Buga tiene el mejor balneario para pasar el fin de semana, descubra cómo llegar

Buga, célebre por la Basílica es una cadena de milagros para los sentidos. Crónica de un pedazo de cielo que está lleno de agua y de un templo donde el santo, aparece servido en un plato.

- Jorge Enrique Rojas

El pueblo de los milagros

Alexánder Cardona, que tiene 40 años y la voz libre de sobresaltos, dice que todo fue un sueño: su papá, un médico naturista que creció en el campo, siempre quiso vivir sobre el agua. No cerca ni a la orilla, sino encima. Así que un día, cuando pasó por ese terreno desde donde hablaba el otro miércoles, supo que allí todo podía ocurrir. Un letrero pintado junto a la reja metálica que hay a la entrada es la confirmación de la realidad que construyó hace 28 años: Balneario Casa-Lago El Manantial.
El lago es una piscina artificial que el médico fue abriendo para levantar allí su casa de madera; y la casa está allí, sobre pequeños pilotes de cemento que apenas la separan de la superficie. Del otro lado de la carretera está el río Guadalajara. No como el remedo que a veces el verano y casi siempre la inconsciencia del hombre, reducen al hilillo que más abajo se va abriendo paso para cruzar a Buga buscando el Cauca, sino como un río-río, que aún antes de verlo ya se puede ver porque suena, potente y espumoso, saltando desde la montaña sobre piedras prehistóricas. Cerca también está el nacimiento de la quebrada Flautas, que en un chorro cae a la piscina antes de continuar su cauce, bordeando la casa para perderse en un bosque de árboles que rozan el cielo.

Al principio, cuenta Alexánder, la única intención de su papá era poder hacer la vida allí. Pero muy pronto la gente que pasaba por el camino comenzó a pedirle permiso para entrar a ver de cerca toda esa maravilla. Con el paso de los años, los permisos se fueron haciendo tan comunes que lo mejor fue abrir el sitio al público en forma de balneario, hoy dispuesto con ocho cabañas de alojamiento: cinco para parejas, tres para familias y una donde caben 22 personas.

También hay un pequeño restaurante que se llama El Manantial de los Colibríes y en efecto es algo parecido: en el centro de unas cuantas mesas de madera, del techo cuelgan seis bebederos para esas aves, que van y vienen del bosque en ráfagas de colores. Porque el bosque sigue siendo bosque: este miércoles a las 11 y 50 de la mañana, un oso perezoso se asomó a pocos metros del restaurante, trepando en libertad por el tronco de un árbol. El magnetismo de ese sitio, sin embargo, es el lago, que se ve inexplicablemente aguamarina aunque tenga el fondo de cemento. Alexánder dice que debe ser el cielo. O las montañas. O todo eso, que se refleja en el agua y la vuelve así, como un sueño. Quizás todo se trate de un milagro.

Foto: Fotos: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

Buga

El lago es una piscina artificial que el médico fue abriendo para levantar allí su casa de madera; y la casa está allí, sobre pequeños pilotes de cemento que apenas la separan de la superficie.

Un hermoso 'pedazo' de Buga en 25 fotos


“Si se sigue el camino del puente, otros quince minutos a buen paso, está la cascada El Milagroso”.

Foto: Foto: Oswaldo Paéz | Fotógrafo de El País

Buga

Vestigio de su trabajo es un puente en madera de Colinos, que a punta de hacha habrían sido derribados y moldeados en los listones que le dan forma a la estructura

El balneario está a unos 40 minutos de Buga, en el caserío Campoalegre, que queda más arribita de La Alaska, una vereda de campesinos que durante mucho tiempo estuvo congelada por la guerra y su sinsentido. Pero poco a poco, al igual que en otros muchos rincones del Valle, las cosas han ido volviendo a su lugar, como aquel oso perezoso que trepando sin miedo cerca del restaurante, y por momentos, casi posando curioso ante el ojo fotográfico de Oswaldo Páez, fue un símbolo feliz de que por ahí ya se han ido extinguiendo los depredadores insaciables que se camuflaban en el monte con un fusil al hombro.

Entre los años 43 al 54, más o menos, en La Alaska funcionó una penitenciaría regional, cuenta el profesor Carlos Alberto Prado, maestro de música, dibujo y pintura, en los colegios de las veredas La Magdalena y Monterrey, que hacen parte de la misma zona montañosa: una ondulación de cuestas desprendidas de los picos verdes que engordan la cordillera central en un clima templado que por las noches se vuelve frío. Bajo las órdenes del capitán Ararát, que al parecer se enronchaba si los reos engordaran en las celdas, los internos, dice el profe, ayudaron a abrir las trochas y caminos que terminan en el Tolima.

Vestigio de su trabajo es un puente en madera de Colinos, que a punta de hacha habrían sido derribados y moldeados en los listones que le dan forma a la estructura que, techada y tan solida como para sostener el paso de bestias cargadas, se levanta sobre el río Guadalajara diez minutos más arriba de la vereda La Piscina.

Si se sigue el camino del puente, otros quince minutos a buen paso, está la cascada El Milagroso. Para la ruta, cuenta el exsecretario de Turismo de Buga, José Hebert Arango, la Alcaldía está organizando la manera de disponer guías que acompañen grupos. Aunque el recorrido no tiene ningún peligro. El único riesgo es que los zapatos se embarren, o las picaduras de los mosquitos, o no saber que el perfume dulzón y al mismo tiempo ácido que envuelve una parte de la trocha, proviene del arazá selvático que tampoco conocen en los supermercados.

En el camino, el riesgo es enredarse en el realismo mágico de una nube de mariposas amarillas o perder la noción del tiempo persiguiendo un cucarrón verde que busca agua entre el musgo de las rocas.

“A lado y lado del trayecto, la vista se va llenando de más y más montañas, de casas campestres, algunas no tanto, vacas manchadas rumiando el tedio, y otros balnearios que también se han ido extendiendo a la ribera del Guadalajara”.

Al final del ascenso, la montaña se abre en una boca que deja correr el agua en una caída libre de unos treinta o cuarenta metros: cascada blanca y poderosa que moja el cuerpo aún antes de acercarlo, a través del rocío que alrededor del charco lo salpica todo de vida. Que ese salto de agua se llame El Milagroso, entonces, no es un acierto de la fantasía sino de la realidad.

Al bajar y pasar el puente de nuevo, antes de emprender el camino hacia Buga, está la tienda de la señora Nieves Atehortúa, que es una estación para recobrar fuerzas o llevar algo para el viaje de regreso. Haciéndole honor a su nombre, la doña vende gaseosa y cerveza fría. También helados de coco y de maní, y los domingos, almuerzos a diez mil con carne de conejo. Desde hace un tiempo para acá, cuenta la doña, los domingos por ahí pasa mucho turista, muchas familias que llegan de varias partes a tirar nado en el río o a caminar de ahí pa’ arriba, dice señalando en dirección al cielo, es decir, en dirección a la cascada.

En carro desde ese lugar, Buga y su calor sin tregua están a diez minutos bajando por una carretera bien pavimentada por la que todos los días transitan ciclistas de todas formas y colores. A lado y lado del trayecto, la vista se va llenando de más y más montañas, de casas campestres, algunas no tanto, vacas manchadas rumiando el tedio, y otros balnearios que también se han ido extendiendo a la ribera del Guadalajara.

Ya en el pueblo, la orilla del río se convierte en un parque que le hace compañía a lo largo de seis kilómetros de su recorrido, ofreciéndole a la gente una pista de bicicross, canchas de microfútbol, de voleibol, teatrino, juegos y columpios para niños y una pista en carbonilla para correr y caminar.

Foto: Foto: Oswaldo Páez | Fotógrafo de El País

Buga

Buga es para caminarla, porque es de esa forma como mejor se aprecia su valor arquitectónico

Buga es para caminarla. Porque gracias a los milagros de El Milagroso y su Basílica, las últimas administraciones entendieron que el turismo religioso solo puede hacerse a pie, y a lo largo y ancho ya hay construidas diez calles semi-peatonales por las que los domingos se pueden ver señoras rezando el rosario sin temerle al demonio de los carros. Es para caminarla, porque es de esa forma como mejor se aprecia el valor arquitectónico de su zona céntrica, que le valió para ser considerado uno de los dieciséis municipios de la red turística de los pueblos-patrimonio que tiene Colombia.

Es para caminarla porque caminando se llega a todas partes: a la Catedral de San Pedro Apóstol, al parque José María Cabal y al edificio Los Portales, que sobre la Carrera 14 es uno de los lugares favoritos del sol a la hora de filtrar sombras sobre el pavimento; a la iglesia de Santo Domingo, al convento de San Francisco, al edificio de la Universidad del Valle, que antes fue un colegio de Los Jesuitas, al faro que tienen sobre el río y, ahí no más, al ladito del faro, al Hotel Guadalajara, donde parece que el calor no tiene derecho de admisión y hay trabajadores fantásticos, como Uriel Morales, el botones que lleva 38 años atendiendo huéspedes.

Por el Guadalajara, cuenta Uriel, han pasado actores, actrices, futbolistas, niños que ya se casaron, dos crisis económicas y varios Presidentes. Pasó uno que hace muchos años hablaba por la nariz, otro que era muy pelión y uno que dice no serlo tanto. Ninguno de ellos, eso sí, cuenta el botones, le ha dejado propina. En Buga, tampoco es que ocurran todos los milagros.

A cinco-seis cuadras se llega a otro templo quizás tan importante como la Basílica: la panadería y pastelería Stella, que en la esquina de la Calle Sexta con Carrera Diez, lleva 37 años vendiendo todo de la misma forma como se lo inventó esa santa que fundó el lugar y le dio también el nombre. En Navidad, venden tortas de pastores, de coco y de manjarblanco, que solo se consiguen por encargo y que suelen viajar congeladas a países donde no hay palabras para traducir tanta delicia concentrada. Entre semana, por la mañana sale fresca la parva y la fritanga, que a las once ya es recuerdo. A las dos, sale el pan caliente y cada media hora pandebono con el lomo dorado y el centro blandito y poroso.

Un día cualquiera ahí se pueden encontrar amigos que no se veían desde hace años, porque con esos sabores se han levantado generaciones enteras, como cuenta el concejal Andrés Felipe Moncayo, que por las tardes puede pasar persiguiendo un pan de soya con coca-cola, mientras degusta la posibilidad de saludar a medio pueblo.

Aída Vallejo, la administradora que lleva 22 años de trabajo en la panadería, dice que el secreto está en conservar la fórmula tal cual como la creó la señora Stella, que descansa en paz desde hace unos ocho años. Todo, todo, dice ella, se hace igual a como lo dejó escrito, en las mismas cantidades y con los mismos productos. Seguir su receta es como seguir un credo.

Y faltarle, un pecado. Como lo es pasar por ahí y no probar las repollitas que desde hace 36 años hacen las manos pasteleras de la señora Orfa. Tratar de explicar con simples palabras a qué sabe ese postrecito bañado de azúcar pulverizada sería una herejía imperdonable ante los ojos de Dios. Podría decirse que en un plato y sobre una servilleta, se ve como un trozo de nube. O que al morderlo, se muerde un pedazo de cielo. Pero eso también sería un sacrilegio. Como tantas cosas que pasan en Buga, ese sabor, es simplemente un milagro.

Superficie: 832 km²km²
Ubicacion: Región Occidental de Colombia
Población: 115.028 habitantes
Gentilicio: Bugueño
No te puedes perder: Las repollitas de la panadería Stella

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