Andalucía, una dulzura de pueblo en el centro del Valle

Esta es la historia de un pueblito que una vez fue famoso por su extensión y que siempre lo será por un milagro. Crónica del masmelo de los vallecaucanos.

- Jorge Enrique Rojas

El pueblo más largo del mundo

“Vamos pasando por el pueblo más largo del mundo…” Así, pero con voz de locutor emocionado, lo decía Julio Arrastía Bricca, el fallecido comentarista radial del ciclismo colombiano en su primera época dorada, cuando alguna carrera cruzaba Andalucía buscando a fuerza de pedal el norte del Valle. O del país.

La Biblia del Ciclismo, le decían al hombre, que se retiró en 1992 después de una Clásica de Boyacá. Así que fue antes de eso, mucho antes, cuando estaba en plena actividad y los nombres de los primeros ídolos que tuvieron los ídolos de hoy día, le desgarraban la garganta: “… Se cayó la estantería, ¡¡los matamos a todos!! Primero Parra, segundo ¡véálo!, ahí lo va a alcanzar, ha venido y seguramente Herrera le puede dejar ganar a Parra, ¡vamos Herrerita! ¡vamos los dos!, Colombia a un kilómetro: ¡primero y segundo!..”, dejó dicho para siempre a través de los micrófonos de Caracol, el 10 de julio de 1985, mientras Fabio Parra y Lucho Herrera hacían el uno-dos en último tramo de la etapa doce del Tour de Francia de ese año.

Así que estamos hablando de esa Colombia y de esos ciclistas. Una vez, cuenta el exalcalde Daniel Franco, sentado en el parque echando recuerdo, por el pueblo pasaron a lo que les daban las piernas los franceses Greg LeMond, Bernard Hinault, Pascal Simon y Laurent Fignon: “Vamos pasando por el pueblo más largo del mundo: la tierra firme de la gelatinaaa…”, le completa la memoria el piropo radial, al tiempo que su voz imita la emoción de Arrastía Bricca, el argentino que también tuvo la puntería de ponerle a Lucho Herrera El Jardinerito.

Cuando además de la guerra, el ciclismo ayudaba a contar nuestra realidad, Andalucía en verdad era un pueblo muy largo. Todavía no había sido construida la Doble Calzada, de modo que todo el tráfico que por este lado llevaba como fin el norte del país, atravesaba el municipio derecho por la Carrera Quinta: cada vez más alargada en casas y negocitos que le iban creciendo a las orillas, a la espera de los clientes que a toda hora llegaban con el desfile de carros, camiones, buses, chivas, motos y ciclistas.

El exalcalde Franco dice que por eso durante muchos años fue la calle principal. Para lo malo y lo bueno. Lo más amargo y lo más dulce. Durante largo tiempo, cuenta, muchos habitantes murieron bajo las llantas y el afán del tráfico interminable. Hubo un punto en que no debió quedar andaluz que no hubiera perdido a alguien allí, piensa ahora él.

Pero la fama universal de esa calle, y en consecuencia de ese pueblo, nunca ha sido la tragedia sino todo lo contrario: una golosina con más de cien años de vida, un muy mal nombre y un sabor  suavecito y delicioso; la gelatina de pata de res, el masmelo enharinado que Dios le regaló al Valle del Cauca. Dios viene a colación por cuenta de unas monjitas. Resulta que según una de las versiones callejeras que hay sobre el origen de la gelatina, unas monjitas que vivían de la caridad, alguna vez dejaron olvidadas en el fogón unas patas de res que les habían regalado y ellas rasparon, lavaron y echaron a hervir. Cuando el tiempo y el fuego disolvieron todo, agregaron panela y más fuego. Y así por horas. De ahí se supone que salieron las primeras gelatinas y la tradición, que se arraigó en Andalucía cuando las sacaron a la venta.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Andalucía

Gelatina de pata de res.

En imágenes: Andalucía el pueblito dulce del Valle

Andalucía es conocido por la gelatina que encanta los paladares de todos los vallecaucanos, conózcala en esta galería fotográfica.


“Quienes pasen por Andalucía con tiempo para estirar, se darán cuenta de que sí, que es largo el municipio. Que desde la Calle Primera hasta la Doble Calzada tiene tres mil 700 metros. O seis minutos en carro. Y que a lo largo de esos casi seis minutos es posible conseguir gelatina a lado y lado”

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Andalucía

En la foto el técnico agrícola Edgar Molina González

Otra versión le atribuye el origen a unos colonos paisas que iban pasando por ahí en su conquista del mundo, y al ver un rebaño de vacas pastando en una llanura se quedaron un tiempo y el tiempo les dio para inventarse la gelatina de pata. Y puede que sí, quién sabe, no importa que suene a cuento de culebrero. Sea como sea, que de una huesamenta de esas puedan sacar una delicia de esas, es un milagro. No hay otra explicación. Así que seguramente Dios algo habrá tenido que ver. Que la gelatina se haya vuelto célebre mucho más allá de las fronteras del pueblo sí fue cosa de la glotonería de los hombres; y de la ruta nacional atravesando el municipio casi a la mitad. Con el gentío que empezó a llegar y llegar, muchos de sus habitantes aprendieron la receta y salieron a vender y a montar puestos en las orillas. Y así Andalucía se fue alargaaaaaaaaaaaaando.

Y así también se fue estirando la tradición: en el 2002, todos los gelatineros se unieron para hacer la gelatina más larga del mundo, que cuando quedó lista midió cuatro cuadras que al final se repartieron felices los niños. Porque no hay nadie en el pueblo que haya crecido lejos de aquel sabor y aquella devoción, homenajeada hasta en el  parque con un  monumento que le rinde culto justamente a la pata de una vaca. El exalcalde Franco calcula que hoy día debe haber unos ochenta puestos de venta y unas diez fábricas. Aunque puede que sean más los puestos y menos las fábricas. En todo caso la más grande de todas es Gelatinas Victoriana, que sigue en el mismo lugar donde empezó a orillas de la carretera.

Alba Inés Ramos Rodríguez, la jefe de Producción, cuenta que Gelatinas Victoriana es una tradición con más de 70 años y origen en la familia Victoria Rodríguez. La primera en el pueblo que sacó a vender gelatina fue otra familia, la de la señora Rufina; de ahí siguieron los Daza y de ahí ellos, los Victoria. Alba Inés se enamoró de Horacio y juntos sacaron el negocio adelante. A los 24 años, cuando estaban de novios, ella le ayudaba a empacar gelatinas para poder hacerse visita un rato por las noches. Él era vigilante. Y ella trabajaba en una factoría de alimentos.

Empezaron con un fogón de leña, dos ollas prestadas y pagando arriendo, y hoy son dueños no solo de la casa sino de una empresa que sobre esos cimientos montaron y ahora genera veinte empleos directos e ingresos para unas 400 personas, calcula Alba Inés: “Por las mañanas llegan cinco, siete, nueve, quince vendedores ambulantes que las llevan para el terminal de transportes de Cali; que las venden en los buses y así en muchos lados. Las gelatinas llegan a Montería, Aguachica, Barranquilla, El Caguán, Arauca. Tenemos muchos clientes que no conocemos. Llega a Leticia, a Pasto, a Cúcuta. Un día llegó un señor con el empaque de las gelatinas  doblado en la billetera. Venía desde Ibagué… ”

“Pero también, quienes pasen con tiempo, probarán que Andalucía es mucho más que esa golosinita de tan feo nombre. Andalucía tiene el río Bugalagrande, por ejemplo, que le recorre la espalda bajando de la cordillera central en su imparable búsqueda del Cauca”

Quienes pasen por Andalucía con tiempo para estirar, se darán cuenta de que sí, que es largo el municipio. Que desde la Calle Primera hasta la Doble Calzada tiene tres mil 700 metros. O seis minutos en carro. Y que a lo largo de esos casi seis minutos es posible conseguir gelatina a lado y lado. De la blanca, batida con azúcar y en enharinada para que no se pegue en el empaque. De la negra, que lleva panela y dicen que es más alimento. De sabores. Porque ya la hay de sabores (limón, naranja, uva). Y hasta aceite, aceite de pata como el que venden donde los Daza, en botellitas de tres, cinco y siete mil pesos, muy perseguidas por ciclistas encalambrados y mujeres de piernas flacas que corren tras las bondades de los  masajes con el bendito aceite.

Pero también, quienes pasen con tiempo, probarán que Andalucía es mucho más que esa golosinita de tan feo nombre. Andalucía tiene el río Bugalagrande, por ejemplo, que le recorre la espalda bajando de la cordillera central. Desde hace veinte años que Édgar Molina González, un técnico agrícola de Armenia, visita el río para buscar sabaletas junto a su compañero de pesca, Uriel Ramírez Murillo. El hombre dice que lo que más lindo de todo es la tranquilidad de los días de entre semana, como el otro miércoles, cuando ellos iban caminando con la corriente en contra y medio cuerpo metido en el agua. Sin apuros. Como si el mañana no existiera.

Hace diez años, cuando el manizalita Nelson González se jubiló y se fue a vivir a Andalucía, se le acabaron justamente los afanes del mañana. Don Nelson es un ingeniero agrónomo que hizo la vida trabajando en multinacionales y que tenía muy claro que cuando le llegara el tiempo de la pensión se iría para un pueblo. Hoy, en el más largo del mundo, sale a caminar todas las mañanas a las seis. A veces va a dar vueltas por una pista de atletismo donde también hay patinódromo y cancha de fútbol para los niños; y otras veces agarra bríos y sube a La Llanada, una montaña que tiene como recompensa una panorámica esplendida de la cordillera, custodiando una planicie. Un amigo suyo, hincha del Santa Fé que veces lo acompaña a caminar, le insiste que Andalucía debió ser fundada allá arriba, que es un sitio tan hermoso.

Foto: Oswaldo Páez / Reportero gráfico de El País

Andalucía

Iglesia principal de Andalucía

Pero a don Nelson se ve que le gusta mucho donde quedó:  en el banco nunca ha hecho cola  por más de una hora. Puede dejar el carro abierto en la calle. Nunca ha visto un raponero. Tampoco  un grito de ¡cójalo-cójalo!  Tiene amigos de tertulia en el parque. Y al parque va a tertuliar después de caminar. En la Carrera Cuarta, donde montó dos almacenes de ropa, a don Nelson  le va bien. La gente lo quiere y todo el mundo lo saluda. Hasta su casa hay tres minutos en carro. A una hora y cuarto está en Pereira. Y a hora y media en Cali.  Don Nelson sonríe. Largamente.

El pueblo es un cruce de caminos tan bello, que por ahí puede verse a Dios dando vueltas. Esta semana apareció en el cuerpo de Óscar Guillermo Mogollón Buriticá, que vistiendo una túnica verde y empujando un carrito de madera con su cama, una cocineta, escobas y bombones para vender, juraba ser El Altísimo. Llevaba la barba blanca y larga. 63 años. Los ojos negros. Turbante. El miércoles por la tarde, Óscar Guillermo contaba que en Valledupar volvió de la muerte luego de despertar en un hospital. Entonces desde día anda recorriendo el país llevando el mensaje de la resurrección. No lleva mucho afán. Por ahora  hace una parada en el pueblo.  De camino al cielo, entonces, Dios descansa ahí. De vez en cuando, seguramente, se comerá una gelatina.

Superficie: 168km²
Ubicacion: Centro del Valle del Cauca
Población: 17.811 habitantes
Gentilicio: Andaluces
No te puedes perder: La gelatina de pata de res, blanca y negra, además viene de otros sabores como limón y uva.

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