Aliste su traje de baño, los mejores ‘charcos’ del Valle lo esperan en Bolivar

En la tierra del Divino Eccehomo, hoy día ocurren otros milagros:  un charco virgen; la vida simple. Rastrojos sin alacranes. Crónica de un niño que vuelve a buscar su río.

- Jorge Enrique Rojas

La libertad de Bolivar

En muchos sentidos, o en algunos por lo menos, así podría verse la paz. Óscar Henao, un muchacho que va con sus 26 años vestidos de pantalón corto, camina abriéndose paso por entre el monte. Es un día de semana y por la carretera que bordeando el cañón del río Pescador llega hasta la vereda La Primavera, no suben chivas cargadas de gente como en los días de mercado; no pasan motos roncas de la velocidad ni muchos camperos llevando pasajeros. Apenas uno que otro levantando el polvo de la destapada. O algún microbús con pocos puestos ocupados.

Antes de llegar a la vereda está la represa Sara Brut, que resume con esas siglas la consistencia de su importancia: Sistema de Abastecimiento Regional de Agua, es la explicación de la primera parte del nombre; el resto sale de las iniciales de los principales municipios a los que surte desde hace doce años: Bolívar, Roldanillo, La Unión y Toro. Ninguno de esos pueblos alcanzan a verse aunque estemos arriba de todos de ellos, andando sobre el lomo de la cordillera Occidental.

Atrás, a unos veinte minutos en carro, ha quedado Bolívar, el lugar donde nació Óscar y donde lleva una vida muy tranquila como profesor de Español en un colegio de Trujillo, y de Comunicación Social en el Instituto Técnico de Educación Superior de Roldanillo. Hasta esos dos municipios viaja sin falta de lunes a sábado y casi nunca llega tarde. Pero ahora el profesor tiene tiempo libre porque sus alumnos de primara y bachillerato recién salieron de vacaciones. Óscar quiere escribir un libro, aunque sus sueños más grandes permanezcan desvestidos de ese afán tan citadino de ser o de tener; quizás todo tenga que ver con la belleza de lo simple, que es lo que a él y a un montón de bolivarenses les ha envuelto la vida: más que nada en el mundo, ese muchacho se sueña trabajando en un circo o pasando los días al volante de un bus.

Por un costado del colegio Manuel Dolores Mondragón, donde estudió Óscar y la mitad del pueblo, pasa el río. Antes ni siquiera había una reja que le pusiera más distancia de la natural, así que el río podía ser la mejor entretención de los recreos o la excusa más próxima a la hora de capar clase para irse a caminar la vida con los pies metidos en el agua. Uno de los juegos favoritos de los pelados de esa época, era colgarse de los bejucos de un árbol grandote que había crecido a la orilla, para ir balanceándose entre uno y otro lado hasta que se acabara el recreo. O las clases. O las orillas. Y así aprender que la vida es un simple vaivén.

Según cálculos del parque, en el pueblo estuvieron libres de internet más o menos hasta el 2002. Así que hasta entonces la mayoría de la niñez se vivió afuera de las casas, entre amigos de carne y hueso y juegos para los que no se necesitaban cables de electricidad: lleva, yeimy y escondite. Y yendo al río. Porque el río lo era todo, va diciendo Óscar: a los 14 años los muchachos ya tenían permiso para ir al charco de El Mango, que queda a la salida en dirección al embalse, y eso, a partir de ese momento, “¡Era una verraquera!”. Ya más grandecitos, el plan de los enamorados estaba en el charco de El Burro. Cálculos de otra esquina del parque también indican que por eso muchos de los habitantes de Bolívar vienen siendo hijos de ese charco.

De muchachos, otro plan de los muchachos era pararse en esa misma carretera por la que subimos con Óscar para dejar Bolívar, la carretera hacia La Primavera, y echar dedo a los camiones que iban subiendo a la vereda para recoger cargas de café o tinajas de leche. En alguna curva pedían el pare, buscaban el río y a veces con un neumático se dejaban llevar por la corriente hasta terminar en el gran Cauca.

Foto: Jorge Orozco | Fotógrafo de El País

Bolivar

Por la carretera que llega hasta la vereda Primavera no suben muchos camperos llevando pasajeros. Apenas uno que otro levantando el polvo de la destapada.

En fotos: Los más bellos paisajes de Bolivar recorridos en 18 fotos

Bolivar se abre camino en medio de montañas y ríos. Sus bellos paisajes, llenos de todas las tonalidades de verde y azul, son un merecido deleite para la vista y el espíritu.


“El monte por el que avanzamos está hecho de chamizos que nos rozan la cintura. Del suelo también salen flores pequeñas como botones de camisa”.

Foto: Jorge Orozco | Fotógrafo de El País

Bolivar

El puente, diminuto desde la carretera, ha quedado un par de curvas atrás, desvanecido como un parche rojizo sobre un hilo blanco que viene siendo el río.

Que la vida fuera simple por esos días, en todo caso, no quiere decir que fuera fácil. O que nunca tuviera complicaciones. Muchas veces, por esa misma carretera, a muchachos como Óscar les tocó ver camiones que en vez de subir a recoger café y leche, subían a repartir las bicicletas que El Alacrán había mandado comprar para los hijos de los campesinos a los que les terminó negociando la tierra; de una u otra forma. La ponzoña del narcotráfico que inoculó su veneno en todo el Norte del Valle, llegó a Bolívar mostrando su poder transformador de esa manera: convirtió a un chofer de campero con la vida simple y nombre Henry Loaiza, en un bicho venenoso que, como narcotraficante, fue uno de los asesinos responsables la masacre de Trujillo. Por fortuna, ya un alacrán entre rejas. Henry Loaiza está preso desde 1995. Y ahora, por ahí, todo se ve diferente.

Porque hubo un tiempo, recuerda Óscar, cuando ese bicho fue el patrón de la zona, que hasta las curvas de la carretera cambiaron de sentido. Una de ellas, por ejemplo, duró varios años funcionando como cementerio y desguazadero de carros. “Eso quedaba por alláaaa abajo”, me cuenta estirando su boca en forma de flecha. El conductor de El País que nos acompaña en esta ocasión, un hombre paciente, ya de canas y nombre Alfredo Díaz, nació arriba de La Primavera y asintió cada que el muchacho contó una de esas cosas, antes de empezar a caminar. El Alacrán, sin embargo, también nacido en La Primavera, se esforzaba con modos más dulces para de vez en cuando asomar la cara entre sus paisanos: en el Día de los Niños mandaba camionados de golosinas a los pueblos y Bolívar, para no ir tan allá, anochecía tapizado de bananitas de colores.
El monte por el que avanzamos está hecho de chamizos que nos rozan la cintura. Del suelo también salen flores pequeñas como botones de camisa, ramas y chuzos. Óscar dice que un derrumbe borró el camino. Vamos buscando un charco que él descubrió junto a unos amigos y hace años bautizaron Las Piscinas. Cuando el agua todavía es un murmullo, el fotógrafo Jorge Eliécer Orozco piensa en su esposa Janeth.

Tenemos que bajar tanto o más abajo que donde está en el puente La Marucha, un estructura con techo en tejas de barro que muy al fondo une las montañas que separa el río. El puente fue construido hace cien años, como solución para días de camino en la ruta de los arrieros que el siglo pasado andaban por ahí, llevando el universo al lomo de una mula. El puente ha quedado un par de curvas atrás, desvanecido como un parche rojizo sobre un hilo blanco que viene siendo el río. La señal para entrar al monte está cerca, junto a una de las estaciones de control del embalse que hay a lo largo de la carretera. En los tiempos del veneno narco, dicen los cálculos del parque, haber dejado el carro ahí, saltarse el alambrado y caminar entre la maleza, habría sido una tontería.

Pero ya no. Adelante, Óscar camina de frente a la nada con la única certeza de que nada malo podrá pasarnos. Ya no hay Rastrojos entre el rastrojo. Ni Alacranes. El gran peligro es llegar a sentir rabia por todo el tiempo que ellos estuvieron adueñándose de eso. De todo. Y dejando a tantos sin nada. Y cuando no fueron ellos, los otros. Y si no, los otros.

“Alfonsito aprendió a preparar pizza trabajando en un restaurante italiano al otro lado del charco, y como a muchos nos ha tocado, primero  estuvo lavando platos”.

El tiempo transcurre montaña-abajo resbalándonos por la tierra húmeda, dándonos la mano entre todos para no caer al vacío. Siendo niños otra vez. Livianos otra vez. Sin conexión wifi, sin datos, sin celular. Sin chances de apuntar la vida en una libreta. Sin el motor de un carro andando. Sin nada que vibre en el bolsillo. Los pajaritos son pajaritos de verdad y no trinan sino que cantan. Y vuelan. No hay huellas de botas militares, no hay casquillos de fusil, no hay fosas. Es el camino limpio de un niño que busca su río. Solo eso. Los bolivarenses encuentran la libertad en su río. Óscar sonríe cada que la ruta se complica. Quizás, despierto, sueña con el circo.

En Bolívar todo sigue siendo simple y muy simple. En los dos restaurantes que hay la comida se acaba después de almuerzo. Pero tienen dos pizzerías. Una lleva ocho años abriendo: se llama De Michele, pero todos la conocen como la pizzería de Alfonsito. Alfonsito aprendió a preparar pizza trabajando en un restaurante italiano al otro lado del charco, y como a muchos nos ha tocado, primero lavó montañas de platos. Y entonces ahí recordó que la vida es un vaivén.

Hace tiempo, cuando en un caso medio raro al político y escritor tulueño Gustavo Álvarez Gardeazábal lo metieron a la cárcel, un amigo que quería llevarle algo de comer en un día de visita, le compró ahí canelones de ricotta y espinaca. El plato resultó una exquisitez semejante, que una vez en libertad, Gardeazábal fue hasta Bolívar para probar otro plato. Y luego otra vez, y luego otra vez, hasta que empezó a recomendarle a tanta gente que fuera a comer allí, que Alfonsito tuvo que ampliar el local y ahora su negocio tiene dos pisos.

La pizza es barata y rica. Para los pedidos de Hawaiana, traen la piña desde el corregimiento de Ricaurte, la tierra del Divino Eccehomo donde el dulcesito de la fruta es otra divinidad. Por las noches el restaurante se llena de gente que va a cenar sin temor alguno. Porque allí nunca han entrado a robar. Y nadie lo piensa mientras come. Bolívar está libre de esos espantos citadinos que por estos días muestran los noticieros que replican lo que muestran las cámaras de seguridad.

Foto: Jorge Orozco | Fotógrafo de El País

Bolivar

Para el postre hay que esperar hasta el domingo, cuando Doña Olga Mary Pérez de Andrade, pase con su vitrina de rodachines llena de las delicias que arrastra para vender en el parque

En el pueblo hay dos droguerías. Las calles no necesitan semáforos. Y para el postre hay que esperar hasta el domingo, cuando Doña Olga Mary Pérez de Andrade pase con su vitrina de rodachines llena de las delicias que arrastra para vender en el parque: pudines, coctel de frutas, postres de natas, arroz de leche, champús, masato y trabuco. Colada de plátano con lulo, empanadas de cambray y cocadas de calabaza, papaya y piña, como las 400 que este sábado tenía que entregar para una fiesta de matrimonio en Cartago. Doña Olga Mary Pérez de Andrade hace postres desde hace 19 años, cuando murió su esposo. Así pudo seguir haciendo la vida. Su negocio tiene un nombre simple y verídico: Cositas Ricas.

Media hora después, mucho tiempo después de ir bajando hacia el cañón, está el río en estado puro. El agua es verde y amarilla. Y blanca cuando salta de las piedras. Y muy fría. El charco de Las Piscinas que Óscar descubrió hace años le hace honor evidente al bautizo. Sin camisa, todos saltamos desde una roca gorda y alta sin miedo de no ver el fondo. Bolívar ya nos había hecho libres. ¿Qué de malo nos podía pasar?

Superficie: 780 km²km²
Ubicacion: Región Occidental de Colombia
Población: 13.474 habitantes
Gentilicio: Bolivarense
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