julián; Juan Manuel, que llevó ‘licuidpeiper’ y sobre los demás nombres que se oxidan, escribió el suyo junto al de Stefany Serna. Fernando y Sharon. Y también quedó espacio para Alejo y Rafa.

Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

La Cumbre

Pero los pinos ahora están muy altos y lo que mejor se ve es la forma en que el viento los mece.

No se quede con las ganas; conozca de primera mano la belleza de La Cumbre

Con estas fotografías queremos antojarlo un poco, para que visite este pueblo que se eleva sobre el Valle.


“En los jardines hay 260 especies de heliconias. Algunas que solo se verán ahí, como la ‘ginger blanca’ que es una extravagancia que la naturaleza”.

Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

La Cumbre

Fabio Hernández, Kevin Montaño y Brayan García, llegaron en moto desde Yumbo solo para darse un chapuzón.

Hacia el otro lado, por la vía que va de Pavas a Pavitas, hay gente que suspira llegando al Hotel Ecoturístico Balcón de las Heliconias, cuenta uno de sus socios, Gerardo Parada, acordándose de “unos gringos de Carolina del Norte” que llevan tiempo reservando sin falta unos quince o veinte días de alojamiento por año. Parada, un artista plástico que también estudió contaduría, cuenta que ese es un sitio único en Colombia. “Un hotel con arquitectura religiosa”, dice cerca de un pequeño y fino altar en honor a la Virgen de Guadalupe, que cerca del lobby está adornado por un oleo que hace cuatro años les regalaron en una feria de hoteles ecoturísticos. “La hizo la Organización de Pueblos Místicos de México; convocaron lugares cuya temática girara en torno a preservar algo en vía de extinción”.

Gerardo es santadereano y hace doce años, cuando llegó a La Cumbre a tomar fotos para unas pinturas, vio que en ese terreno donde entonces había un potrero también podía crecer un hotel entre cultivos de heliconias. “Mi mamá era campesina y tenía los jardines más hermoso del mundo”, va contando mientras muestra el hotel, que discreto pero muy cómodo, se extiende por entre tallos de flores que rodean habitaciones para 120 personas. Piscina. Obras de arte que son piezas únicas: las lámparas, los vitrales.

Y el silencio: el hotel colinda solo con pastales donde todo el estruendo posible es el mugido de alguna vaca que se cansó rumiar su pereza. En los jardines hay 260 especies de heliconias. Algunas que solo se verán ahí, como la ‘ginger blanca’ que es una extravagancia que la naturaleza se antojó de representar con un borbotón de pétalos. “A la feria fuimos invitados como uno de los mejores cinco hoteles de Latinoamérica”, dice Gerardo. El slogan del hotel es ‘un sueño en el paraíso de La Cumbre’.

A veinte minutos a buen paso, los suspiros los saca El Diablo, que es el nombre de un charco que tienta a casi toda el mundo: una boca amplia y honda, dicen que profunda unos doce metros, donde el agua cae en una piscina formada bajo la pequeña cascada del río Pavas que baja descolgándose con poca espuma. Mientras no haya llovido, asegura Luis Erazo, trabajador del acueducto de Prárraga, el fondo se verá siempre turquesa y el agua se mantendrá transparente, así como la tarde de este martes, cuando Fabio Hernández, Kevin Montaño y Brayan García, llegaron en moto desde Yumbo solo para darse un chapuzón.

” La Cumbre es uno de esos pueblos que recetan los médicos”.

El Charco del Diablo tiene el agua fría pero no helada. Junto a uno de los bordes un peñasco que es un buen lugar para saltar y aunque Fabio Hernández dice que al hacerlo no hay forma de rozar nada en el fondo, Hugo Guerrero, un buen muchacho que nació en La Cumbre, cuenta que allí perdió a un amigo de la infancia que, jugando gorros, se resbaló de un árbol y fue a dar al agua de cabeza.

Accidentes así y los que estallan en las polvorerías que toda la vida crecieron silvestres a las afueras del pueblo, han sido por momentos las mayores tragedias de La Cumbre. Y es de allí de donde han salido los suspiros más tristes de su gente. Por lo demás toda la vida ha sido un pueblo muy tranquilo, donde muchos pobladores de sus veredas son hombres y mujeres que llegaron para hacer la vida reposada de los días de jubilación.

Por eso sobre la fachada del restaurante que su mamá tiene sobre la calle principal de Pavas, Lady Arboleda, auxiliar de fisioterapia de 25 años, anuncia un negocio que en el último tiempo le viene dando buen resultado: masajes relajantes. “Hay mucho señor y mucha señora, ya adultos mayores, que viven por aquí cerca y les mandan terapia de rodilla, de distintas cosas, y Cali les queda muy lejos solo para una terapia… Entonces yo los atiendo”.

Aunque no tiene nada que ver con las manos de Lady, La Cumbre es uno de esos pueblos que recetan los médicos. Por eso fue que la señora Orfilia Polanco se mudó hace trece años para allá, luego de que a su esposo le recomendaran cambio de clima para poderse mejorar de la respiración. “Le daban como unos ahogos…”, cuenta ella, de delantal blanco y 53 años, detrás de un puesto de dulces a la orilla de la carrilera, que se ve al llegar en carro desde Cali.

Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

La Cumbre

Todo el mundo conoce a Poño también por los suspiros que prepara desde que a un ayudante se le pasó la mezcla en la batidora.

Con el hombre, que al fin se alivió, tuvo tres hijos. La mayor se llama Elizabeth y es una muchacha alta y muy amable que la ayuda con las ventas. Ahora, con ese horror del paro camionero, dice ella, hay cosas que se pusieron muy caras y otras que ni suben, como la crema de leche. “Entonces solo hay obleas con mermelada y queso”, dice ofreciéndolas a dos mil.

A doña Orfiloa le dicen Doña O. Es consecuencia de todo el tiempo que lleva ahí mismo vendiendo dulces de manjar blanco, cortados, mecato y un queso que prepara con la leche fresca que encarga todos los días. Los clientes, que en los días festivos a veces se bajan directo de los buses a comprarle lo que exhibe en una vitrina de vidrio, todavía suelen llevarse todo lo que pone en una pasada y eso la pone a suspirar tranquila.

El que a veces se azara es Poño, en la Panadería Central, cada vez que se le acaban los suspiros. Y eso le sucede cada rato al hombre, que en un día, calcula, puede vender unos mil cuatrocientos. Poño se llama Artemio Valdez, pero todo el mundo lo conoce así desde que su hermanita, muy pequeña, lo rebautizó con esa chapa. Y todo el mundo lo conoce también por los suspiros que prepara desde que a un ayudante se le pasó la mezcla en la batidora: “Fue un error de buen sabor. Y a partir de esos ese error me dediqué a perfeccionar la fórmula hasta lograr una mezcla que se moldea con la mano y que se deja un poquito más en el horno”, cuenta él que ya tiene 51 años.

A pesar de que los suspiros de Poño salen de la idéntica mezcla universal del huevo y el azúcar, no saben igual que ningún otro suspiro del mundo: conservan una gota de humedad chiclosa en el centro y su cascarón, a un mordisco, no se quiebra en el paladar sino que se deshace, como una polvorosa. De esos suspiros, cuenta él, vive gente que vende merengones en Cali. Trabajan 10 hermanos. 21 sobrinos. Se levantaron dos hijos profesionales. Y le enseñaron que de los errores también se aprende. Oswaldo Páez, el fotógrafo de El País que lleva más de 30 años como fotógrafo, y así fotografiando las cosas más dulces de la vida, dice que no había visto unos suspiros tan buenos.

Por eso le llevó una bolsa a su esposa Silvana, que se comió dos de una, apenas los vio.
A esta Cumbre la gente sube a montar en brujitas, los carritos de balineras que con el tiempo han ido evolucionando en un hechizo más cómodo para transportar la vida sobre los rieles que llegan al pueblo, hoy más que nada como recuerdo de los días del ferrocarril. En brujitas, cuenta Leonel Montenegro, que desde el 78 está empujándolas, se llega hasta la vereda La Julia, donde hay una chorrera. y luego a Bitaco. A Bitaco, a doce lucas.

Las brujitas y sus motores humanos están agrupados en una asociación turística que cuenta 40 carritos yendo de aquí para allá sobre los rieles, con turistas que las usan para bajar a la chorrera, personas que se transportan entre fincas y veredas, y encargos que pueden estar moviéndose desde el pueblo hasta una casa por ahí. La más sofisticada de todas se impulsa con la fuerza de una bicicleta, pero la mayoría depende de las pantorrillas de sus conductores. La de Leonel es verde y tiene pintado el escudo del Cali.

En un día bueno, él hace unos seis viajes y con eso se va tranquilo. “Las brujitas se llaman así porque cuando empezaron a usarse las muchachas se asustaban y gritaban. Y entonces parecían brujas… brujitas”, dice muy risueño, con 60 años y ningún dolor encima. A esa edad, sus días transitan tranquilos a velocidad de balinera. Nadie le pita. Nadie grita. No hay semáforos. A veces un pájaro vuela sobre su cabeza. A veces salen perros ladrando. O gallinas perdidas. Eso todo. Todo es lento. Único. Irrepetible. Como un suspiro.

Superficie: 253 km²km²
Ubicacion: Región Occidental de Colombia
Población: 11.512 habitantes
Gentilicio: Cumbreño
No te puedes perder: Un suspiro de los de Poño, que se venden en la Panadería Central

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